Clara Zetkin

 

LA LUCHA DE LOS PARTIDOS COMUISTAS COTRA EL PELIGRO DE GUERRA Y

COTRA LA GUERRA

 

Informe presentado al Pleno ampliado del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista el 2 de marzo de

1922

 

 

 

¡Compañeros y compañeras! Mientras aquellos a los que les gusta definirse a sí mismos como personas civilizadas se estremecían violentamente ante los horrores, el pánico y los crímenes de esta

última guerra imperialista, resonaba por doquier el grito de «¡esta guerra debe ser la última!». Han transcurrido ahora tres años desde el fin de la guerra y dos años desde los distintos tratados de paz. ¿Cuál es el espectáculo que se nos presenta? El mundo está

nuevamente inundado de armas, la tendencia al rearme y los peligros de nuevas guerras imperialistas

han aumentado con respecto a 1914. La atmósfera del mundo capitalista y de los países que están más o menos incluidos en la esfera de influencia de este mundo está ya sobrecargada de material inflamable con el cual, de un momento a otro, podrían

desencadenarse nuevas guerras: guerras mucho más amplias, más terribles y con consecuencias mucho más graves que las que tuvo la de 1914-18.

¿Cuáles son los hechos que prueban la tesis de que el peligro de guerra se ha incrementado?

Los conflictos económicos y políticos a nivel mundial entre los grandes Estados capitalistas de Europa, que nos han conducido a la última guerra de agresión imperialista, no han sido eliminados. Continúan subsistiendo bajo distintas formas y en distintas

circunstancias. Además, entre estos países que luchan por la represión y por la explotación mundiales se han producido contrastes de nuevo tipo y mucho más graves. Pero no basta con lo dicho. En el curso de la guerra, las contradicciones económicas a nivel mundial, ya existentes entre Inglaterra, Estados

Unidos y Japón, han padecido ulteriores agudizamientos. Aquellas contradicciones no se han mitigado en absoluto sino que, por el contrario, con la conclusión de la paz, se han ido agravando. En el

mundo de los países coloniales, en aquellos países en los cuales los pueblos de civilización precapitalista temen acabar siendo absorbidos por el capitalismo, los tumultos se producen cada vez con más frecuencia y mejor dirección. Desembocan en el odio

contra el extranjero, contra el europeo, en insurrecciones o guerras. Estos pueblos advierten, instintiva o conscientemente, que la «civilización» capitalista a la cual se hallan sometidos o podrían

llegar a estarlo, es su enemiga y no su «educadora».

 

La Rusia soviética se ha visto excluida del mercado mundial mediante el bloqueo y el envío de generales blancos pagados y sostenidos por el imperialismo internacional. A pesar del odio común de todos los Estados contra la República de los

Obreros y Campesinos, también existen divergencias entre las potencias europeas y los Estados Unidos en sus relaciones con la Rusia soviética. La guerra mundial ha sido la expresión del hecho de que las fuerzas productivas habían alcanzado una amplitud

tan grande que no podían ser contenidas por más tiempo dentro de los límites de la economía capitalista de los Estados nacionales burgueses.

Necesitaban «patrias mayores», un desarrollo a nivel de mercado mundial. Pero ¿qué se ha opuesto a este desarrollo? En Europa ha nacido toda una serie de nuevos pequeños Estados. Tenemos las repúblicas nacionales surgidas de la caída del imperio austrohúngaro y, al mismo tiempo, los llamados Estados periféricos entre la Europa occidental y la Rusia soviética. Las nuevas barreras aduaneras podían ser muy adecuadas en la Edad Media, pero no lo son en absoluto en la era imperialista. Veamos un poco más de cerca las contradicciones económicas y políticas mundiales que hemos esbozado a grandes rasgos.

 

¿Cuál fue el motivo primordial de la guerra mundial de 1914-18?

 

No fue el enfrentamiento entre Francia y Alemania, sino el existente entre Inglaterra y Alemania. Para estos dos poderosos países industriales se trataba de conquistar el predominio mundial, el control del mercado internacional, el control de amplios sectores monopolistas de explotación. El imperialismo alemán está ahora

hecho pedazos. Pero la posición de Inglaterra respecto a Alemania se ha convertido de tal modo en conflictiva, que el imperialismo inglés debe mantener a Alemania duramente vinculada de modo que no consiga de nuevo, como competidora, poder amenazar su posición de predominio en la explotación del mundo. Al mismo tiempo, la industria inglesa necesita una Alemania boyante que

compre sus mercancías. Esta necesidad no se compagina de ningún modo con la expoliación indiscriminada que padece Alemania por parte del imperialismo de la Entente.

 

El imperialismo francés debe hacerse cargo de todos los costes de la guerra contra Alemania, y hacerse pagar por Alemania todos los destrozos que la guerra ha dejado a su paso. Alemania debe proveer los medios necesarios para consolidar y preservar la

economía francesa y el Estado francés, que oscila peligrosamente al borde de la bancarrota. Esto sólo es posible si Alemania es literalmente exprimida hasta la médula. Pero las cosas son de un modo distinto: Alemania está realmente empobrecida por la guerra y sus consecuencias. El aparato productivo de la economía alemana se ha deteriorado a consecuencia de su excesiva explotación durante la guerra y a las insuficientes mejoras aportadas en el período posbélico. Es mucho menos eficiente ahora que antes de la guerra. La productividad ha disminuido notablemente en la agricultura. Con el empeoramiento del aparato productivo ha disminuido también la capacidad productiva de los obreros. Esta, además, ha padecido una notable reducción a causa de la insuficiente remuneración y la subnutrición que se ha prolongado durante todos estos años.

 

Finalmente, debemos recordar la desvalorización, la inflación, el saqueo hecho por el imperialismo francés. Todo ello ha tenido consecuencias de amplio alcance en la posición de Alemania respecto a Inglaterra. Dado su actual empobrecimiento, Alemania no es capaz de ofrecer un mercado activo a las mercancías inglesas. La industria inglesa se ha reavivado nuevamente y necesita mercados y los busca -empujada por la concurrencia- también en Alemania; mercados que no puede encontrar por la

debilidad de la economía alemana y mientras esté bajando la cotización del marco.

 

En otro sentido, también la explotación de Alemania por parte del imperialismo francés repercute en la economía inglesa. Alemania debe asumir pesados compromisos de resarcimiento;

puede hacerlo en la medida en que sus exportaciones crezcan de forma extraordinaria. Pero esto sólo puede suceder en unas determinadas circunstancias: en períodos de inflación, de fluctuaciones monetarias, etc. Y se produce especialmente bajo el estímulo de un marco alemán completamente devaluado, estímulo que ha transformado de forma notoria a Alemania en un inmenso almacén en liquidaciones.

La industria alemana lanza al mercado exterior todo lo que se mueve, no sólo mercancías, sino también instrumentos de producción, aparatos productivos.

En comercio ha quedado sustituido por la más baja especulación. Llegan incluso a venderse pedazos de territorio alemán; el terreno no puede, evidentemente, ser transferido a través de las fronteras, pero los capitalistas extranjeros pueden venir a Alemania y comprar fundos, casas, etc. En esta situación, los productos alemanes que son los más ventajosos, hunden a todos los productos extranjeros. De hecho, representan una concurrencia desleal, ya que están basados en la bestial explotación del proletariado alemán, que trabaja con sueldos de hambre. El

producto alemán suplanta en el mercado mundial a todos los demás productos, no porque se le considere el más perfecto sino porque, desde el punto de vista de la economía internacional, es el más bajo de valor.

Contiene dentro de sí un tiempo de trabajo superior a la media del trabajo socialmente necesario. El obrero alemán está retribuido de un modo miserable...

Contra la concurrencia desleal de los productos alemanes, todo arancel aduanero y toda ley antidumping demuestran ser claramente impotentes.

No se derrota sólo a la industria inglesa en los mercados del exterior sino también en zonas de su mercado interior. Entre Inglaterra y Alemania subsisten, por tanto, como antes, agudas

contradicciones en el plano económico internacional.

El debilitamiento del imperialismo alemán no ha provocado un reforzamiento, sino un debilitamiento preñado de amenazas por parte de Inglaterra. Por otra parte, al mismo tiempo que se iba debilitando Alemania, ha crecido enormemente el poder del

imperialismo francés.

La guerra ha tenido una decisiva importancia para el desarrollo económico de Francia. Gracias a su éxito, la industria francesa ha recibido un fuerte impulso en una nueva dirección. Francia ha dejado de ser el país que vive de renta, de préstamos a todo el mundo, y sobre todo, ha dejado de ser la oficina que produce guantes refinados, perfumes, flores artificiales, artículos de lujo de todo tipo, etc. Francia está afianzándose ahora en el mercado mundial con un alto nivel de concurrencia en la producción de la

industria pesada. También en Francia el capital financiero está ocupando cada vez más el papel decisivo que antes correspondía al capital bancario.

Francia ha conseguido conservar durante el conflicto mundial aquello de lo que el imperialismo alemán quería adueñarse: los ricos yacimientos de minerales metalíferos de Longwy y de Briey. Su riqueza en yacimientos metalíferos se ha incrementado con la reconquista de Alsacia-Lorena y por tanto con la óptima minette

 

(* Minette: Mineral de hierro muy apreciado de la Lorena.)

 

de Lorena. En los confines de Francia existe el pequeño Luxemburgo con sus grandiosas minas de hierro extremadamente

adelantadas, dotadas de los sistemas productivos más modernos. En la industria minera de Luxemburgo se ha invertido mucho capital francés; Francia, en realidad, domina políticamente aquel pequeño país.

Dispone con ello de los mayores yacimientos de

 

La lucha de los partidos comunistas contra el peligro de guerra y contra la guerra mineral de hierro de Europa y, a sus puertas, está

Alemania con las mayores riquezas de carbón del continente. La unión del hierro y del carbón en las mismas manos significa un inmenso poder económico, el control de las dos materias primas más importantes de la producción europea.

Por tanto, no es una simple casualidad, y tampoco sed de gloria militar, que Francia insista desde siempre en la posesión de la cuenca del Ruhr con sus ricos yacimientos de carbón. Se explica con ello también porqué Inglaterra intenta, además de limitar las ansias del imperialismo francés, mantener vivas las contradicciones entre Alemania y Francia. De hecho, que la unificación se produzca por medio de anexiones o a través de tratados, sería como decir que no es sopa, sino pan mojado. El poder de disponer de ambas materias primas de la producción representaría un golpe moral para la economía inglesa y para su

posición en el mercado internacional.

Pero aunque no se produzca esta concentración, debemos esperar un poderoso salto adelante de la industria francesa, promovido por el carbón de la cuenca del Sarre y por el carbón alemán de los territorios entregados en concepto de reparación de

guerra. Estas cantidades de carbón de coke favorecen el desarrollo de la industria francesa -al respecto son muy significativas las grandes inversiones de capital en la industria y en grandiosos proyectos de colonización- y ya hoy representan una fuerte concurrencia al carbón inglés. Francia tiende además

a asegurarse la explotación de otras cuencas carboníferas. En Checoslovaquia y Polonia la participación del capital francés en la producción de carbón va cada vez en mayor aumento.

Paralelamente, intenta contrarrestar la influencia inglesa yendo a la conquista de otro importante combustible para la industria: el petróleo. En la Galizia oriental y en Rumania, grupos de capitalistas franceses tienen ya bajo su control gran parte de los

pozos de petróleo. Las relaciones políticas y militares de Francia con los países de la Pequeña Entente y con los países periféricos del Báltico se están estrechando cada vez más. Francia es el dueño soberano en Polonia, país que sobrevive económica y

políticamente gracias a los franceses. En todos estos países, Francia hace tambalear y amenaza la posición de Inglaterra, tanto a nivel político como en el mercado. Sin embargo, la relación entre Francia, la Pequeña Entente, Polonia y los países periféricos, implica también otros factores: vía abierta y segura para el capital francés hacia la explotación de los países balcánicos y la Rusia soviética, en detrimento de Inglaterra y, al mismo tiempo, construcción de un bastión que separe Alemania de la Rusia soviética. Aparte de esto, Francia detenta una fuerte posición respecto a Inglaterra gracias a sus colonias.

Las bases coloniales de Francia -o por lo menos las más importantes, Marruecos y Argelia- están situadas en una posición favorable: no lejos de la madre patria. Representan bastiones preciosos para el dominio francés sobre el Mediterráneo. Con el

tratado de Angora

 

 

(* Tratado de Angora: firmado el 2 de octubre en Angora

(hoy Ankara) entre los gobiernos francés y turco; el

acuerdo establece entre otras cosas el reconocimiento de la

soberanía turca sobre los estrechos de Constantinopla, el

derecho de propiedad del Estado turco sobre los

ferrocarriles de Bagdad, el reconocimiento de las esferas

de influencia francesa y las concesiones de ciertos

privilegios a Francia.)

 

 

con Turquía, Francia ha debilitado notablemente el control inglés sobre el Mar Negro y el Asia Menor, ha reforzado sus posiciones de poder en estas zonas y ha incrementado de forma particular su propia influencia política en los territorios musulmanes para los cuales la existencia de un Estado turco tiene una gran importancia religiosa. Francia también ha sabido introducirse sólidamente en Siria. Por ello existen, para los intereses políticos y económicos internacionales del imperialismo francés, y del inglés, dos sectores conflictivos. Uno es el alemán, el otro Oriente Medio. Sea cual sea su composición a partir de la revolución de noviembre hasta ahora, los gobiernos alemanes siempre han especulado, sin una línea de principio o una orientación de base, en el contraste de intereses

existente entre Francia e Inglaterra con respecto a Alemania. Han creído que este conflicto podía atenuar las duras condiciones del tratado de Versalles. Pero, compañeros, el horizonte político del gobierno bajo Ebert no ha visto nunca más allá de su nariz, es decir, las fronteras alemanas. Los señores no han tomado nunca en consideración el hecho de que el conflicto de intereses entre el imperialismo francés y el inglés en Asia anterior es mucho mayor, y sus consecuencias para la posición mundial de Inglaterra mucho más importantes respecto al contraste entre las dos potencias en relación con Alemania.

 

En todo caso se ha visto claro que Alemania no es, para Inglaterra, sino un factor de compensación.

Piénsese solamente en la cuestión de la Alta Silesia: cuando se agudizó, la burguesía alemana concibió unas crédulas esperanzas. Se había metido en la cabeza que la cuestión de la Alta Silesia se debía resolver en favor de Alemania, gracias al interés de Inglaterra en un cierto florecimiento de la economía

del Reich. Las cosas, sin embargo, fueron completamente distintas. Inglaterra se ha opuesto a las reivindicaciones de Francia con respecto a la Alta Silesia para conseguir de Francia concesiones preciosas en Asia menor. Los intereses de Inglaterra

en Medio Oriente superan en mucho sus intereses por

Alemania.

 

¿Cuál es la situación?

 

En el Sureste de Europa, en el Asia menor y anterior, el imperialismo inglés persigue algo muy distinto que la simple explotación de minas o ferrocarriles o algunos sectores de la economía. A través de estos países pasa la vía más corta y más segura hacia la India, la mayor posesión colonial británica, piedra angular del plano de dominación mundial de Inglaterra. La seguridad de esta vía está garantizada, en Occidente, por la ciudadela de Gibraltar que permite el libre acceso de los mercantes y de los buques de guerra ingleses al Mediterráneo, en el cual Malta representa un sólido bastión militar. No es menos importante para Inglaterra el control del Mar Negro, de los Dardanelos, de Egipto y, con él, del Canal de Suez.

De ahora en adelante, la vía terrestre hacia la India debe quedar asegurada por un reino árabe, autónomo en la fuerza, pero de hecho completamente dependiente de Inglaterra. A ello deben añadirse sus fuertes posiciones en Mesopotamia, Persia y Afganistán. La salvaguardia de la vía hacia la India se convierte en tanto más importante para Inglaterra cuanto más se producen movimientos revolucionarios en la India que la hacen tambalear.

Inglaterra debe actuar de manera que pueda enviar rápidamente grandes cantidades de tropas, municiones, etc. La contienda por el predominio mundial y el reparto de los recursos mundiales entre

Francia e Inglaterra provoca la acumulación de conflictos tales que sólo pueden encontrar su salida en nuevas guerras.

 

El predominio mundial de Inglaterra también está fuertemente amenazado desde otro punto de vista. En el curso de la guerra, los Estados Unidos han registrado un gigantesco desarrollo industrial. Antes de la guerra habían destacado como proveedores de materias primas y medios de primera necesidad; los capitalistas de Europa los consideraban como compradores de productos acabados.

¿A qué estamos asistiendo en la actualidad?

Los Estados Unidos se han convertido en el curso de la guerra en

proveedores de gran estilo de productos industriales.

El aparato técnico-productivo de la industria americana ha llegado a dimensiones fabulosas pero, sobre todo, se ha perfeccionado notablemente. No deja de tener interés que precisamente técnicos,

químicos e ingenieros alemanes hayan contribuido en parte a que la industria de los Estados Unidos, desde una producción nada más que cuantitativa, pasase a una producción de alta calidad. Es la demostración gráfica de aquel tipo de patriotismo que hace exclamar al buen ciudadano de cualquier país:

«Mi hogar se encuentra allí donde me siento a gusto».

En Alemania, los patriotas de salón y los patriotas interesados habían calculado que, después de la guerra, la industria alemana volvería a poseer, en un abrir y cerrar de ojos, los antiguos mercados extranjeros y, en particular, el norteamericano. Esta

convicción estaba basada en el hecho de que el mercado mundial no pudiese prescindir del producto de calidad alemán.

¿Y ahora?

No sólo la producción de calidad alemana, sino también la inglesa de distintos sectores industriales ha encontrado en los productos americanos un competidor peligroso que en parte ha ocupado su lugar. Y no sólo en los mercados de los propios Estados Unidos, de América central y meridional, sino también, y sobre todo, en

los mercados europeos.

Este estado de cosas es muy peligroso para la industria inglesa, lo cual repercute sobre la relación recíproca entre las clases. Los empresarios ingleses pierden su propensión -por puro cálculo capitalista- y también la posibilidad de adormecer a los obreros con concesiones. Las contradicciones de clase se agudizan y los obreros las perciben mucho más claramente. No se sabe todavía quien vencerá la contienda concurrencial entre Inglaterra y los Estados Unidos por la conquista del mercado mundial. Pero es digna de mención esta contienda en lo que respecta al carbón inglés y americano. Con su carbón, Inglaterra dominaba el mercado mundial en el período prebélico; pero después ha sido

desbancada por América. Sólo en los últimos tiempos se ha vuelto a imponer el carbón inglés en los mercados de todo el mundo, e incluso en la misma América. La concurrencia en los puertos orientales de los Estados Unidos ha cobrado tanta importancia que el presidente Harding ha pedido a las sociedades de ferrocarriles que a partir del 1º de enero de este año, disminuyan los costes de transporte del carbón americano en 5 centavos la tonelada, con el fin de que pueda dominar mejor a la concurrencia inglesa.

Sin embargo, otro combustible imprescindible para la industria puede desencadenar, y desencadenará cada vez con más fuerza, una fuerte concurrencia entre Inglaterra y América haciendo surgir esferas de conflicto entre las dos. Dicho combustible es el petróleo. El consumo de petróleo es cada vez más importante para la industria. El petróleo es superior al carbón en poder calorífico y

su efecto térmico se obtiene mucho más rápidamente que con el carbón. El petróleo es mucho más fácil de tratar, de transportar y es más puro que el carbón; su empleo representa un notable ahorro de tiempo, de trabajo y de fuerza de trabajo. Actualmente el

petróleo se aplica ya en la industria, especialmente para el calentamiento de calderas y para la propulsión de determinados motores. Reviste notable importancia en el calentamiento de los motores de los barcos de guerra; y la gestión técnica más racional de las naves de guerra ya es por sí sola una cuestión vital para el imperialismo inglés. También son muy importantes los productos derivados del petróleo, especialmente la gasolina.

 

Los Estados Unidos disponen de más del 62 % de las riquezas mundiales de petróleo; a ello debe añadirse además el 25 % de estas riquezas en México, sobre las cuales los Estados Unidos tienen derecho de prelación. Inglaterra posee pozos de La lucha de los partidos comunistas contra el peligro de guerra y contra la guerra petróleo en la India, en las islas Trinidad, en Borneo.

Aspira a aumentar su propia influencia y apoderarse de las ricas reservas de nafta en los alrededores de Bakú, en Mesopotamia y en Persia. La lucha por el control de los pozos de petróleo entre Inglaterra y los Estados Unidos se volverá probablemente mucho

más áspera en el futuro.

Los Estados Unidos, gracias a la situación producida por la guerra, han podido pagar sus deudas en Europa y prestar enormes sumas a las potencias aliadas. Hoy por hoy son los mayores prestamistas de los Estados europeos. Las deudas de guerra de estos últimos con respecto a los Estados Unidos superan la cantidad de diez mil millones de dólares. Un río de oro ha afluido a sus cajas. Más de la mitad de las reservas de oro mundiales se encuentra en los Estados Unidos, reserva que aumenta de día en día.

Como hemos dicho antes, los medios de producción de la industria norteamericana se han perfeccionado extraordinariamente. En la actualidad, dos obreros americanos rinden lo mismo que cinco obreros ingleses. Inmensas fuerzas de producción están buscando ser empleadas, lo cual para la economía capitalista significa posibilidad de ganancia. El imperialismo de los Estados Unidos quiere cerrar al capital las fuentes más ricas de explotación y

asegurarse su posesión. La competitividad, así como el control, sobre los mercados de la América central y meridional, no basta ya para las necesidades de expansión y explotación del capitalismo de los Estados Unidos. La doctrina de Monroe ha sido

superada, pero se sobrevive a sí misma. Incluso Europa parece demasiado pequeña para las gigantescas fuerzas productivas de los Estados Unidos, que buscan los mayores mercados del mundo:

 

China y Siberia oriental, donde afluirá la superpoblación del celeste imperio central.

Al capitalismo de los Estados Unidos no le interesa encontrar solamente mercados buenos y seguros, ni siquiera la explotación de los ricos recursos naturales del país, como carbón, hierro, etc.

Lo que realmente desea es conquistar el poder sobre la misma fuerza de trabajo del pueblo chino. China representa una cuarta parte de la población mundial.

El pueblo chino no tiene pretensiones, ha sido educado con la antigua cultura milenaria de la máxima disciplina de trabajo y a las máximas prestaciones. Los capitalistas de los Estados Unidos ven en el pueblo chino una fuente de ganancia que el destino ha puesto en su camino. El imperialismo americano no se ha lanzado todavía a la conquista de yacimientos de explotación en China, como lo exige su propia naturaleza y como lo han hecho ya los

Estados europeos. Se ha contentado sustancialmente con penetrar en los mercados de China con intenciones de conquista. Pero la pacífica invasión del país le es muy difícil, casi imposible, por las

posiciones de los sectores sólidos de explotación que los países europeos -y el primero de todos Inglaterrahan conseguido asegurar para sus propios capitalistas en China.

 

Sin embargo, en la contienda inglesa para la explotación de China ha aparecido un nuevo competidor extra-europeo. Durante la guerra también la industria del Japón se ha desarrollado de un modo gigantesco. Y el joven capitalismo japonés muestra ya desde ahora los rasgos del imperialismo ávido de conquista. El poder político del Japón se encuentra en las manos de una casta aristocrática, feudal y militar a pesar de la caricatura de un parlamentarismo burgués. La sed de poder y tradición han conducido a un acelerado desarrollo del militarismo moderno. El

Japón se ha convertido -como se sabe- en «la Prusia del Asia oriental». La economía del país está en manos de la burguesía. La necesidad de extender su campo de explotación y las aspiraciones de gloria y de conquista de la casta militar se unifican en la política imperialista del Japón, que ha transformado un reino relativamente pequeño en un importante factor de potencia.

 

La industria del Japón ha explotado la situación que se ha creado durante la guerra. Su desarrollo ha sido muy irregular. Ha conquistado mercados en América del Sur, en las costas del Océano Pacífico, en China y en Australia. Muchos japoneses han

emigrado a las zonas occidentales de los Estados Unidos, especialmente a California. La mano de obra emigrada japonesa no sólo está compuesta por obreros de la industria, comerciantes de productos industriales japoneses, sino también campesinos. Por

ejemplo, en California se encuentran en la actualidad más de diez mil colonos japoneses. La economía de los japoneses debe ser mucho más rentable que la de los colonos americanos. Esta circunstancia refuerza el odio racial contra los «hombrecitos amarillos». El estado de ánimo de estratos enteros de la población

está por ello contra las expectativas de los imperialistas, los cuales están inquietos por la creciente importancia económica y política del Japón en la escena internacional. El Japón ha ocupado

importantes posiciones en las islas del Océano Pacífico donde ha construido sus bases militares.

Todo ello significa impedimentos, dificultades para la extensión del comercio americano y para la llamada «protección» de los intereses de los Estados Unidos. Además, Japón ha metido sus manos en vastas e importantes zonas de China. Durante la guerra se ha hecho asignar la provincia de Schandung y Kiautschou, que antiguamente estaba adjudicada a Alemania. Pasando por Corea, se ha posesionado de Manchuria y ha intentado anexionarse vastas zonas de la Siberia oriental después de haberse adentrado

varias veces en Mongolia. Ahora el Japón no se encuentra frente al poderoso enemigo del período prebélico, el imperialismo ruso. Sólo recientemente ha aparecido un obstáculo a su expansionismo: la resistencia de la República de Extremo Oriente. Los acontecimientos que hemos esbozado han hecho que a la necesidad expansionista de los Estados Unidos se le impusieran unos ciertos límites que amenazan con debilitarse cada vez más. El campo de conflicto entre la Unión norteamericana y el Japón va cada vez en incremento con el desarrollo de ambos países.

Inglaterra ha dado su consentimiento a este avance del Japón en el plano económico y político, e incluso ha dejado que se produjera la ocupación de territorio chino. Los ingleses están de acuerdo y tratan con amor al expansionismo japonés. En China

meridional, cuya situación es más protegida y fuertemente influida por el capitalismo europeo, Japón ha conseguido arrebatar importantes concesiones y monopolios. Algunos capitalistas ingleses disponen en aquel lugar de ferrocarriles, pueden explotar minas de hierro y de carbón, mantienen grandes empresas industriales y comerciales; en resumen, los albores de una nueva

vida económica de la China del Sur se encuentran primordialmente en manos inglesas. Pero, precisamente por ello, Inglaterra ha dejado hasta el presente que el imperialismo japonés se ocupase de China septentrional. Japón se ha encontrado con un hinterland seguro y ventajoso para su ulterior expansión industrial y política: regiones ricas en fuerza de trabajo, en productos alimenticios, en

hierro, carbón, etc. y ha podido instalar importantes bases estratégicas. Inglaterra ha seguido estos desarrollos por una parte con placer y, por otra, con disgusto. Con disgusto en la medida en que el avance del Japón amenazaba con estorbar su propio

desarrollo; con placer en la medida en que el imperialismo de los Estados Unidos en China y en la Siberia oriental había de tener en cuenta a un nuevo rival. La posición de Inglaterra respecto al Japón está claramente expresada en el tratado que estuvo vigente hasta hace poco tiempo.

 

A pesar de todo, la política exterior de Inglaterra tanto con respecto a los Estados Unidos como al Japón, no es absolutamente libre. La guerra mundial la ha vinculado a determinadas condiciones. Las fuerzas que los ingleses han evocado no se han liberado. Para poder obtener de sus dominions los medios financieros y los hombres necesarios en la aventura bélica, hubiera tenido que garantizarles en la conferencia del imperio el derecho a decidir su política exterior. Los dominions más importantes no tienen ningún interés en reforzar la posición del Japón respecto a los Estados Unidos. Por el contrario, se sienten vinculados con este último y con su evolución. El África del Sur inglesa sigue siendo prioritariamente un país agrícola. Sus colonos no se sienten ni siquiera mínimamente propensos a sacrificar su sangre y sus bienes en una guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra. La República federal australiana está en extrema oposición, política y económica, con el Japón, y se siente amenazada en su concurrencia económica así como por el asedio

japonés a las islas próximas a su territorio. Es sólo una cuestión de tiempo y de circunstancias si estos dominions no se han separado todavía completamente de Inglaterra.

El antagonismo entre la madre patria y los dominions ha salido a la luz en el curso de la conferencia del imperio, donde se produjo una protesta contra la alianza entre Inglaterra y Japón. La

posición de Inglaterra respecto a los Estados Unidos no es en absoluto la del más fuerte. Esto se refleja en la relación política internacional entre Inglaterra y Francia. La situación de potencia de Francia sale reforzada. El imperialismo francés se convierte en el aliado que ambicionan ambas potencias anglosajonas que luchan entre sí por el dominio del Océano Pacífico. Ello puede jugar el papel del fiel en la balanza. En el actual estado de cosas, Estados Unidos, Japón e Inglaterra compiten entre ellos por los armamentos navales.

La creciente rebelión en los países coloniales ejerce también una función debilitante en la anterior posición de potencia de Inglaterra. La lucha de independencia de Irlanda tiene una particular importancia. Es un hecho de sobras conocido que la

lucha de liberación de los irlandeses ha sido apoyada, financiera y moralmente, por los Estados Unidos. Y no sólo porque Irlanda, desde hace muchos siglos, envía a los Estados Unidos un potente flujo de emigrantes, por lo cual hoy gran parte de la población de la Unión es de origen irlandés. Irlanda independiente, vinculada por lazos de simpatía o por acuerdos con los Estados Unidos, representaría una importante avanzadilla imperialista de América en Europa. Y este destacamento dirigiría sus flechas especialmente contra Inglaterra. El conflicto entre Inglaterra e Irlanda no se ha extinguido con la promoción de la «isla verde» a república. Las luchas revolucionarias continúan, estrechamente ligadas a movimientos sociales y religiosos que acompañan al

movimiento nacional: el contraste de intereses entre la población campesina y católica del sur y los estratos industriales y protestantes del nordeste, en el Ulster, parece ser insuperable. Las luchas que se suceden unas a otras demuestran que amplias masas de trabajadores irlandeses no están dispuestos a tolerar que la burguesía inglesa continúe empobreciendo el país bajo la forma de república y de dominion. La reivindicación de la total independencia nacional corre pareja con la rebelión proletaria contra el dominio de clase capitalista. El estandarte de la «república obrera, libre y colectiva» ya está ondeando en tierras de Irlanda.

En las colonias extra-europeas, que en el curso de la guerra han sufrido un fuerte desarrollo industrial, Inglaterra ya no es capaz de defenderse. Desde hace años las bases del dominio inglés en Egipto están La lucha de los partidos comunistas contra el peligro de guerra y contra la guerra debilitándose. Las rebeliones de los fellagas

 

(* Fellagas: grupo étnico camítico dedicado a la agricultura que vive en distintos países árabes y especialmente en Egipto. Entre los fellagas se encuentran los estratos más indigentes y explotados de la población de aquellos países)

 

contra la explotación de la industria cerealista y en las plantaciones de algodón son cada vez más intensas.

Los movimientos de independencia nacional se nutren y toman su vigor de la contradicción de clase entre indígenas explotados y extranjeros explotadores; estos aumentan en extensión, en unidad y en importancia. Sin embargo, en Egipto no sólo es amenazada una zona de explotación extraordinariamente rentable, sino también la vía terrestre de África del Sur con el imperio colonial y, además, en Egipto los cañones franceses dominan el canal de Suez a través del cual las tropas inglesas pueden llegar rápidamente a la India, a través del Asia anterior. Egipto es el puntal más importante

para el mantenimiento de la dominación inglesa.

 

La misma India es un hervidero de insurrecciones nacionales. Desde la mitad del pasado siglo este hervidero no han llegado nunca a apagarse del todo. Millones de personas se rebelan en la India contra el poder colonial inglés, que equivale a explotación y

opresión. También aquí la contradicción de clase entre el extranjero explotador y opresor, y el indígena, desangrado, maltratado y oprimido, representa la raíz más profunda y vigorosa del contraste nacional, del odio nacionalista, entrelazado con motivos religiosos, especialmente entre la población mahometana. Inglaterra ha intentado cortar la rebelión mediante el bastón y la zanahoria, alternativamente, y quizás con ambas cosas a un tiempo.

¿Qué han reportado a la burguesía india, a las castas privilegiadas del inmenso país, las concesiones inglesas?

Absolutamente nada. Algunas personalidades, pequeños grupos, han firmado su paz con Inglaterra. La rebelión sometida, que fracasa un poco para recomponerse y fracasar nuevamente, no

sabe lo que significa la palabra tregua. Del boicot de las mercancías inglesas y de los príncipes ingleses - piénsese en el ilusorio viaje del príncipe de Galeshasta el rechazo de los impuestos, hasta huelgas de grandes dimensiones y de apasionado carácter, hasta la insurrección armada, con millares de víctimas.

Tiene particular importancia el hecho de que las auténticas luchas de clase entre la burguesía y el proletariado son cada vez más numerosas. En Madrás, en Bombay y en todas las ciudades en las

que se ha instalado alguna industria moderna de cierta importancia, se producen huelgas que movilizan a amplias masas. El fermento nacional y social crece sin cesar. Parecen totalmente superados los tiempos en los que el capitalismo inglés podía echar algunas migajas a sus esclavos asalariados en su patria, cargando los costes a la intensificada explotación de la India; actualmente existen en. Inglaterra dos millones de parados, cuya condición de hambrientos y desalojados pone en crisis la fe en la excelencia y en la eternidad del orden burgués.

Sin embargo, la atmósfera revolucionaria en los países de ultramar no se ha limitado solamente a la India o a las zonas que son posesión colonial inglesa y que, por tanto, están sometidas a la soberanía inglesa. Como precursora de un temporal que se está

desencadenando, planea sobre los países con civilización precapitalista, desde el África occidental hasta África del Sur y hasta el Asia oriental. La agitación se vuelve contra todas las potencias coloniales, contra el propio capitalismo. Es la rebelión de los pueblos de civilización antigua, primitiva, rural, contra la «civilización» capitalista de Europa y de los Estados Unidos. Encuentra su significado en lo que los periodistas nacionalistas de los distintos países deploran, quizás con tristeza, quizás con rabia. Es evidente que la guerra imperialista con sus horrores ha conmovido seriamente la autoridad de los hombres blancos sobre

los hombres de color, la ha hecho vacilar peligrosamente. Los contrastes, las intrigas, los complots entre los Estados coloniales europeos alimentan y acrecientan el rechazo. No deben olvidarse las consecuencias del contraste de intereses entre el imperialismo francés y el imperialismo español en Marruecos, y el papel jugado por ingleses y franceses en las belicosas empresas entre pretendientes indígenas por la dominación de Arabia.

 

Allí donde la economía capitalista ha empezado a erguirse con firmeza, las huelgas entre los obreros de las minas, de las fábricas y de las plantaciones son cada vez más frecuentes. Por ejemplo, en estas semanas en África del Sur -en Johannesburgo- ha

estallado una gran insurrección obrera, en la que ambas partes han combatido con la tenacidad y la pasión de una auténtica guerra. El aspecto religioso gana terreno en los movimientos xenófobos. Desde la costa occidental del Océano Atlántico hasta China, todo el mundo del Islam está agitado y, con profunda y fanática fe, ve cómo ondea la bandera del profeta sobre las guerras santas de los pueblos. Lo que merece una atención particular es el hecho de que en los países de Próximo y Extremo Oriente, las mujeres vinculadas a las tradiciones, a las costumbres y a la servidumbre religiosa milenarias se están moviendo.

No me estoy refiriendo ahora al pequeño estrato de mujeres orientales poseedoras, pioneras de su sexo, que han conquistado erudición, saber y cultura moderna en las universidades europeas y norteamericanas. Pienso más bien en los muchos miles de campesinas pobres y obreras de los campos de arroz y de las plantaciones de algodón, de los campos de petróleo, etc., que en Turquía, en Turkestán, en Corea, en Japón, en Mongolia, en la

India, etc., han empezado a rebelarse contra el doble yugo del hombre y del capital.

 

En resumen, en las regiones sometidas al régimen colonial capitalista o bajo la amenaza de serlo, las cadenas se agitan, los esclavos, los oprimidos y los explotados se insurgen. Esto no sucede simplemente contra las fuerzas de explotación y dominación del capitalismo moderno, sino que a menudo se produce contra los antiguos vínculos tradicionales, considerados sagrados hasta hace poco tiempo. Es como si el mundo de todos aquellos que no tienen ningún derecho, de toda la humanidad esclavizada y maltratada que tiene sed de justicia y de libertad, se

levantase contra la injusticia y la esclavitud; y se les están abriendo unas gigantescas perspectivas.

No hay lugar a dudas: el movimiento, la rebelión de los pueblos coloniales, de los países de cultura precapitalista, se han visto fuertemente estimulados por la revolución rusa. Para estos países ha representado una concreta enseñanza de enorme importancia, que les ha hecho ver claro que las grandes potencias de la explotación y de la opresión capitalistas, frente a las cuales se mostraban llenos de miedo y de admiración como si se enfrentaran a un milagro, no son invulnerables ni insuperables, sino que pueden ser derrotadas por los desheredados, por

aquellos que no cuentan para nada...

 

...Es impredecible el resultado de esta situación. Sólo una cosa es evidente: el capitalismo europeo y norteamericano pierde la última posibilidad de satisfacer sus deseos expansionistas y sus ansias de explotación, pierde las últimas reservas de fuerza vital y de resistencia, si el resto del mundo le cierra el paso. El final del dominio colonial pone a los capitalistas de los diversos países en una situación que les impide compensar los contrastes recíprocos

entre los intereses nacionales mediante el «reparto del mundo» equitativo de los pueblos oprimidos y explotados de los países no capitalistas. El fin del dominio colonial pone a los capitalistas de un solo país en la imposibilidad de colmar el abismo de intereses económicos y sociales que los separa de los proletarios mediante pequeñas concesiones y reformas a costa de los pueblos extranjeros explotados y oprimidos. Con el final del dominio colonial de los Estados capitalistas termina también la capacidad reformista del mundo burgués, y la burguesía deja de tener la posibilidad de asegurar a sus esclavos asalariados un nivel de vida conveniente

y la relativa promoción cultural. Por ello las grandes potencias capitalistas -e Inglaterra la primera de todas- toman las armas, están dispuestas a dejarse lacerar en la lucha por las posesiones coloniales y a inundar el mundo de sangre para poder conservar su dominio.

 

También son intereses extremadamente opuestos los que surgen entre las grandes potencias capitalistas respecto a la Rusia soviética. La industria de los Estados Unidos necesita, como la inglesa, que se abran los mercados rusos. Un fuerte salto hacia

adelante de la agricultura en la Rusia soviética presentaría grandes ventajas como pueden ser el aprovisionamiento de Inglaterra con productos alimenticios y otras materias primas. Por el contrario,

esto significaría para los Estados Unidos un debilitamiento de su posición, ya que Inglaterra sería con ello independiente de la Unión norteamericana en lo que se refiere a alimentos, etc., y situaría a un potente competidor en el mercado mundial al lado de

América. La economía inglesa está muy interesada en una aproximación a la Rusia soviética, en la consecución de acuerdos comerciales con un Estado floreciente. Los imperialistas ingleses miran por el contrario con hostilidad y con inquietud la fuerte y

creciente influencia ejercida por la República de los Obreros y Campesinos sobre los trabajadores de Asia central y meridional, Manchuria, Mongolia, Corea, China, Japón y la India, así como el establecimiento de relaciones políticas con los gobiernos de estos

países y con otros países orientales. A pesar de que la Rusia soviética carece de tendencias imperialistas, Inglaterra se siente amenazada por este estado de cosas en su situación de potencia colonial; su máximo interés consiste en conseguir por lo menos la

«neutralidad» de la Rusia soviética en sus luchas en Asia. El tratado comercial que acaba de firmarse entre las dos naciones lo pone claramente de manifiesto.

Por el contrario, los Estados Unidos ven con placer las dificultades en las cuales se encuentra Inglaterra, dificultades que favorecen el desarrollo de sus contrastes con el imperialismo inglés en China.

La lucha entre Inglaterra y Francia por el predominio en el Asia anterior y en el Mar Negro determina la situación de ambas potencias respecto a la Rusia soviética y la valoración de sus relaciones respecto a Turquía. Alemania está más interesada que cualquier otro Estado en tener relaciones económicas y

políticas muy estrechas con la Rusia soviética. Sin embargo, las ilusiones pequeñoburguesas sobre los beneficios del imperialismo «democrático» de la Entente y, en mayor grado todavía, el miedo frente a la «exportación del bolchevismo», que han

caracterizado sus gobiernos desde noviembre de 1918 en adelante, han impedido hasta el momento que se realizara una política exterior alemana que supiera sacar provecho de los intereses contrarios de Francia e Inglaterra. Y ello es muy sintomático.

Por grandes que sean las contradicciones económicas y políticas a nivel mundial entre los Estados capitalistas en cualquier parte del mundo, y también en relación con la Rusia soviética, todas las

potencias del capitalismo están vinculadas en una gran comunidad en lo que respecta a las relaciones hacia Rusia; una comunidad de lucha contra la Rusia soviética, contra el «bolchevismo», es decir, contra la revolución proletaria.

El glorioso proletariado ruso se ha quedado solo La lucha de los partidos comunistas contra el peligro de guerra y contra la guerra

en su lucha contra el capitalismo. El poder soviético ha tenido que hacer concesiones al capitalismo del campesinado pequeño y medio y a los pequeñoburgueses, así como al capitalismo extranjero mediante la llamada Nueva Política Económica. Pero las concesiones otorgadas, que permiten una rentable participación de los capitalistas extranjeros en la economía de la Rusia soviética, no bastan a la burguesía de las distintas naciones. En la

explotación de los recursos naturales y humanos, no quiere que las leyes de un Estado proletario le pongan ningún límite, sino que aspira a la «libertad dorada» que su ansia de beneficio le sugiere. Y no puede realizarla dentro del inmenso Estado ruso mientras exista la dictadura proletaria; y se sentirá amenazada en sus sectores de dominio extra-rusos mientras la Rusia soviética exista. La Rusia soviética representa, para todos los Estados capitalistas, la piedra del escándalo y del terror. (...)

 

La agudización de las contradicciones de clase entre una minoría explotadora y una enorme mayoría de explotados lleva al aumento del armamento, que dicta su consigna a la burguesía: máxima preparación para la guerra contra el enemigo interno. Es una verdad como un templo que en el Estado capitalista el militarismo debe defender no sólo los intereses de las clases poseedoras y dominantes del enemigo exterior, sino también, como tarea principal, contener y reprimir al «enemigo interno» de la burguesía: el proletariado. Los obreros se merecerían realmente la

fusta del hambre silbando sobre sus cabezas, se merecerían las pesadas cadenas que se les reservan, si no se defendieran con la máxima energía contra los intentos de los capitalistas de cargarles con los costes de la guerra de rapiña imperialista y los gastos de

reconstrucción del orden capitalista y depredador. Inevitablemente se están acercando grandes e impetuosas luchas de clase de los explotados contra sus explotadores y sus perseguidores. Cada vez más a menudo y con menos escrúpulos, la violencia armada

será para los burgueses la última ratio de la sabiduría burguesa, la justicia y la razón de los capitalistas y de su Estado.

 

La agudización del contraste de clase entre las dos naciones, que según Disraeli subsiste en todos los Estados, tendrá como consecuencia mayores armamentos y peligro de guerra con el exterior, lo cual incita la tendencia de la burguesía de cada país al expansionismo imperialista. La violencia de explotación y de poder capitalista cubierta de nacionalismo, ejercida contra territorios y pueblos extranjeros, debe servir para neutralizar la lucha de clase proletaria en la patria, y hacer que este potente flujo de innovación histórica se pierda en el pantano del reformismo social-burgués y del chovinismo, en lugar de desembocar en el océano de la revolución social. Con ello se producirá necesariamente una

consolidación del poder de la burguesía sobre el proletariado del mismo país y un mayor desangramiento de los pobres y de los inermes. Evidentemente, también en la sociedad burguesa existen tendencias que se oponen al armamento y a las amenazas de guerra. Los círculos del capital comercial y de la producción de productos acabados no están, en general, a favor del imperialismo y del militarismo. Piensan que quizás sea mucho más seguro y rentable conseguir sus beneficios en el exterior a base de la política de la «puerta abierta», bajo la bandera de la paz y del libre cambio. Los campesinos pobres y la pequeña y media burguesía

están en su abrumadora mayoría en contra de los armamentos y de la guerra, si no por otra cosa por el sacrificio de bienes y de sangre que exigen. En los llamados países desarrollados la mayor parte de la opinión pública tiembla de horror al pensar en nuevos genocidios. Y ciertamente, también la gran mayoría de los hombres de gobierno temen la amenaza de nuevas guerras imperialistas y quisieran evitarlas. Pero también es cierto que todos estos gobiernos se arman y se preparan para estas guerras.

 

El estrépito de los campesinos y de otra «gentecita» contra el despilfarro de vidas humanas y de dinero que los armamentos y las guerras comportan, queda rápidamente vencido por la ebriedad del énfasis nacionalista. La música turca de la «defensa del país» ha conseguido acallar el canto de la Internacional incluso entre el proletariado socialdemócrata. El capital comercial y la industria

de productos acabados no son en la actualidad los sectores dominantes en la economía y en el gobierno de los países capitalistas avanzados. Las fuerzas pacifistas se muestran impotentes, moviéndose en el terreno del mundo burgués, y hablando en tonos moralistas de la justicia y la injusticia, de civilización y de barbarie. Por el contrario, la industria pesada y el capital financiero, que a menudo se encuentran estrechamente vinculados, son dominantes y decisivos. El aprovisionamiento del ejército y de la marina, los monopolios para la extracción del carbón y el hierro, para la implantación y ejercicio de los ferrocarriles, el dominio sobre yacimientos de explotación exclusiva, son cuestiones de vida o muerte para la industria pesada y el capital financiero, que están ávidos de armamentos y de

conquista, y son los baluartes del imperialismo capitalista. No se arman porque prevean los conflictos, sino que se arman porque son los provocadores.

Mientras tanto, no debemos olvidar que armamentos y guerras sirven también de otras formas, además de las ya indicadas, para la supervivencia del capitalismo. Representan válvulas de seguridad que juegan en la economía capitalista un papel muy parecido al desempeñado por las crisis.

Como las crisis, hacen desaparecer los peligros que acechan a la economía capitalista derivados del hecho de que la propiedad privada de los medios de producción no permite ni una dirección ni una explotación programadas de las gigantescas fuerzas productivas de nuestro tiempo, ni siquiera una distribución de los beneficios a favor de todos los trabajadores. El peligro reside en que el capitalismo, comprimido en la garganta por los límites de su

misma naturaleza, se ahogue en la riqueza que ha producido. Al igual que las crisis, los armamentos y las guerras paralizan temporalmente amplios sectores de fuerzas productivas, las desvían dirigiendo su actividad hacia objetivos improductivos, reduciendo y malgastando con ello la riqueza social. Los armamentos transforman actualmente once millones de jóvenes productores en destructores de valores sociales. Inmensas fuerzas productivas cualificadas, medios de producción extremadamente

perfeccionados, millones de brazos humanos que no sirven a las necesidades de la vida, de una vida mejor, sino que preparan la muerte y la destrucción a un nivel gigantesco. Las guerras imperialistas se producen por ello con incesante violencia y continuo incremento. Antes de 1914, la teoría sobre la «capacidad de adaptación» del capitalismo para eliminar o neutralizar por lo menos las crisis señalaba sus triunfos en el campo burgués y tenía sus intérpretes en el campo del proletariado: los revisionistas. La guerra mundial como crisis general, crisis mundial del capitalismo, ha desmentido claramente esta esperanza.

Las fronteras del Estado nacional-burgués se han tornado demasiado angostas para el espacio requerido por las modernas fuerzas productivas.

Estas necesitan un campo de actividad que se extienda a todo el mundo. Mientras su presión se limite al terreno del orden burgués, las barreras seguirán siendo insuperables. Estas barreras han sido

erigidas por la propiedad privada de los medios de producción, por lo que el interés de beneficio por parte de los capitalistas o grupos capitalistas es la última fuerza motriz de la producción y la causa de la anarquía. El imperialismo puede realmente conseguir que las fronteras de un Estado se alarguen, pero no puede eliminar las fronteras puestas al orden burgués, que deben ser destruidas por el proletariado revolucionario que conquista el poder estatal y

transfiere los medios de producción a la propiedad colectiva. Mientras no se produzca esta inversión, los armamentos y las amenazas de guerras y las mismas guerras continuarán siendo típicas manifestaciones de la naturaleza del sistema burgués. Y esto será tanto más inevitable cuanto más el sistema burgués se vea sacudido por el choque de las contradicciones, cuanto más desesperadamente se agarre la burguesía a la esperanza de prevenir la revolución proletaria mediante el imperialismo.

No bastan los dedos de las manos para contar las conferencias que han tenido lugar desde el final de la guerra con el fin de retornar a su curso «normal», a nivel nacional e internacional, la economía capitalista, y para garantizarlo a pesar de la paz.

Conferencias de estadistas, de hombres de gobierno, príncipes de la industria, astutos calculadores, intrépidos técnicos de las finanzas en busca de especulaciones y soñadores pacifistas: todos estos encuentros, todas estas consultas han concluido sin

ningún éxito. Su suerte estaba echada en el destino de la Sociedad de Naciones. En el curso de la guerra se la considera como la redentora de todo tipo de representantes de la política mezquina y pordiosera de imbéciles esperanzados. Los dirigentes sindicales

más importantes de todos los países pusieron toda su fe en ella y traicionaron al socialismo y al proletariado para poder servir mejor a la burguesía.

Karl Kautsky renunció a Marx, se convirtió en un seguidor de Wilson y puso a Lenin en la argolla. En la actualidad, ya nadie alimenta dudas sobre la naturaleza imperialista y sobre la impotencia pacifista más completa de este monstruo político. La

palabra ha pasado ilimitadamente al Consejo supremo de los Aliados, al imperialismo de la Entente.

 

En tiempos más recientes, la Conferencia de Washington

 

(* Conferencia de Washington: convocada por iniciativa

del presidente Harding de los Estados Unidos por la reducción de los armamentos navales; se celebró en aquella ciudad del 12 de setiembre de 1921 al 6 de febrero de 1922; participaron los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, Japón; los tratados se referían en parte a la limitación del armamento naval y en parte al mantenimiento del status quo en el Pacífico y a la cuestión china.)

 

 

ha representado el peor ejemplo de inutilidad de las habituales conferencias para el desarme y la reconstrucción. Durante largos meses, Washington fue la Meca de todos los buscadores de paz y de los pacifistas esperanzados. Estos últimos organizaron encendidas campañas, poniendo en ellas toda su energía y entusiasmo, utilizaron cualquier posibilidad en favor de la obra de paz perseguida por la Conferencia. Pero la montaña dio a luz un topo muy pequeño.

 

¿Cuál era el objetivo de la Conferencia de Washington?

Establecer un acuerdo entre las tres potencias -Inglaterra, Estados Unidos y Japón-, un acuerdo en la carrera por la explotación y el dominio del Asia oriental que desencadenará una lucha encarnizada, sin tregua. La Conferencia debía regular las «cuestiones del Asia oriental»; en otras palabras, dividir el Asia oriental entre las tres potencias, y favorecer con ello un notable incremento de los armamentos con el fin de reestructurar el capitalismo en Europa. El rearme -como se pensaba- hubiera

permitido que Inglaterra dispusiera de ingentes medios, especialmente en la Unión norteamericana.

 

¿Cuál ha sido el éxito de la Conferencia?

 

Es difícil de La lucha de los partidos comunistas contra el peligro de guerra y contra la guerra decir. Los debates se han prolongado muchas semanas, se han adoptado resoluciones durante sesiones públicas y en comisiones secretas. La prensa publicó preferentemente declaraciones de estadistas, politicastros, hipótesis, comentarios, profecías sobre la Conferencia y pocos resultados sobre el trabajo realmente desarrollado. A partir de las relaciones y los artículos aparecidos en los últimos días se podían sacar más o menos las siguientes conclusiones: a pesar de que Francia no tuviese un interés directo en la cuestión de las zonas de explotación del Asia oriental, Briand tomó parte en las negociaciones. Inglaterra y Estados Unidos intentaban impedir y vincular al imperialismo francés para que, en caso de un conflicto entre ellas, Francia no se aliase con ninguna de las dos. Se llega entonces a un pacto cuatripartito para Asia oriental que, más tarde, se convierte en un pacto entre cinco por la inclusión de Italia, y un pacto entre nueve sobre China. El tratado

de las cuatro, en primer lugar, y después de las cinco potencias, asegura a los Estados participantes las respectivas posiciones detentadas hasta el momento en el Asia oriental y tiene una validez de diez años.

En el caso de que una de las potencias del pacto se viera amenazada por un conflicto en Asia oriental, todos los demás Estados pactantes deben reunirse para tratar de impedir el conflicto. Por su parte, el pacto de los nueve ha deliberado que el Japón debe restituir Schandung a China, y que China indemnice al Japón por los ferrocarriles de Schandung. Ambos tratados dejan muchas cosas por definir y, en realidad, han sido concluidos sin la decisiva colaboración de China y sin que a los debates asistiera la Rusia soviética y las repúblicas de Extremo Oriente; y ello a pesar de que sus intereses en la Siberia oriental se enfrentan al ansia

expansionista del Japón imperialista. Muy probablemente existen ya, junto a estos dos, otros tratados secretos entre Inglaterra y Japón -la antigua alianza que era necesario deshacer-, y entre Francia y Japón. Los tratados, al tiempo que desvelan el temor de los grandes países capitalistas ante futuras guerras mundiales, expresan también su impotencia para eliminarlos. Serán rotos con la misma facilidad con la que un insecto desgarra una telaraña cuando la lucha por el poder y por los recursos del Asia oriental empujará a las potencias pactantes a horribles masacres contra los pueblos dominados. ( ... )

 

En la actual situación histórica, sólo un movimiento podría llegar a tener aquel significado práctico que la mayoría de los políticos ha

considerado hasta el presente un sueño irrealizable:

 

el movimiento burgués pacifista y antimilitarista. En el período prebélico representaba una ideología sin importancia sostenida por exiguos estratos burgueses compuestos en particular por intelectuales que llegaban al concepto de «paz eterna» a través de la filosofía, las concepciones feministas, el reformismo social o las desilusiones del «partidismo».

¿Puede ser casual el hecho de que el pacifismo burgués actual

cuente entre sus filas no sólo con figuras «aisladas» de cierta importancia, sino también con hombres políticos atentos a los problemas sociales, representantes del mundo financiero, escritores de fama?

¿Puede ser casual que le sigan cada vez más los estratos burgueses y algún sector proletario?

Piénsese en Norman Laue Angell, Keynes, Caillaux, Nitti, Vandelip y otros muchos. Este cambio descubre algo más que no la simple reacción moral contra los crímenes y la barbarie de la guerra. Pone de manifiesto la instintiva o consciente preocupación

de la burguesía por la supervivencia de su sistema. Después de que la ideología nacionalista del Estado capitalista, del dominio de clase burgués, ha demostrado mediante la guerra imperialista sus

consecuencias y los fenómenos concomitantes, que ya no es capaz de salvaguardar el orden social, sino que por el contrario parece ser su elemento disgregador, el surgimiento del pacifismo

representaría el último intento de salvar el orden burgués mediante la concentración y la organización de las fuerzas sociales. Según la concepción pacifista, la eliminación de las contradicciones

económicas y políticas nacionales a través de una prudente y correcta organización internacional y mediante el desarme y la constitución de tribunales arbitrales internacionales, ofrece una base sólida material y cultural sobre la cual son posibles la

composición pacífica y la superación de las contradicciones de clase mediante las reformas sociales y la instrucción popular. Con la premisa de un pequeño detalle, o sea, que los poseedores sean

«buenos y equitativos» en la utilización de su poder de explotación y de dominio, sin poner atención al beneficio capitalista, y los proletarios sean «razonables y moderados» en su reivindicación de libertad e igualdad.

Las leyes de la economía capitalista y el desarrollo histórico contradicen este ideal.

 

Supongamos que, mediante la organización internacional de las fuerzas sociales se consigan ampliar los límites de la producción y, mediante una reducción de los gastos de armamento y para la

guerra, se consiga modelar el orden burgués de modo que sea algo más aceptable para los explotados. Si la propiedad privada sigue siendo la base de la economía y del beneficio capitalista, la fuerza motriz de la producción, también las contradicciones del

capitalismo, que son la causa de las contradicciones de clase y de las luchas de clase que, a su vez, producen los enfrentamientos y las luchas entre las repúblicas nacionales burguesas, continuarán

subsistiendo; y las fuerzas productivas, violentamente desencadenadas contra los límites de la producción, despedazarán estos límites provocando una espantosa crisis. El capitalismo no tiene una vía de salvación.

Nos podemos preguntar si el desarme internacional y los arbitrajes internacionales, si un acuerdo internacional sobre la anulación de todos los empréstitos y de las deudas de guerra y sobre la reconstrucción de las regiones, el reajuste de la economía, etc., no podrían representar en la fase actual otros tantos instrumentos para mitigar los daños y los sufrimientos de la última guerra, para

prevenir los daños y sufrimientos de nuevos conflictos y reestablecer las relaciones sociales y económicas entre los distintos países, trastornadas y hechas pedazos por el conflicto. No hay lugar a dudas de que el pacifismo responde afirmativamente a esta pregunta, porque razona sólo con la lógica del intelecto humano y no tiene en cuenta las duras contradicciones de la realidad, de los hechos económicos y políticos. La contradicción interna del capitalismo que hace poco hemos mencionado, o sea, los contrastes entre los grupos capitalistas de los distintos países, contradicción que se agudiza en el enfrentamiento entre los pocos países vencedores de la guerra mundial y los países sometidos, no puede resolverse con resoluciones o decretos. Y contra ellos van a romperse también los primeros e inciertos pasos para la actuación de las reivindicaciones pacifistas...

 

Por su misma naturaleza, el pacifismo es reformismo social burgués, es una forma específica del reformismo social burgués y se muestra tan impotente como él para superar las contradicciones, los antagonismos y los males del capitalismo. La

actuación de sus reivindicaciones determina, sin embargo, un debilitamiento del enemigo de clase de los proletarios, o sea, de la burguesía, ya que provoca confusión, agitación, discordia e inseguridad entre sus filas, entre las masas de campesinos y de

pequeños y medios burgueses.

 

Los comunistas deben saber utilizar enérgicamente este debilitamiento de la burguesía, a pesar de que sepan que los aumentos salariales, la imposición legal de la jornada de trabajo de ocho horas y las demás reformas no son la abolición de la explotación de clase y de dominación del proletariado por parte de la burguesía. Sin embargo, saben también que estas reformas impulsan a los obreros a luchar por reformas de salario y otras

reivindicaciones, a defender los intereses proletarios del momento y a preparar las luchas proletarias del futuro por la decisiva conquista del poder. Y, del mismo modo, los comunistas deben saber aprovechar las tendencias pacifistas que existen en la sociedad burguesa para arrastrar los proletarios a la lucha, cuyo éxito más importante será su desvinculación de toda ilusión pacifista y en consecuencia -en el espíritu de El manifiesto comunista- hacia la unificación del proletariado en cuanto a clase,

armado de una consciencia más fuerte, de mayor voluntad y capacidad de lucha. Lo que nosotros debemos determinar no es tanto el punto de partida de la lucha sino su precioso, positivo final.

 

¡Compañeros y compañeras!

Cuanto más seductores parecen a las grandes masas los objetivos

pacifistas después de los horrores y los crímenes de la última guerra, tanto más urgente pasa a ser que estas masas sean arrastradas lejos del pacifismo a través de la concreta experiencia de la lucha. La propaganda pacifista esconde dentro de sí la grave

insidia de tranquilizar y paralizar las energías revolucionarias de lucha del proletariado, alimentándolo con ilusiones. Es necesario poner fin a esta situación. La lucha por las reivindicaciones de los pacifistas, como la limitación de los armamentos, la anulación internacional de los débitos de guerra, etc., debe ser un medio para destruir las ilusiones pacifistas de las masas trabajadoras. Estas reivindicaciones y otras de análoga naturaleza se encuentran, por lo demás, en el Programa de los comunistas. Es importante que se luche por situarlas en su contexto histórico concreto y que se enseñe a las masas a distinguir claramente entre valoración burguesa y valoración comunista.

El proletariado debe tener consciencia de que incluso estas modestas reivindicaciones reformistas sólo pueden ser conseguidas mediante la más enérgica lucha de clases. Mientras el capitalismo domine y explote, el interés de beneficio y de poder

capitalistas reducirá a la obediencia las aspiraciones y el amor por la paz de los estratos burgueses. Sin una vigorosa lucha de clase proletaria, sin que caiga el dominio burgués del capitalismo por medio de la revolución, el militarismo y el imperialismo no

pueden ser superados, y la humanidad en pena no podrá liberarse de los armamentos, de los peligros y las devastaciones de la guerra.

Por ello el proletariado no deberá nunca desarmarse ante el sentimentalismo de las concepciones pacifistas sino, por el contrario, armarse con la máxima energía, continuar luchando con firmeza y abnegación, siempre consciente del hecho de que la burguesía domina y explota y que además dispone de los medios de producción de la vida y de los medios de producción de la muerte. La burguesía se mantiene en el poder gracias a los medios de producción de la vida puesto que también manda sobre los medios de producción de la muerte.

Si los explotados, los desheredados alargan sus manos hacia los medios de producción de la vida, pero incluso si se limitan a exigir una parte mayor de los frutos que de ellos se derivan, la burguesía

responde a sus demandas poniendo en juego a su favor los medios de producción de la muerte.

Y sin embargo, compañeros y compañeras, no olvidemos que la burguesía puede utilizar los medios de producción de la vida y los medios de producción de la muerte solamente si los brazos proletarios

La lucha de los partidos comunistas contra el peligro de guerra y contra la guerra siguen estando a su servicio. Las cabezas de los

proletarios que dirigen los brazos de los proletarios deben aprender a pensar de forma correcta. Para poderse liberar de la explotación y de la opresión, la clase obrera debe arrancar a la burguesía no sólo los medios de producción de la vida, sino también los medios de producción de la muerte. La burguesía

intenta defender su situación de poder mediante la fuerza de las armas, negando a los trabajadores la libertad y la humanidad en su plenitud. Los trabajadores deben conquistar por ellos mismos, por

tanto, el derecho a la vida y el derecho a la humanidad con la fuerza de las armas.

No se puede contestar a la fuerza con discusiones o peticiones. La violencia sólo puede ser pagada con violencia. Nosotros, comunistas, lo decimos claramente, no porque queramos ser los «autores de la violencia», como nos acusan algunas almas delicadas del pacifismo burgués y socialdemócrata.

No, nosotros no preconizamos el empleo de la violencia, pero la tenemos en cuenta porque es nuestro deber. Queramos o no, la violencia está frente a nosotros y tiene que asumir su papel histórico. La cuestión radica sólo en saber si estamos dispuestos a padecerla sin resistirnos, o bien si queremos superarla con la lucha. Las consideraciones morales o filosóficas más edificantes no pueden hacer nada contra este brutal hecho. Decir que la

violencia ha sido siempre un factor reaccionario de la historia es lo mismo que hablar sin decir nada. La violencia es siempre violencia, sea revolucionaria o reaccionaria. La violencia, sin embargo, es un factor revolucionario o reaccionario según las

circunstancias históricas, según la clase que la utiliza, según el objetivo que se persigue. La violencia se convierte en un factor revolucionario y emancipador en manos del proletariado que la utiliza para abatir el dominio violento de la burguesía.

A este fin el proletariado debe arrancar a la clase poseedora el aparato de poder político y militar. Sin embargo, para la conquista y afirmación de su propia libertad no basta que tenga en su puño ambos poderes. Para la conquista de este objetivo el proletariado debe transformar y utilizar el aparato político-militar de forma que se acomode a sus propias necesidades. El ejemplo soviético, con su Ejército Rojo, constituye el ejemplo clásico. Y, en realidad ¿qué sería ahora de la Rusia soviética sin el Ejército Rojo? Una anécdota del pasado y no un presente de lucha y de vida.

 

La historia de la revolución rusa demuestra de forma incontestable el carácter ilusorio y la inconsistencia de la concepción burguesa pacifista que se extiende hasta algunos estratos proletarios, y que considera que el antimilitarismo burgués es altamente revolucionario, que es una premisa de la revolución y que el planteamiento antimilitarista burgués es capaz de transformar de un día para otro las masas en un ejército compacto, adiestrado,

formado por combatientes revolucionarios. Armado con la doctrina burguesa antimilitarista, el proletariado de Petersburgo y de Moscú no hubiera podido nunca vencer bajo la dirección de los bolcheviques ni instaurar, por tanto, el sistema soviético. La revolución rusa va mucho más allá de esta teoría. Es, pura y simplemente, la antítesis del pacifismo. (...)

 

 

CLARA ZETKIN

ESPAÑOL