Clara Zetkin

 

CONTRA LA TEORÍA Y LA TÁCTICA SOCIALDEMÓCRATAS

«Die Gleichheit»
Periódico en defensa de los intereses de las trabajadoras, Stuttgart, 12 de abril de 1899



Se ha publicado recientemente el escrito de
Bernstein,

(* Escrito de Bernstein: se refiere a Los principios del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, de 1899.)

esperado tanto por amigos como por enemigos con igual impaciencia, escrito que versa sobre la crítica de la teoría y de la práctica socialdemócratas. Lo que los amigos temían y los enemigos esperaban se ha confirmado con extrema claridad: el total desplazamiento a la derecha del autor. Nadie puede dudar hoy, después de la publicación de este escrito, de qué parte está Bernstein; sólo pueden fingir no darse cuenta aquellos que, por compañerismo o por vocación, quieren jugar a la gallina ciega. Por lo que se refiere en cambio a las razones sobre las que debería fundamentarse el abandono de las posiciones anteriores y lo adecuado de su postura totalmente cambiada, el escrito defrauda en mucho las expectativas que era lógico suponer en un hombre de la inteligencia, cultura y meticulosidad de Bernstein.

A este respecto, además, el trabajo es deficitario y no aporta ni nuevos datos de hecho ni nuevos
desarrollos de su pensamiento que contengan algo de fuerza demostrativa.
Lo que Bernstein objeta a la concepción histórica
de Marx y Engels, a su visión de las fuerzas
históricas que por necesidad natural deberán conducir al socialismo, a los principios fundamentales del programa socialdemócrata, en particular a la táctica del partido: todo lo que objeta ya ha sido dicho repetidamente, y quizás mejor dicho, por los social reformistas y por los moralistas burgueses, por los socialistas de cátedra y por muchos otros.
Pues bien, el conjunto no constituye la prueba de
la no adecuación de la crítica y de las concepciones
berstenianas. Pero las razones que ahora se imponen a nuestra atención y que hasta ahora han sido adoptadas por parte burguesa para combatir las concepciones marxistas y para desviar a la
socialdemocracia alemana de la lucha de clases por la conquista del poder político, para encarrilarla en los dóciles rieles de un reformismo desmenuzado incluso en sí mismo, han sido ampliamente refutadas, no sólo por los mejores teóricos socialistas, entre los cuales incluimos al propio Bernstein, sino, y sobre todo, por los hechos. El desarrollo de la vida política y económica alemana confirma plenamente, a grandes rasgos, la teoría de Marx y Engels acerca del desarrollo histórico que conducirá a la sociedad socialista. Estas opiniones, cien veces refutadas, no consiguen ser más persuasivas por el hecho de que ahora sean reformuladas por un hombre que en el pasado ha sido uno de los más estimados difusores de las teorías de Marx y Engels, y que ha militado en
primera línea en la lucha de clases. Cuando Bernstein hoy manda al diablo lo que anteriormente adoró, y venera lo que hasta ayer mismo había condenado, da un giro que todavía no demuestra lo justo de sus afirmaciones, como en cambio publican a toda plana, triunfantes, los periódicos burgueses. Esto sólo significa una cosa: que en la actualidad Bernstein mide los hechos y las teorías con una medida distinta de la que antes utilizaba, y precisamente con una medida que nos parece extremadamente falsa.
El socialismo científico moderno fundado por
Marx y Engels no es en absoluto una débil planta de invernadero que deba temer el más mínimo aliento de viento de la crítica libre. El escrito de Bernstein no es en absoluto una visión crítica, una continuación o una profundización de sus teorías, sino el inequívoco abandono de las concepciones de fondo que constituyen las bases del programa socialdemócrata.
En cambio, por lo que se refiere a la táctica del
movimiento socialdemócrata, los argumentos del
autor no contienen ni siquiera observaciones que
defiendan la posibilidad de un trabajo positivo de
reformas, o la indicación para una valoración más
justa y una mejor utilización de éste o aquel campo de actividad; por el contrario, culminan con la recomendación de cambiar decisivamente de frente, patrocinando un «cambio de piel» de la
socialdemocracia para dejar de ser el partido
revolucionario del proletariado consciente y
convertirse en un partido democrático socialista
reformista. No ver que más allá de determinados
incisos estimulantes están estos rasgos fundamentales en el escrito de Bernstein, significa no saber «apreciar» plenamente su significado.
Personas mucho más cualificadas discutirán en
otro lugar las objeciones que el autor hace contra la concepción histórica materialista, contra la dialéctica, y la teoría del valor. Kautsky, en la «Ceue Zeit» he iniciado ya un excelente trabajo con una serie de artículos en los que trata sobre los puntos más controvertidos de la obra bersteiniana.
A nuestro parecer, en estas materias Bernstein ha
emprendido una batalla quijotesca contra molinos de viento. La necesidad de justificar científicamente el cambio de sus posiciones hace que, a sus ojos, ideas y hechos aparezcan con formas fantásticas y deformadas, y espolea sus demostraciones hasta que realizan las más extrañas cabriolas.
Por ejemplo, lucha contra una concepción
histórica materialista que consideraría la evolución
histórica como un proceso que se cumple
mecánicamente y que, en sus consecuencias finales, debería conducir al «atentismo», a la fe en la potencia mesiánica del desarrollo económico y a la renuncia por parte del proletariado de toda acción encaminada hacia la transformación radical de las relaciones sociales. Pero también, hace descender de Marx y Engels

(* Bernstein acusaba a Marx de blanquismo e intentó demostrar que Marx había entendido la insurrección armada bajo la forma de putsch, de conjura con la acción de unos cuantos individuos.)

el ridículo fantasma del «blanquismo» que, a su parecer, todavía hoy se insinuaría en la «fraseología revolucionaria» de la socialdemocracia alemana. Con el celo de neófito, se esfuerza por demostrar que en Marx y Engels existe una tendencia a la nebulosidad y a la confusión que les permitiría poder contradecirse. Pero estas contradicciones vienen sacadas de aquí y de allá con sofisticados procedimientos y especulan con las palabras, o relacionan pedazos de frases. Y esto sólo es un reflejo de las contradicciones en las que Bernstein ha quedado apresado, en su inútil esfuerzo por querer coser conjuntamente sus actuales convicciones de reformista burgués y su antigua concepción socialista. Aconsejamos a nuestros lectores que lean las exhaustivas discusiones en torno a estos problemas en la «Ceue Zeit», en la «Sächsische Arbeiterzeitung», en la «Leipzig Volkszeitung» y en otros periódicos. Nosotros nos contentaremos, en un artículo de próxima aparición,

(* El artículo apareció en «Die Gleichheit» el 11 de
octubre de 1889; la polémica con Bernstein está basada en el escrito de Kautsky, criticado por Lenin, Bernstein y el programa socialdemócrata.)

con examinar los principales puntos en los que
Bernstein choca contra los fundamentos teóricos del socialismo y contra la táctica de la socialdemocracia.
Estos puntos son la prueba definitiva de su total
confinamiento en el campo burgués.


Bernstein substituye la ciencia por la utopía,
prescindiendo de las razones que justifican la
realización del socialismo como una necesidad
científica, e intentando consolar al proletariado con la pía esperanza en un socialismo visto como necesidad moral, como necesidad cultural. Rechaza el concepto del derrumbe del sistema social y económico del capitalismo como presupuesto imprescindible para la construcción de la sociedad socialista, y confía en una paulatina, gradual y fragmentaria introducción del socialismo dentro de la sociedad capitalista mediante reformas sociales, creación de sindicatos,
cooperativas de consumo, consorcios productivos. Si se mira con atención, este gradual proceso de
socialización que tanto le gusta no es tanto un medio para abatir el capitalismo como un medio para reforzarlo, con el aburguesamiento del proletariado.
Con espanto ético-democristiano, Bernstein margina la lucha de clases del proletariado, trasladando la misión histórica del proletariado a la «conciencia moral», a la «ética», al «interés general» que irían progresivamente adueñándose de las clases dominantes y explotadores. En vez de la lucha contra la burguesía, Bernstein predica, en nombre del «liberalismo», la reconciliación de clases, es decir, consuela al proletariado haciendo aparentemente justicia con una fórmula abstracta, en lugar de inculcarle la necesidad de una decidida y concreta conquista de su propia libertad económica. Después de haber menospreciado de este modo la lucha de clases en sus hábiles manipulaciones, las propias clases acaban perdiendo su fisonomía. El proletariado queda disuelto en personas y grupos dominados por conflictos de intereses que no pueden reunirse bajo el arco de un común interés de clase.
También la burguesía se nos presenta simplemente
como una heterogénea mezcolanza de distintos
grupos de intereses que la presión ejercida desde lo alto y el miedo al amenazador espectro de la
revolución, al temor de la «leyenda canibalesca»

(* «Leyenda canibalesca» (Fresslegende): negación
revisionista de la teoría marxiana de la necesidad de expropiar a los explotadores capitalistas. Los revisionistas afirman que los marxistas quieren destruir la producción simple de mercancías. Niegan que la ruina de los pequeños productores esté provocada por el capitalismo y rechazan la teoría marxista de la depauperación relativa y absoluta del proletariado sometido a relaciones de producción capitalistas.)

del proletariado en lucha por abajo mantiene unidos. Guiado por esta concepción, Bernstein postula el correspondiente cambio de la táctica
socialdemócrata. Naturalmente, para él este cambio se limitaría simplemente a dar una etiqueta distinta y más adecuada al partido, el cual debería perder el hábito de la perjudicial «fraseología revolucionaria» y liberarse de la mala herencia del «blanquismo» transmitida por Marx y Engels. Bernstein quisiera culpar a la socialdemocracia del giro que protagoniza. A su modo de ver, ésta se ha transformado en los hechos en un «partido democrático socialista reformista» y para ella se trataría solamente de encontrar aquel poco de valentía moral necesario para que «se presentara como lo que es», pasando imperturbable entre los gritos de los fanáticos de la «furia popular». Debe haberle gustado mucho a Bernstein descubrir que la socialdemocracia sólo es un partido reformista. De hecho, Bernstein concibe el término «revolución» en el más vulgar y bajo sentido policiaco y por ello, en la obra de la socialdemocracia no encuentra ni siquiera la más mínima señal revolucionaria. Que Bernstein, a pesar de ello, riña paternalísticamente y desaconseje con toda seriedad el uso de la palabra
«revolución» que tanto escuece a las almas delicadas, testimonia, en esencia, una reverencia por lo demás supersticiosa hacia su poder unificante y disgregador.
Bastará con que el partido expulse la palabra
«revolución» de su lenguaje -según cree Bernsteinpara que en defensa del proletariado se levanten, como arrojados defensores, bajo la forma de agentes predicadores de la participación activa, las clases dominantes arrastradas por la «ética» del «interés general». La lucha de clase del proletariado contra la burguesía por la conquista del poder político queda substituida por la actividad reformadora en el campo jurídico, sindical, cooperativo, de la administración local, etc., en colaboración con aquella parte respetable de la burguesía, con el fin de democratizar la sociedad. Sobre esta ola pacífica de democratización llegará el paso al socialismo. Un
socialismo que, naturalmente, sonreirá con loca
cordialidad también a las clases dominantes.
Bernstein, de hecho, junto con la «leyenda
canibalesca», ha lanzado también a las ortigas los
caracteres «destructivos» del socialismo: el paso de los medios de producción de la propiedad privada a la propiedad colectiva, la abolición de la producción de mercancías y de la libre concurrencia. Define al socialismo como «el ordenamiento social, o el movimiento destinado a instaurar el ordenamiento social, comunitario». En Bernstein el concepto de socialismo, como otros conceptos, pierde su concreta fisonomía histórica, y se convierte en algo nebuloso y confuso, con miles de caras, que lo dice todo y no dice nada, algo que cualquier individuo honesto o bien intencionado puede profesar sin que por ello deba temer ser expulsado de los salones de la buena sociedad o, incluso, convertirse en un asiduo de los tribunales.


La teoría y la táctica que Bernstein aplaude son la
teoría y la táctica de todos aquellos elementos
burgueses que, en el histórico campo de batalla en el que se libra la lucha entre proletariado y burguesía, han acampado al margen. Si la socialdemocracia tuviera que hacer suya esta teoría y esta táctica, dejaría de ser ella misma, se vería obligada a cambiar besos fraternales con los nacionalsocialistas, los reformistas de todos los colores, los liberales doctrinarios y los demócrata-burgueses para confundirse, junto con todos ello, en el gran barullo reformista. Este podrá ser quizás el ideal de los partidos pequeñitos y de los grupos políticos y sociales que quisieran que con un poco de avena reformista el corcel socialdemócrata se convirtiera en un devoto del capital, para poder uncirlo a su carro empantanado. Este podrá ser el feliz sueño capaz de ablandar a los impotentes de buena fe, los cuales, poniendo a prueba su refinada lógica y sensibilidad, retroceden ante la concepción materialista de la historia y «trabajan» para encontrar una solución de los problemas sociales mediante debates «éticopsicológica- literarios» de rara agudeza. Para la socialdemocracia como partido político, como partido del proletariado revolucionario consciente, significaría el suicidio. Con el cambio de frente que se le pide a la socialdemocracia ni se desarmaría ni se amansarían sus adversarios, pero evidentemente
perdería la confianza y el apoyo de las masas
proletarias. Si el escrito de Bernstein tiene algún
mérito es, sin lugar a dudas, el siguiente: el de poner claramente de manifiesto dónde pueden conducir algunas corrientes existentes en el seno del partido, promoviendo por tanto una fuerte acción que no anule los caracteres fundamentales de la socialdemocracia condenándola a ser el partido de las pequeñas reformas, que evite que los principios queden relegados en el nicho de las reliquias y que combata la despreciable táctica del compromiso con la sociedad burguesa.

 

 

CLARA ZETKIN

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