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La primera revolución rusa de 1905-1907

 

 

 

V I. Lenin

 

Catalan

INFORME SOBRE LA REVOLUCIÓ DE 1905

gener de 1917

 

Socialismo pequeñoburgués y socialismo proletario

1905.

 

 

LA GUERRA DE GUERRILLAS

1906

 

 

PREFACIO A LA TRADUCCION RUSA DE LAS CARTAS DE C. MARX A L. KUGELMANN

El 5 de febrero de 1907.

 

 

PREFACIO A LA TRADUCCION RUSA DEL LIBRO
CORRESPONDENCIA DE J. F. BECKER, J. DIETZGEN,
F. ENGELS, C. MARX Y OTROS CON F. A. SORGE Y OTROS

El 6 (19) de abril de 1907.

 

 

 

en Inglés

La primera revolución rusa

NEW BOOK !!!

PUBLISHER:

Comintern (SH)

published on the 21st of January, 2015

Collection of works

- arranged by Wolfgang Eggers -

on occasion of the 110th anniversary of the "Bloody Sunday" - 22nd (9th) of January, 1905

and on occasion of the 91st Day of Death of Lenin

HISTOHISTORIA DEL PARTIDO

COMUNISTA (BOLCHEVIQUE)

1904-1907

LOS MENSHEVIQUES Y LOS BOLSHEVIQUES EN EL PERIODO DE

LA GUERRA RUSO-JAPONESA Y DE LA PRIMERA REVOLUCION

RUSA



1.

La Guerra ruso-japonesa.


A fines del siglo XIX, los Estados imperialistas comenzaron a luchar enérgicamente por el predominio en el Océano Pacífico y por el reparto de China. En esta lucha tomaba parte también la Rusia zarista. En 1900, las tropas zaristas, en unión de las tropas japonesas, alemanas, inglesas y francesas, reprimieron con indecible crueldad una insurrección popular que había estallado en China y que iba dirigida contra los imperialistas extranjeros. Con anterioridad a esto, el gobierno zarista había obligado a China a entregar a Rusia la península de Liao-tung, con la fortaleza de Port-Arthur. Rusia arrancó, además, el derecho a construir ferrocarriles en territorio chino y tendió, en el norte de Manchuria, una línea férrea: el ferrocarril de la China Oriental, enviando tropas rusas para defenderlo. La Manchuria del norte fue ocupada militarmente por la Rusia zarista. El zarismo iba acercándose cautelosamente a Corea. La burguesía rusa maquinaba planes encaminados a crear una "Rusia amarilla" en Manchuria.

En sus anexiones en el Extremo Oriente, el zarismo chocó con otra ave de rapiña, el Japón, que se había convertido rápidamente en un país imperialista y que aspiraba también a clavar su garra en el continente asiático, extendiendo sus dominios, sobre todo, a costa de China. El Japón ambicionaba también, como la Rusia zarista, adueñarse de Corea y de Manchuria. Soñaba, además, ya por aquel entonces, con apoderarse de la isla de Sajalín y del Extremo Oriente. Inglaterra, que no veía con buenos ojos el afianzamiento de la Rusia zarista en el Extremo Oriente, se inclinaba secretamente del lado del Japón. Se estaba gestando la guerra ruso-japonesa. El gobierno zarista veíase empujado a ella por la gran burguesía, ávida de nuevos mercados, y por las capas más reaccionarias de los terratenientes.

Sin aguardar a que el gobierno zarista declarase la guerra, el Japón se lanzó a ella. Por los informes del excelente servicio de espionaje que tenía montado en Rusia, calculaba que habría de enfrentarse con un adversario poco preparado. En enero de 1904, sin declaración previa de guerra, el Japón atacó inesperadamente la fortaleza rusa de Port-Arthur, infligiendo duras pérdidas a la flota rusa, que guarnecía este puerto.

Así comenzó la guerra ruso-japonesa.

El gobierno zarista especulaba con la idea de que la guerra la ayudaría a afianzar su situación política y a contener la revolución. Pero sus cálculos resultaron fallidos; la guerra sacudió todavía más los cimientos del zarismo.

El ejército ruso, mal armado y mal instruído, dirigido por generales incapaces y corrompidos, comenzó a sufrir una derrota tras otra.

La guerra servía para enriquecer a los capitalista, a los altos funcionarios y a los generales. El latrocinio florecía de un modo exuberante. Las tropas tenían pocas municiones. Justamente cuando no había bastante cartuchos, se enviaban al frente, como por burla, vagones enteros cargados de iconos. "Los japoneses nos tiran balas, nosotros les atacamos con iconos", decían amargamente los soldados. En vez de evacuar a los heridos, los trenes especiales transportaban a la retaguardia los objetos robados por los generales zaristas.

Los japoneses cercaron y luego tomaron la fortaleza de Port-Arthur. Después de infligir una serie de derrotas al ejército zarista, lo deshicieron cerca de Mukden. El ejército zarista, que constaba de 300.000 hombres, tuvo, en este descalabro, cerca de 120.000 bajas, entre muertos, heridos y prisioneros. Poco tiempo después sobrevino la derrota total y el hundimiento en el estrecho de Tsu-sima de la escuadra rusa que había sido enviada desde el Mar Báltico en socorro de Port-Arthur sitiado. El desastre de Tsu-sima representaba una catástrofe completa: de los veintidós barcos de guerra, enviados por el zar, fueron echados a pique y destruidos trece, y cuatro cayeron en poder del enemigo. La guerra estaba definitivamente perdida para la Rusia zarista.

El gobierno del zar vióse obligado a concertar una paz ignominiosa con el Japón. Este se anexionó la Corea y despojó a Rusia de Port-Arthur y de la mitad de la isla de Sajalín.

Las masas populares no querían aquella guerra, y se daban cuenta del daño que había de causar a Rusia. El pueblo pagaba muy caro el atraso de la Rusia zarista.

Bolsheviques y mensheviques adoptaron una actitud distinta ante esta guerra.

Los mensheviques, incluyendo a Trotski, descendieron a las posiciones del defensismo, es decir, abrazaron la defensa de la "patria" del zar, de los terratenientes y de los capitalistas.

En cambio, los bolsheviques encabezados por Lenin entendían que la derrota del gobierno zarista en aquella guerra de rapiña sería beneficiosa, pues conduciría al quebrantamiento del zarismo y al fortalecimiento de la revolución.

Las derrotas de las tropas zaristas pusieron al desnudo ante las más extensas masas del pueblo toda la podredumbre del zarismo. El odio contra el régimen zarista, entre las masas populares, era cada día mayor. La caída de Port-Arthur marca el comienzo de la caída de la autocracia, escribió Lenin.

El zar había querido estrangular la revolución con la guerra. Pero consiguió lo contrario. Lo que hizo la guerra ruso-japonesa fue acelerar la revolución.

En la Rusia zarista, la opresión capitalista se reforzaba con la opresión del zarismo. Los obreros no eran víctimas solamente de la explotación capitalista, de los trabajos forzados al servicio del capital, sino también de la privación de derechos que pesaba sobre todo el pueblo. Por eso, los obreros conscientes aspiraban a ponerse al frente del movimiento revolucionario de todos los elementos democráticos de la ciudad y del campo contra el zarismo. Los campesinos vivían asfixiados por la falta de tierra y por las numerosas supervivencias del feudalismo; en ellos se clavaban las garras del terrateniente y del kulak. Las nacionalidades que poblaban la Rusia zarista gemían bajo un doble yugo: el de sus propio terratenientes y capitalistas y el de los terratenientes y capitalistas rusos. La crisis económica de 1900 a 1903 había acentuado las calamidades de las masas trabajadoras, y la guerra vino a agudizarlas todavía más. Las derrotas sufridas en la guerra recrudecían el odio de las masas contra el zarismo. La paciencia del pueblo se iba agotando.

Como se ve, había causas más que suficientes para la revolución.

En diciembre de 1904, estalló una gran huelga de los obreros de Bakú, muy bien organizada y mantenida bajo la dirección del Comité Bolshevique de aquella ciudad. Esta huelga terminó con un triunfo de los obreros, gracias al cual se concertó entre éstos y los patronos de la industria petrolera el primer contrato colectivo de trabajo que registra la historia del movimiento obrero ruso.

La huelga de Bakú fue el comienzo del auge revolucionario en Transcaucasia y en una serie de regiones de Rusia.

"La huelga de Bakú -dice Stalin- fue la señal para las gloriosas acciones de enero y febrero en toda Rusia".

Esta huelga fue, en vísperas de la gran tempestad revolucionaria, como el rayo que precede a la tormenta.

Desencadenaron la tempestad revolucionaria los acontecimiento del 9 (22) de enero de 1905 en Petersburgo.

El 3 de enero de 1905 había estallado una huelga en la fábrica más importante de la capital, la fábrica Putilov (hoy "Kirov"). Esta huelga tuvo su origen en el despido de cuatro obreros. El movimiento huelguístico creció rápidamente, sumándose a él otras fábricas y empresas de Petersburgo. Pronto se convirtió en huelga general. El gobierno zarista decidió aplastar en sus mismo comienzos el movimiento, que se desarrollaba de un modo alarmante.

Ya en 1904, antes de la huelga de la fábrica Putilov, la policía había creado entre los obreros, con ayuda de un confidente, el cura Gapón, una organización titulada "Asociación de los obreros fabriles rusos". Esta organización tenía secciones en todos los distritos de Petersburgo. Al estallar la huelga, el cura Gapón propuso en las asambleas de esta sociedad un plan de provocación: el 9 de enero, todos los obreros se congregarían, para acudir en procesión pacífica, ante el Palacio de Invierno, con estandartes y retratos del zar, con objeto de entregar a éste una petición en la que se expondrían sus necesidades. El zar saldría a recibir al pueblo, y escucharía y satisfacería sus peticiones. Gapón se prestó a servir de instrumento a las maniobras de la "ojrana" zarista: tratábase de hacer un escarmiento con los obreros y ahogar en sangre el movimiento proletario. Pero el plan policíaco se volvió contra el gobierno del zar.

La petición fue discutida en las asambleas de obreros, introduciéndose en ella algunas enmiendas y modificaciones. En estas asambleas intervinieron también los bolsheviques, aunque sin presentarse abiertamente como tales. Fueron ellos quienes consiguieron que se añadiese a la petición las reivindicaciones siguientes: libertad de prensa y de palabra, libertad de asociación para los obreros, convocatoria de una Asamblea Constituyente para cambiar la forma de gobierno de Rusia, igualdad de todos ante la ley, separación de la Iglesia y el Estado, terminación de la guerra, implantación de la jornada de ocho horas y entrega de la tierra a los campesinos.

En sus intervenciones ante estas asambleas, los bolsheviques hacían ver a los obreros que la libertad no se conseguiría con súplicas al zar, sino que había que conquistarla con las armas en la mano. Les previnieron de que se haría fuego contra los obreros. Pero no lograron evitar la manifestación ante el Palacio de Invierno. Una parte considerable de los obreros creía aún que el zar les ayudaría. El movimiento se había apoderado de las masas con una fuerza enorme.

En la petición de los obreros petersburgueses se decía:

"Nosotros, obreros de Petersburgo, acudimos a ti, Señor, con nuestras mujeres, nuestros niños y nuestros padres ancianos e inválidos, a implorar de ti la verdad y tu ayuda. Vivimos en la miseria, nos oprimen, nos abruman con un trabajo agobiador, se mofan de nosotros, no nos tratan como a hombres... Lo hemos sufrido todo con paciencia, pero nos empujan cada vez más al borde de la miseria, de la esclavitud y de la ignorancia; el despotismo y la tiranía nos ahogan... Nuestra paciencia se ha agotado. Hemos llegado a ese momento terrible en que se prefiere morir a seguir soportando unos tormentos irresistibles..."

En las primeras horas de la mañana del 9 de enero de 1905, los obreros marcharon en procesión hacia el Palacio de Invierno, donde tenía su residencia el zar. Iban acompañados de sus familias, mujeres, niños y ancianos, y desfilaban con retratos del zar y estandartes de cofradías, entonando canciones religiosas, y sin armas. En total, se reunieron en las calles de Petersburgo, aquel día, más de 140.000 hombres.

Nicolás II les recibió con maneras muy poco corteses. Dio orden de disparar sobre los obreros inermes. Más de mil obreros cayeron muertos ante los fusiles de las tropas zaristas y más de dos mil resultaron heridos. Las calles de Petersburgo quedaron empapadas de sangre proletaria.

Los bolsheviques desfilaron con los obreros. Muchos de ellos cayeron muertos o fueron detenidos. Allí mismo, sobre las calles bañadas en sangre proletaria, explicaron a las masas quiénes eran los responsables de aquella matanza espantosa y cómo había que luchar contra ellos.

El 9 de enero comenzó a llamarse "Domingo sangriento". Fue una enseñanza sangrienta la que los obreros recibieron en este día. El 9 de enero murió fusilada la fe de los obreros en el zar. Comprendieron que sólo luchando podían conquistar sus derechos. Al anochecer de aquel día, en las barriadas obreras se comenzaron a levantar ya las primeras barricadas. "Ya que el zar nos ha recibido a tiros, ¡le pagaremos en la misma moneda!", decían los obreros de Petersburgo.

La horrible noticia del crimen sangriento del zar corrió como un reguero de pólvora por toda Rusia. La ira y la indignación se apoderaron de toda la clase obrera, de todo el país. No hubo ciudad donde los obreros no se declarasen en huelga en señal de protesta contra el crimen del zar y donde no formulasen reivindicaciones políticas. Ahora, los obreros se echaban a la calle con al consigna de "¡Abajo la autocracia!". En el mes de enero, el volumen de huelguistas alcanzó la enorme cifra de 440.000. En un solo mes, se pusieron en huelga más obreros que en los diez años anteriores juntos. El movimiento obrero se elevó a una altura formidable.

En Rusia había comenzado la revolución.

2.

Huelgas políticas y manifestaciones obreras.


A partir del 9 de enero, la lucha revolucionaria de los obreros tomó un carácter más agudo y más político. De las huelgas económicas y de solidaridad, los obreros pasaron a las huelgas políticas, a las manifestaciones y, en algunos sitios, a la resistencia armada contra las tropas zaristas. En Petersburgo, Moscú, Varsovia, Riga, Bakú y en otras grandes ciudades, donde se concentraban masas considerables de obreros, las huelgas revestían un carácter más tenaz y más organizado. A la cabeza del proletariado en lucha marchaban los obreros metalúrgicos. Con sus huelgas, los destacamentos obreros de vanguardia arrastraban a las capas obreras menos conscientes y lanzaban a la lucha a toda la clase obrera. La influencia de la socialdemocracia crecía rápidamente.

Las manifestaciones del Primero de Mayo dieron origen, en diversos sitios, a choques con la policía y las tropas. En Varsovia, los manifestantes fueron recibidos a tiros y hubo varios cientos de muertos y heridos. Los obreros de Varsovia respondieron al llamamiento de la socialdemocracia polaca, contestaron a la matanza con una huelga general de protesta. Durante todo el mes de mayo no cesaron las huelgas y las manifestaciones. En las huelgas de mayo tomaron parte, en Rusia, más de 200.000 obreros. La huelga general se extendió a los obreros de Bakú, Lodz e Ivánovo-Vosnesensk. Cada vez eran más frecuentes los choques entre los obreros huelguistas y las tropas del zar. Choques de éstos se produjeron en una serie de ciudades, como Odesa, Varsovia, Riga, Lodz, etc.

En el gran centro industrial de Polonia, Lodz, la lucha asumió un carácter especialmente agudo. Los obreros de Lodz llenaron las calles de esta ciudad de barricadas, en las que lucharon contra las tropas zaristas durante tres días (del 22 al 24 de junio de 1905). Aquí, la acción armada se fundió con la huelga general. Lenin consideraba estos combates como la primera acción armada de los obreros en Rusia.

Entre las huelgas producidas durante el verano, se destacó principalmente la de los obreros de Ivánovo-Vosnesensk. Esta huelga duró desde fines de mayo hasta comienzos de agosto de 1905, o sea cerca de dos meses y medios. Tomaron parte en ella unos 70.000 obreros, entre los que figuraban muchas mujeres. Dirigió esta huelga el Comité bolshevique de la región Norte. En los arrabales de la ciudad, a orillas del río Talka, se reunían casi diariamente miles de obreros. En estas asambleas discutían sus problemas y necesidades. En ellas hacían uso de la palabra los bolsheviques. Para aplastar la huelga, las autoridades zaristas ordenaron a las tropas disolver a los obreros, haciendo fuego contra ellos. Cayeron muertas varias decenas de obreros, y hubo cientos de heridos. Fue proclamado el estado de guerra en la ciudad de Ivánovo. Pero los obreros se mantenían firmes, sin reanudar el trabajo. Pasaban hambre con sus familias, pero no cedían. Sólo el agotamiento más extremo les obligó a entrar de nuevo a trabajar. Esta huelga templó a los obreros. Reveló ejemplos maravillosos de valentía, de firmeza, de abnegación y de solidaridad por parte de la clase obrera. Sirvió de verdadera escuela de educación política para los obreros de Ivánovo-Vosnesensk.

Durante esta huelga, los obreros de Ivánovo crearon un Soviet de delegados que fue, de hecho, uno de los primeros Soviets de diputados obreros de Rusia.

Las huelgas políticas pusieron en pie a todo el país.

Tras de la ciudad, comenzó a levantarse el campo. Los campesinos comenzaron a agitarse en la primavera de 1905. Marchaban en grandes muchedumbres contra los terratenientes, destruyendo sus posesiones, sus fábricas de azúcar y sus destilerías, pegando fuego a sus palacios y casas señoriales. En una serie de comarcas, los campesinos se apoderaron de las tierras de los terratenientes, procedieron a la tala en masa de los bosques y exigieron que les fuesen adjudicadas las tierras señoriales. Los campesinos confiscaron el trigo y otros productos almacenados por los terratenientes y los repartieron entre los hambrientos. Los terratenientes, aterrados, huían a la ciudad. El gobierno zarista envió a los soldados y a los cosacos para ahogar las insurrecciones campesinas. Las tropas disparaban contra los campesinos, detenían, apaleaban y torturaban a sus "instigadores". Pero los campesinos no cejaban en su lucha.

El movimiento campesino comenzó a extenderse por todo el centro de Rusia, por la región del Volga y por Transcaucasia, principalmente en Georgia.

Los socialdemócratas iban penetrando cada vez más en el campo. El Comité Central del Partido lanzó una proclama encabezada así: "¡Campesinos, escuchad nuestra palabra!". Dirigieron hojas a los campesinos los Comités socialdemócratas de Tver, Saratov, Poltava, Chernígov, Ekaterinoslav, Tiflis y muchas otras provincias. Los socialdemócratas organizaban en las aldeas mítines y círculos políticos, y creaban Comités de campesinos. En el verano de 1905, estallaron en una serie de comarcas huelgas de obreros agrícolas, organizadas por los socialdemócratas.

Pero esto no era más que el comienzo de la lucha en el campo. El movimiento campesino sólo había prendido en 85 distritos, lo que representaba la séptima parte, aproximadamente, de los distritos de la Rusia europea zarista.

El movimiento obrero y campesino, unido a la serie de derrotas de las tropas rusas en la guerra ruso-japonesa, repercutió sobre el ejército. Este baluarte del zarismo comenzó a tambalearse.

En junio de 1905 estalló una sublevación en la escuadra del Mar Negro, a bordo del acorazado "Potemkin". Por aquellos días, el "Potemkin" estaba fondeado no lejos de Odesa, donde los obreros habían declarado la huelga general. Los marinos sublevados ajustaron las cuantas a los oficiales más odiados por ellos y pusieron rumbo a Odesa. El "Potemkin" se pasó al campo de la revolución.

Lenin atribuía a esta sublevación una importancia muy grande. Reputaba necesario que los bolsheviques dirigiesen este movimiento y lo enlazasen al movimiento de los obreros, de los campesinos y de las guarniciones locales.

El zar envió contra el "Potemkin" varios barcos de guerra, pero la tripulación de estos buques se negó a disparar contra sus camaradas sublevados. Durante varios días ondeó en el acorazado "Potemkin" la bandera roja de la revolución. Pero en aquellos tiempos, en 1905, el Partido bolshevique no era aún el partido único que dirigía el movimiento, como más tarde, en 1917. En el "Potemkin" había no pocos mensheviques, socialrevolucionarios y anarquistas. Por eso, aunque en la sublevación tomaron parte algunos socialdemócratas, los sublevados no tuvieron una dirección certera y suficientemente experta. Una parte de los marinos vacilaba en los momentos decisivos. Los demás buques de la escuadra del Mar Negro no se unieron a la sublevación. Falto de carbón y de provisiones, el acorazado revolucionario vióse obligado a retirarse hacia las costas de Rumania y entregarse a las autoridades de ese país.

La insurrección de los marinos del "Potemkin" terminó con una derrota. Los marinos sublevados, que cayeron más tarde en manos del gobierno zarista, fueron entregados a los tribunales. Algunos de ellos fueron ejecutados y otros enviados a presidio. Pero el solo hecho de la sublevación tuvo una importancia extraordinaria. La insurrección del "Potemkin" fue la primera acción revolucionaria de masas que se produjo en el ejército y en la flota, la primera gran unidad de tropas zaristas que se pasó al lado de la revolución. Esta sublevación hizo que los obreros, los campesinos y, sobre todo, las propias masas de soldados y marinos viesen más clara y más cercana la idea del paso del ejército y la marina al lado de la clase obrera, al lado del pueblo.

El paso de los obreros a las huelgas políticas y a las manifestaciones de masas, el recrudecimiento del movimiento campesino, los choques armados del pueblo con la policía y las tropas y, finalmente, la sublevación en la escuadra del Mar Negro: todo indicaba que estaban madurando las condiciones para la insurrección armada del pueblo. Esto obligó a la burguesía liberal a ponerse en pie enérgicamente. Alarmada ante la revolución, pero al mismo tiempo asustando al zar con ella, pretendió llegar a un acuerdo con él contra la revolución y planteó la necesidad de decretar algunas pequeñas reformas "en favor del pueblo" para "aplacar" a éste, sembrar la discordia entre las fuerzas de la revolución y atajar con ello los "horrores de la revolución". "Es necesario cortar tierra a los campesinos, pues de otro modo nos cortarán a nosotros el pescuezo", decían los terratenientes liberales. La burguesía liberal se disponía a compartir el Poder con el zar. "Mientras el proletariado lucha, la burguesía pretende acercarse cautelosamente al Poder", escribía Lenin en aquellos días, refiriéndose a la táctica de la clase obrera y a la de la burguesía liberal.

El gobierno zarista seguía aplastando el movimiento obrero y campesino con una violencia brutal. Pero no podía desconocer que con los simples medios represivos era imposible sofocar la revolución. Por eso, sin abandonar la represión, comenzó a recurrir a las maniobras de rodeos. Por una parte, con ayuda de sus agentes provocadores, empezó a azuzar a los pueblos de Rusia unos contra otros, organizando pogromos judíos y matanzas entre armenios y tártaros. De otro lado, prometió convocar una "Asamblea representativa" - en la forma de "Zemski Sabor"

[ * ] Asamblea de representantes de estamentos en Rusia. Se convocaba en los siglos XVI y XVII para conferenciar con el gobierno. (N. del T.).

o la Duma del Estado-, encargando al ministro Buliguin que redactase el proyecto de esta Asamblea, pero con la condición de que no había de tener facultades legislativas. Todas estas medidas iban dirigidas a sembrar la discordia entre las fuerzas de la revolución y a apartar de ésta a las capas moderadas del pueblo.

Los bosheviques declararon el boicot a la Duma buliguiniana, proponiéndose como objetivo echar por tierra esta caricatura de representación popular.

Por el contrario, los mensheviques acordaron no hacer fracasar la Duma y consideraron necesario participar en ella.


3.

Discrepancias tácticas entre los bolsheviques y los mensheviques.


La revolución puso en movimiento a todas las clases de la sociedad. El viraje provocado por la revolución en la vida política del país, las hizo salir de sus viejas posiciones estancadas y las obligó a reagruparse con arreglo a la nueva situación. Cada clase, cada partido, esforzábase en trazar su táctica, su línea de conducta, su relación con las demás clases y con el gobierno. Hasta el gobierno zarista se vio obligado a elaborar, cosa insólita en él, una nueva táctica, consistente en prometer la convocatoria de una "Asamblea representativa", la Duma buliguiniana.

También el Partido socialdemócrata se vio en la necesidad de trazar su línea táctica. Así lo exigía la marcha ascendente de la revolución. Así lo exigían también los problemas prácticos impostergables que se planteaban ante el proletariado: organización de la insurrección armada, derrocamiento del gobierno zarista, instauración de un gobierno provisional revolucionario, participación de la socialdemocracia en este gobierno, relaciones con los campesinos y con la burguesía liberal, etc. Era necesario trazar la táctica marxista de la socialdemocracia, una táctica única y bien meditada.

Pero, gracias al oportunismo y a la labor escisionista de los mensheviques, la socialdemocracia rusa hallábase, en aquellos momentos, escindida en dos fracciones. Aun no podía considerarse la escisión consumada, pero, aunque formalmente estas dos fracciones no fuesen todavía dos partidos distintos, de hecho se parecían mucho a dos partidos, cada cual con sus propios organismos centrales y sus propios órganos en la prensa.

Contribuía a ahondar la escisión el hecho de que a las viejas discrepancias de los mensheviques con la mayoría del Partido en materia de organización vinieron a sumarse otras discrepancias nuevas, que afectaban a los problemas tácticos.

La falta de un Partido unido traducíase en la falta de unidad en cuanto a su táctica.

Cabía resolver la situación convocando inmediatamente el III Congreso ordinario del Partido, para establecer en él una táctica única, obligando a la minoría a aplicar honradamente los acuerdos del Congreso y a someterse a las decisiones de la mayoría. Esta solución fue, en efecto, la que propusieron los bolsheviques a los mensheviques. Pero éstos no querían ni oír hablar del Congreso. En vista de esto y considerando como un crimen el seguir teniendo al Partido sin una táctica sancionada por su órgano supremo y obligatoria para todos sus afiliados, los bolsheviques decidieron tomar en sus manos la iniciativa de convocar el III Congreso.

Fueron invitados a enviar a él sus delegados todas las organizaciones del Partido, tanto las bolsheviques como las mensheviques. Pero los mensheviques se negaron a participar en el Congreso y decidieron convocar otro por su cuenta. No lo llamaron congreso, sino conferencia, por el reducido número de delegados que a él acudieron, pero fue en realidad un congreso, el congreso del partido menshevique, cuyos acuerdos se consideraban obligatorios para todos los mensheviques.

En abril de 1905, se reunió en Londres el III Congreso del Partido Socialdemócrata de Rusia. Asistieron a él 24 delegados, en nombre de 20 Comités bolsheviques. Hallábanse representadas en él todas las grandes organizaciones del Partido.

El Congreso condenó a los mensheviques, considerándolos como "una parte que se había separado del Partido", y pasó a los problemas del orden del día, que versaban sobre la táctica del Partido.

Al mismo tiempo se reunía en Ginebra la conferencia de los mensheviques.

"Dos congresos, dos partidos", tales eran los términos en que Lenin enjuiciaba la situación.

Tanto el congreso como la conferencia examinaron, en el fondo, los mismo problemas tácticos, pero los acuerdos que recayeron sobre estos problemas fueron diametralmente opuestos. Las dos distintas series de resoluciones votadas en el congreso y en la conferencia ponían al descubierto, en toda su profundidad, las discrepancias tácticas existentes entre el III Congreso del Partido y la Conferencia menshevique, entre los bolsheviques y los mensheviques.

He aquí los puntos fundamentales de estas discrepancias.

Línea táctica del III Congreso del Partido. El Congreso entendía que, a pesar del carácter democráticoburgués de la revolución que se estaba desarrollando y a pesar de que ésta no podía, en aquellos momentos, salirse del marco de las medidas compatibles con el capitalismo, su triunfo total interesaba de un modo primordial al proletariado, pues el triunfo de esta revolución le daría la posibilidad de organizarse, de educarse políticamente, de adquirir experiencia y hábitos de dirección política de las masas trabajadoras, y de pasar de la revolución burguesa a la revolución socialista.

La táctica del proletariado, encaminada al triunfo total de la revolución democráticoburguesa, sólo podía ser apoyada por los campesinos, ya que éstos no conseguirían desembarazarse de los terratenientes y obtener sus tierras más que con el triunfo completo de la revolución. Los campesinos eran, pues, los aliados naturales del proletariado.

La burguesía liberal no estaba interesada en el triunfo completo de esta revolución, ya que necesitaba del Poder zarista como látigo contra los obreros y los campesinos, a los que temía más que a nada, por lo cual se esforzaría en mantener el zarismo, aunque restringiendo un poco sus prerrogativas. Por tanto, la burguesía liberal procuraría poner fin al asunto mediante un acuerdo con el zar, sobre la base de una monarquía constitucional.

La revolución sólo podrá triunfar si se pone a la cabeza de ella el proletariado; si éste, como jefe de la revolución, sabe asegurar su alianza con los campesinos; si se aísla a la burguesía liberal; si la socialdemocracia toma parte activa en la organización de la insurrección popular contra el zarismo; si, como resultado de una insurrección triunfante, se instaura un gobierno provisional revolucionario, capaz de extirpar las raíces de la contrarrevolución y de convocar una Asamblea Constituyente de todo el pueblo, y si la socialdemocracia no rehusa, en condiciones propicias, participar en este gobierno provisional revolucionario para llevar a su término la revolución.

Línea táctica de la conferencia menshevique. Puesto que se trata de una revolución burguesa, sólo puede tener como jefe a la burguesía liberal. A ella y no a los campesinos es a quien tiene que acercarse el proletariado. Para esto, lo más importante es no asustar a la burguesía liberal con actitudes revolucionarias y no darle pretexto para volver la espalda a la revolución, la cual se quebrantará, si la burguesía liberal se desvía de ella.

Es posible que la insurrección triunfe, pero la socialdemocracia, después del triunfo de la insurrección, deberá quedarse al margen para no atemorizar a la burguesía liberal. Es posible que, como resultado de la insurrección, se instaure un gobierno provisional revolucionario, pero la socialdemocracia no deberá participar en él en modo alguno, ya que este gobierno no será, por su carácter, un gobierno socialista, y, sobre todo, porque la participación en él de la socialdemocracia y su actitud revolucionaria podrían asustar a la burguesía liberal y socavar con ello la revolución.

Desde el punto de vista de las perspectivas de la revolución, sería mejor convocar cualquier asamblea representativa, un "Zemski Sobor" o una Duma de Estado, a la que se podría someter a la presión de la clase obrera desde afuera para convertirla en una Asamblea Constituyente o empujarla a convocar ésta.

El proletariado tiene sus intereses propios y peculiares, intereses puramente obreros, de los cuales debe preocuparse, sin intentar erigirse en jefe de la revolución burguesa, que es una revolución política general y que afecta, por tanto, a todas las clases y no al proletariado solamente.

Tales eran, en breves palabras, las dos tácticas de las dos fracciones del Partido Obrero Social Demócrata de Rusia.

En su histórico libro titulado "Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática", Lenin hace la crítica clásica de la táctica menshevique y fundamenta de un modo genial la táctica bolshevique.

Este libro apareció en julio de 1905, o sea a los dos meses del III Congreso del Partido. A juzgar por el título de la obra, podría creerse que Lenin sólo examina en ella los problemas tácticos del periodo de la revolución democráticoburguesa, y que su crítica se refiere únicamente a los mensheviques rusos. Pero, en realidad, al criticar la táctica de los mensheviques, pone también al desnudo la táctica del oportunismo internacional y al fundamentar la táctica marxista en el periodo de la revolución burguesa y trazar las diferencias entre ésta y la revolución socialista, formula también los fundamentos de la táctica del marxismo en el periodo de transición de la revolución burguesa a la revolución socialista.

He aquí las tesis tácticas fundamentales desarrolladas por Lenin en su obra "Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática".

1) La tesis táctica fundamental que informa la obra de Lenin es la idea de que el proletariado puede y debe ser el jefe de la revolución democráticoburguesa, el dirigente de la revolución democráticoburguesa en Rusia.

Lenin reconocía el carácter burgués de esta revolución, puesto que, según él señalaba, "no estaba en condiciones de salirse inmediatamente del marco de una transformación puramente democrática". Pero entendía que no era un movimiento de arriba, sino una revolución popular, que ponía el movimiento a todo el pueblo, a toda la clase obrera y a todos los campesinos. Por eso, reputaba como una traición a los intereses del proletariado los intentos de los mensheviques de rebajar la importancia de la revolución burguesa para la clase obrera, de menoscabar el papel del proletariado en ella y descartar de ella a las fuerzas proletarias.

"El marxismo -escribía Lenin- no enseña al proletariado a quedarse al margen de la revolución burguesa, a no participar en ella, a entregar su dirección a la burguesía, sino que enseña, por el contrario, que debe participar del modo más enérgico y más decidido en la lucha por el democratismo proletario consecuente, en la lucha por llevar a término la revolución" (Lenin, t. VIII, pág. 58, ed. rusa).

"No debemos olvidar -escribía Lenin más adelante- que en estos momentos no hay ni puede haber otro medio de acercarse al socialismo que la libertad política completa, la República democrática" (Obra citada, pág. 104).

Lenin preveía dos posibles desenlaces para la revolución:

a) O la revolución terminaba con el triunfo completo sobre el zarismo, con el derrocamiento de éste y la instauración de la República democrática, o

b) si la revolución no era lo bastante fuerte, podía terminar con un arreglo entre el zar y la burguesía a costa del pueblo, con cualquier Constitución menguada, o mejor dicho, con cualquier caricatura constitucional.

El proletariado hallábase interesado en que la solución fuese la mejor, a saber: la del triunfo decisivo sobre el zarismo. Pero, para que esta solución fuese posible, era necesario que el proletariado supiese convertirse en jefe, en dirigente de la revolución.

"El desenlace de la revolución -escribía Lenin- depende del papel que desempeñe en ella la clase obrera: de que se limite a ser un mero auxiliar de la burguesía, aunque sea un auxiliar poderoso por la intensidad de su empuje contra la autocracia, pero políticamente impotente, o de que asuma el papel de dirigente de la revolución popular" (Obra citada, pág. 32).

Lenin entendía que el proletariado contaba con todas las posiblidades necesarias para dejar de ser auxiliar de la burguesía y convertirse en dirigente de la revolución democráticoburguesa. Estas posibilidades se cifraban, según Lenin, en lo siguiente:

En primer lugar, "el proletariado, siendo, como es por su situación, la clase más avanzada y la única consecuentemente revolucionaria, está llamado por ello a desempeñar el papel dirigente en el movimiento general democrático revolucionario de Rusia" (Lenin, t. VIII, pág. 75, ed. rusa).

En segundo lugar, el proletariado tiene su propio partido político, independiente de la burguesía, que le permite fundirse "en una fuerza política unida e independiente" (Obra citada, pág. 75).

En tercer lugar, el proletariado se halla más interesado en el triunfo decisivo de la revolución que la burguesía, ya que "en cierto sentido, la revolución burguesa es más beneficiosa para el proletariado que para la burguesía" (Obra citada, pág. 57).

"A la burguesía -escribía Lenin- le conviene apoyarse en algunas de la supervivencias del viejo régimen contra el proletariado; por ejemplo, en la monarquía, en el ejército permanente, etc. A la burguesía le conviene que la revolución burguesa no barra demasiado resueltamente todas las supervivencias del viejo régimen, sino que deje en pie algunas de ellas; es decir, que esta revolución no sea del todo consecuente, no se lleve hasta el final, no sea decidida e implacable... A la burguesía le conviene más que los cambios necesarios en un sentido democráticoburgués se establezcan lentamente, gradualmente, prudentemente, de un modo cauto, por medio de reformas y no por la vía de la revolución...; que estos cambios desarrollen lo menos posible la independencia, la iniciativa y la energía revolucionarias del pueblo sencillo, es decir, de los campesinos y principalmente de los obreros, pues de otro modo a estos últimos les será tanto más fácil "cambiar de un hombro a otro el fusil", como dicen los franceses, es decir, dirigir contra la propia burguesía el arma que pone en sus manos la revolución burguesa, la libertad que ésta les da, las instituciones democráticas que brotan en el terreno limpio de feudalismo. Por el contrario, a la clase obrera le conviene más que los cambios necesarios en un sentido democráticoburgués se introduzcan no por medio de reformas, sino por la vía revolucionaria, pues el camino reformista es el camino de las dilaciones, de los aplazamientos, de la agonía dolorosa y lenta de los miembros podridos del organismo popular, y los que más y primordialmente sufren con este proceso de agonía lenta, son el proletariado y los campesinos. El camino revolucionario, en cambio, es el camino que consiste en la operación más rápida y menos dolorosa para el proletariado, en la eliminación directa de los miembros podridos, el camino de mínimas concesiones y cautelas con respecto a la monarquía y a sus instituciones repelentes, ignominiosas y podridas, que envenenan la atmósfera con su descomposición" (Obra citada, págs. 57-58).

"Precisamente por eso -continúa Lenin- el proletariado lucha en vanguardia por la República, rechazando con desprecio los consejos necios e indignos de él de quienes le dicen que tenga cuidado de no asustar a la burguesía" (Obra citada, pág. 94).

Para que la posibilidad de que el proletariado dirija la revolución se convierta en realidad, para que el proletariado se erija de hecho en jefe, en dirigente de la revolución burguesa, tienen que darse, por lo menos, según Lenin, dos condiciones.

En primer lugar, es necesario que el proletariado cuente con un aliado que se halle interesado en el triunfo decisivo sobre el zarismo y que esté dispuesto a colocarse bajo la dirección del proletariado. Esta exigencia va implícita en la propia idea de dirección, pues el dirigente deja de serlo cuando no tiene a quien dirigir y el jefe, cuando no tiene a quien mandar. Este aliado, según Lenin, eran los campesinos.

En segundo lugar, es necesario que la clase, que se halla en pugna con el proletariado por dirigir la revolución, por erigirse en su único dirigente, sea eliminada de la liza de la dirección y aislada. También esto va implícito en la misma idea de dirección, que excluye la posibilidad de admitir dos dirigentes de la revolución. Esta clase era, según Lenin, la burguesía liberal.

"Sólo el proletariado -escribía Lenin- puede ser un luchador consecuente por el democratismo. Pero, sólo pude luchar victoriosamente por el democratismo a condición de que las masas campesinas se unan a su lucha revolucionaria" (Obra citada, pág. 65).

Y más adelante:

"Entre los campesinos hay, al lado de los elementos pequeñoburgueses, una masa de elementos semiproletarios. Esto les hace ser también inestables, obligando al proletariado a fundirse en un Partido rigurosamente de clase. Pero la instabilidad de los campesinos es radicalmente distinta de la inestabilidad de la burguesía; pues en este momento concreto los campesinos se hallan menos interesados en que se mantenga indemne la propiedad privada que en arrebatar a los terratenientes sus tierras, que son una de las principales formas de aquella propiedad. Sin convertirse por ello en socialistas ni dejar de ser pequeños burgueses, los campesinos son susceptibles de actuar como los más perfectos y radicales defensores de la revolución democrática. Los campesinos procederán inevitablemente así, siempre y cuando la marcha de los acontecimientos revolucionarios que iluminan su camino no se quiebre demasiado pronto por la traición de la burguesía y la derrota del proletariado. Los campesinos se convertirán inevitablemente, bajo dicha condición, en un baluarte de la revolución y de la República; ya que sólo una revolución plenamente victoriosa puede darle al campesino todo en materia de reforma agraria, todo cuanto el campesino quiere, con lo que sueña y lo que realmente necesita" (Obra citada, págs. 94-95).

Analizando las objeciones de los mensheviques, quienes afirmaban que semejante táctica, la trazada por los bolsheviques, "obligará a las clases burguesas a volver la espalda a la revolución, con lo cual reducirá el alcance de ésta", y caracterizándolas como "una táctica de traición a la revolución", como "la táctica de convertir al proletariado en un lamentable apéndice de las clases burguesas", Lenin escribía:

"Quien comprenda verdaderamente cuál es el papel de los campesinos en la revolución rusa victoriosa, será incapaz de decir que el alcance de la revolución se reduce si la burguesía le vuelve la espalda, pues, en realidad, la revolución rusa no comenzará a adquirir su verdadero alcance, no comenzará a adquirir la mayor envergadura revolucionaria posible en la época de la revolución democráticoburguesa, hasta que la burguesía no le vuelva la espalda y el elemento revolucionario activo no sea la masa campesina, en unión del proletariado. Para ser llevada consecuentemente a su término, nuestra revolución democrática debe apoyarse en fuerzas capaces de contrarrestar la inevitable inconsecuencia de la burguesía, es decir, capaces precisamente de "obligarla a volver la espalda" (Obra citada, págs. 95-96).

Tal es la tesis táctica fundamental sobre el proletariado como jefe de la revolución burguesa, la tesis táctica fundamental sobre la hegemonía (papel dirigente) del proletariado en la revolución burguesa, desarrollada por Lenin en su obra "Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática".

Con ello, el partido marxista se situaba en un punto de vista nuevo ante los problemas de la táctica en la revolución democráticoburguesa, punto de vista que se distinguía profundamente de las posiciones tácticas que hasta entonces figuraban en el arsenal marxista. Anteriormente, el problema se reducía a que, en las revoluciones burguesas, por ejemplo, en las de los países occidentales, el papel dirigente quedase en manos de la burguesía, viéndose el proletariado reducido, de mejor o de peor grado, al papel de auxiliar suyo, y los campesinos convertidos en reserva de la burguesía. Los marxistas consideraban esta combinación como algo más a menos inevitable, haciendo en el acto la reserva de que el proletariado debía defender, en este trance, todo lo posible, sus reivindicaciones inmediatas de clase y tener su partido político propio. Ahora, dentro de la nueva situación histórica, el problema se planteaba, con arreglo al punto de vista de Lenin, de un modo nuevo: el proletariado pasaba a ser la fuerza dirigente de la revolución burguesa, la burguesía era desplazada de la dirección del movimiento revolucionario, y los campesinos se convertían en la reserva del proletariado.

La creencia de que Plejanov "era también partidario" de la hegemonía del proletariado responde a un equívoco. Plejanov coqueteaba con la idea de la hegemonía del proletariado, y aunque es cierto que la reconocía de palabra, de hecho era contrario a la esencia de esta idea. La hegemonía del proletariado implica el papel dirigente de éste en la revolución burguesa, con una política de alianza entre el proletariado y los campesinos y una política de aislamiento de la burguesía liberal, siendo así que Plejanov era, como sabemos, contrario a esta política de aislamiento de la burguesía liberal, partidario de una política de acuerdo con esta burguesía y contrario a la política de alianza entre el proletariado y los campesinos. En realidad, el punto de vista táctico de Plejanov era el punto de vista menshevique, que consistía en negar la hegemonía del proletariado.

2) Lenin consideraba como el medio más importante para derrocar el zarismo y conquistar la República democrática, la insurrección armada victoriosa del pueblo. Entendía, al contrario de los mensheviques, que "el movimiento revolucionario democrático general planteaba ya la necesidad de la insurrección armada", que "la organización del proletariado para la insurrección" ya "estaba a la orden del día, como una de las tareas esenciales, fundamentales y necesarias del Partido", que era necesario "tomar las medidas más enérgicas para armar el proletariado y asegurarle la posibilidad de tomar en sus manos la dirección inmediata de la insurrección" (Lenin, t. VIII, pág. 75, ed. rusa).

Para llevar a las masas a la insurrección y hacer ésta extensiva a todo el pueblo, Lenin consideraba necesario lanzar a las masas las consignas, los llamamientos adecuados para desplegar su iniciativa revolucionaria, para organizarlas con vistas a la insurrección y desorganizar el aparato del Poder del zarismo. Estas consignas eran, según él, los acuerdos tácticos del III Congreso del Partido, a cuya defensa se consagraba su obra "Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática".

He aquí cuáles eran estas consignas:

a) Empleo de las "huelgas políticas de masas, que pueden tener gran importancia en el comienzo y en el mismo transcurso de la insurrección" (Obra citada, pág. 75).

b) "Implantación inmediata, por la vía revolucionaria, de la jornada de 8 horas y de otras reivindicaciones inmediatas de la clase obrera" (Obra citada, pág. 88).

c) "Organización inmediata de Comités campesinos revolucionarios para implantar", por vía revolucionaria, "todos los cambios democráticos", hasta llegar a la confiscación de las tierras de los terratenientes (Obra citada, pág. 88).

d) Armamento del proletariado.

Dos puntos interesa especialmente destacar aquí:

En primer lugar, la táctica de la implantación revolucionaria de la jornada de 8 horas en la ciudad y de los cambios democráticos en el campo; es decir, su implantación sin contar con las autoridades, sin contar con la ley, prescindiendo de las autoridades y de la legalidad, destrozando las leyes vigentes e instaurando un orden nuevo por la propia fuerza de las masas, por su propia voluntad. Era éste un nuevo medio táctico cuya aplicación paralizaba el aparato de Poder del zarismo y desataba la actividad y la iniciativa creadora de las masas. Sobre la base de esta táctica surgieron los comités revolucionarios de huelga en la ciudad y los comités revolucionarios de campesinos en el campo, que habían de convertirse más tarde en los Soviets de diputados obreros y en los Soviets de diputados campesinos, respectivamente.

En segundo lugar, el empleo de las huelgas políticas de masas, el empleo de las huelgas políticas generales, que más tarde, en el transcurso de la revolución, habían de desempeñar un papel de primer orden para la movilización revolucionaria de las masas. Era ésta un arma nueva e importantísima en manos del proletariado, arma desconocida hasta entonces en la actuación de los partidos marxistas y que había de adquirir más tarde carta de naturaleza.

Lenin entendía que, como resultado de la insurrección victoriosa del pueblo, el gobierno zarista habría de ser sustituido por un gobierno provisional revolucionario. La misión de este gobierno provisional revolucionario consistiría en afianzar las conquistas de la revolución, en aplastar la resistencia de la contrarrevolución y en realizar el programa mínimo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Lenin entendía que sin esto era imposible conseguir un triunfo decisivo sobre el zarismo. Y, para cumplir con esta misión y lograr un triunfo decisivo sobre el zarismo, el gobierno provisional revolucionario debía ser, no un gobierno como otro cualquiera, sino el gobierno de la dictadura de las clases victoriosas, de los obreros y los campesinos, la dictadura revolucionaria del proletariado y de los campesinos. Remitiéndose a la conocida tesis de Marx, según la cual "la estructura provisional de todo Estado después de la revolución exige la dictadura, y una dictadura enérgica", Lenin llegaba a la conclusión de que, si se quería asegurar el triunfo decisivo sobre el zarismo, el gobierno provisional revolucionario no podía ser más que la dictadura del proletariado y de los campesinos.

"El triunfo decisivo de la revolución sobre el zarismo -escribía Lenin- es la dictadura revolucionario-democrática del proletariado y de los campesinos... Este triunfo será, precisamente, una dictadura; es decir, deberá apoyarse inevitablemente en la fuerza de las armas, en las masas armadas, en la insurrección, y no en estas o en las otras instituciones creadas "por la vía legal", "por la vía pacífica". Sólo puede ser una dictadura, porque la implantación de los cambios inmediatos y absolutamente necesarios para el proletariado y los campesinos provocará una resistencia desesperada por parte de los terratenientes, de la gran burguesía y del zarismo. Sin dictadura será imposible aplastar esta resistencia, rechazar los intentos contrarrevolucionarios. Pero no será, naturalmente, una dictadura socialista, sino una dictadura democrática. Esta dictadura no podrá tocar (sin pasar por toda una serie de grados intermedios de desarrollo revolucionario) las bases del capitalismo. Podrá, en el mejor de los casos, introducir cambios radicales en la distribución de la propiedad de la tierra a favor de los campesinos, implantar un democratismo consecuente y completo, hasta llegar a la República, desarraigar no sólo de las costumbres campesinas, sino también de los hábitos fabriles, todos los rasgos asiáticos y serviles, iniciar un mejoramiento serio en la situación de los obreros y elevar su nivel de vida, y finalmente -lo último en el orden, pero no en importancia- prender la hoguera revolucionaria en Europa. Semejante triunfo no convertirá aún, ni mucho menos, nuestra revolución burguesa en socialista; la revolución democrática no se saldrá inmediatamente del marco de las relaciones económico-sociales burguesas, pero, no obstante esto, tendrá una importancia gigantesca para el desarrollo futuro de Rusia y del mundo entero. Nada elevará a tal altura la energía revolucionaria del proletariado mundial, nada acortará tan considerablemente el camino que conduce a su victoria total, como este triunfo decisivo de la revolución que se ha iniciado ya en Rusia" (Obra citada, págs. 62-63).

En lo tocante a la actitud de la socialdemocracia ante el gobierno provisional revolucionario y a la posibilidad de que aquella participase en él, Lenin defendía íntegramente el correspondiente acuerdo del III Congreso del Partido, que decía así:

"Con arreglo a la correlación de fuerzas y a otros factores que no es posible fijar con precisión de antemano, es admisible la participación de representantes de nuestro Partido en el gobierno provisional revolucionario, con el fin de luchar implacablemente frente a todos los intentos contrarrevolucionarios y defender los intereses propios y peculiares de la clase obrera; condición necesaria para esta participación es el control riguroso del Partido sobre sus representantes y el mantenimiento inquebrantable de la independencia de la socialdemocracia, que aspira a la revolución socialista completa y es, por tanto, irreconciliablemente enemiga de todos los partidos burgueses; independientemente de que sea o no posible la participación de la socialdemocracia en el gobierno provisional revolucionario, se debe propagar entre las más extensas capas del proletariado la idea de que es necesario que el proletariado armado, dirigido por la socialdemocracia, presione constantemente al gobierno provisional, con el fin de mantener, consolidar y extender las conquistas de la revolución" (Obra citada, pág. 37).

A las objeciones de los mensheviques de que el gobierno provisional sería, a pesar de todo, un gobierno burgués y de que no era posible admitir la participación de los socialdemócratas en semejante gobierno, a menos que se quisiese cometer el mismo error que había cometido el socialista francés Millerand al entrar a formar parte del gobierno de la burguesía francesa, Lenin contestaba, haciendo ver que los mensheviques confundían dos cosas distintas y revelaban su incapacidad para abordar el problema como marxistas: en Francia, se trataba de la participación de los socialistas en un gobierno burgués reaccionario y en una época en que no existía una situación revolucionaria dentro del país, lo cual obligaba a los socialistas a no participar en aquel gobierno; en cambio, en Rusia, tratábase de la participación de los socialistas en un gobierno burgués revolucionario, que luchaba por el triunfo de la revolución, en un momento en que ésta se hallaba en su apogeo, circunstancia que hacía admisible, y, bajo condiciones propias, obligada la participación de los socialdemócratas en él, para dar la batalla a la contrarrevolución, no sólo "desde abajo" y desde afuera, sino también "desde arriba" y desde dentro del gobierno.

3) Al luchar por el triunfo de la revolución burguesa y por la conquista de la República democrática, Lenin no pensaba, ni mucho menos, detenerse en la etapa democrática y reducir el alcance del movimiento revolucionario a la consecución de los objetivos democráticoburgueses. Por el contrario, entendía que, inmediatamente después de conseguidos los objetivos democráticos, habría de comenzar la lucha del proletariado y de las demás masas explotadas por la revolución socialista. Lenin sabía esto y consideraba deber de la socialdemocracia tomar todas las medidas encaminadas a que la revolución democráticoburguesa comenzara a transformarse en revolución socialista. Si Lenin reputaba necesaria la dictadura del proletariado y de los campesinos, no era para poner fin a la revolución después de coronada la victoria sobre el zarismo, sino para prolongar todo lo posible el estado de revolución, para destruir íntegramente los vestigios de la contrarrevolución, para hacer que la llama de la revolución prendiese en Europa y, después de lograr que, durante este tiempo, el proletariado se educase políticamente y se organizase en un gran ejército, comenzar a pasar directamente hacia la revolución socialista.

Refiriéndose al alcance de la revolución burguesa y al carácter que el partido marxista debe darle, Lenin escribía:

"El proletariado debe llevar a término la revolución democrática, atrayéndose a la masa de los campesinos, para aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe consumar la revolución socialista, atrayéndose a la masa de los elementos semiproletarios de la población, para destrozar por la fuerza la resistencia de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los campesinos y de la pequeña burguesía. Tales son las tareas del proletariado, que los neo-iskristas (es decir, los mensheviques. N. de la R.) se representan de un modo tan mezquino en todos sus razonamientos y acuerdos sobre el alcance de la revolución" (Lenin, t. VIII, pág. 96, ed. rusa).

Y más adelante:

"¡A la cabeza de todo el pueblo, y en particular de los campesinos, por la libertad total, por la revolución democrática consecuente, por la República! ¡A la cabeza de todos los trabajadores y explotados por el socialismo! Tal debe ser, en la práctica, la política del proletariado revolucionario; esta es la consigna de clase que debe informar y determinar la solución de todos los problemas tácticos, de todos los pasos prácticos del Partido obrero durante la revolución" (Obra citada, página 105).

Para que no quedase ninguna duda, dos meses después de aparecer su libro "Las dos tácticas", en su artículo titulado "La actitud de la socialdemocracia ante el movimiento campesino", Lenin exponía:

"De la revolución democrática comenzaremos a pasar inmediatamente, en la medida de nuestras fuerzas, de las fuerzas del proletariado consciente y organizado, a la revolución socialista. Nosotros somos partidarios de la revolución ininterrumpida. No nos quedaremos a mitad de camino" (Obra citada, pág. 186).

Era éste un nuevo punto de vista ante el problema de las relaciones entre la revolución burguesa y la revolución socialista, una nueva teoría de la reagrupación de fuerzas en torno el proletariado, al terminar la revolución burguesa, para pasar directamente a la revolución socialista; la teoría de la transformación de la revolución democráticoburguesa en revolución socialista.

Al trazar este nuevo punto de vista, Lenin se apoyaba, en primer lugar, en la conocida tesis de Marx sobre la revolución ininterrumpida, tesis incluída en la "Circular de la Liga de los Comunistas", redactada a fines de la década del 40 del siglo pasado, y en segundo lugar en la conocida idea de Marx sobre la necesidad de combinar el movimiento revolucionario campesino con la revolución proletaria, expresada en una carta dirigida a Engels en 1856, en la que se dice: "Todo el problema, en Alemania, dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con una especie de segunda edición de la guerra campesina". Estas ideas geniales de Marx no habían sido desarrolladas más tarde por Marx y Engels, y los teóricos de la Segunda Internacional tomaron todas las medidas para sepultarlas y enterrarlas en el olvido. A Lenin le tocó en suerte la tarea de sacar de nuevo a la luz estas tesis olvidadas de Marx y de restaurarlas en toda su plenitud. Pero en su obra de restauración de estas tesis no se limitó, ni podía limitarse, pura y simplemente, a repetirlas, sino que las desarrolló y las elaboró en una teoría armónica de la revolución socialista, añadiendo, como aspecto obligado de esta, un nuevo factor: el de la alianza del proletariado y de los elementos semiproletarios de la ciudad y del campo, como condición para el triunfo de la revolución proletaria.

Este punto de vista hizo añicos las posiciones tácticas de la socialdemocracia de los países occidentales, que partía del supuesto de que después de la revolución burguesa las masas campesinas, sin excluir a las masas pobres del campo, se apartarían necesariamente de la revolución, por lo cual la revolución burguesa iría, forzosamente, seguida de un largo periodo de tregua, de un largo periodo "pacífico", que duraría de 50 a 100 años o más y durante el cual el proletariado sería explotado "pacíficamente" y la burguesía se enriquecería "legítimamente" hasta que llegase el momento de la nueva revolución, de la revolución socialista.

Era ésta una nueva teoría de la revolución socialista realizada, no por el proletariado aislado contra toda la burguesía, sino por el proletariado-dirigente, aliado a los elementos semiproletarios de la población, representados por los millones de hombres de las "masas trabajadoras y explotadas".

Según esta teoría, la hegemonía del proletariado en la revolución burguesa, mediante la alianza del proletariado y de los campesinos, debía convertirse gradualmente en la hegemonía del proletariado en la revolución socialista, mediante la alianza del proletariado y de las demás masas trabajadoras y explotadas, y la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos prepararía el terreno para la dictadura socialista del proletariado.

Este punto de vista echó por tierra la teoría en boga de los socialdemócratas europeos occidentales, que negaban las posibilidades revolucionarias de las masas semiproletarias de la ciudad y del campo y partían del supuesto de que "fuera de la burguesía y el proletariado, no vemos otras fuerzas sociales en las que puedan apoyarse, en nuestro país, las combinaciones oposicionistas y revolucionarias" (Palabras de Plejanov, típicas de los socialdemócratas de la Europa occidental).

Los socialdemócratas de la Europa occidental entendían que en la revolución socialista el proletariado estaría solo contra toda la burguesía, sin aliados, frente a todas las clases y capas no proletarias. No querían tener en cuenta el hecho de que el capital no explota solamente a los proletarios, sino que explota también a millones de hombres de las capas semiproletarias de la ciudad y del campo, asfixiadas por el capitalismo y susceptibles de convertirse en aliados del proletariado en su lucha por emancipar a la sociedad del yugo capitalista. Por eso, los socialdemócratas europeos occidentales opinaban que en Europa no habían madurado aún las condiciones para la revolución socialista y que estas condiciones sólo podían considerarse maduras cuando el proletariado representase la mayoría dentro de la nación, la mayoría dentro de la sociedad, como resultado del ulterior desarrollo económico de ésta.

Este punto de vista podrido y antiproletario de los socialdemócratas de la Europa occidental era el que la teoría de la revolución socialista preconizada por Lenin venía a echar por tierra.

En la teoría de Lenin no se llegaba aún directamente a la conclusión de que era posible el triunfo del socialismo en un solo país por separado. Pero se contenían ya en ella todos o casi todos los elementos fundamentales necesarios para llegar, más tarde o más temprano, a dicha conclusión.

Como es sabido, Lenin llegó a esta conclusión en 1915, es decir, diez años más tarde.

Tales son las tesis fundamentales sobre táctica, desarrolladas por Lenin, en su histórica obra "Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática".

La importancia histórica de este libro consiste, ante todo, en que vino a destruir ideológicamente el punto de vista táctico pequeñoburgués de los mensheviques, pertrechando a la clase obrera de Rusia con las armas necesarias para el desarrollo futuro de la revolución democráticoburguesa, para la nueva acometida contra el zarismo, y dando a los socialdemócratas rusos una perspectiva clara sobre la transformación necesaria de la revolución burguesa en la revolución socialista.

Pero la importancia de la obra de Lenin no se reduce a esto. Su valor inapreciable reside en haber enriquecido el marxismo con una nueva teoría de la revolución y en haber echado los cimientos de la táctica revolucionaria del Partido bolshevique, gracias a la cual pudo el proletariado de nuestro país, en 1917, triunfar sobre el capitalismo.



4.

La Revolución prosigue su marcha ascendente.


Hacia el otoño de 1905, el movimiento revolucionario se extendió a todo el país, cobrando, además, un brío arrollador.

El 19 de septiembre estalló en Moscú una huelga de los obreros tipógrafos. De Moscú se extendió a Petersburgo y a otras ciudades. En Moscú fue apoyada por los obreros de otras industrias y se convirtió en una huelga general de carácter político.

En los primeros días de octubre comenzó la huelga en el ferrocarril de Moscú a Kazán. Al día siguiente, estaban en huelga los obreros de todo el nudo ferroviario de Moscú. Pronto la huelga se extendió a todos los ferrocarriles del país. Pararon también los empleados de Correos y Telégrafos. Los obreros de diversas ciudades de Rusia re reunieron en grandes mítines y acordaron abandonar el trabajo. La huelga iba extendiéndose de una fábrica a otra, de una empresa a otra, de una ciudad a otra y de una a otra región. Hacían causa común con los obreros huelguistas los pequeños empleados, los estudiantes, los intelectuales, abogados, ingenieros, médicos, etc.

La huelga política general de octubre se extendió a toda Rusia, se comunicó a casi todo el país, hasta a las comarcas más remotas, y arrastró a casi todos los obreros, hasta las capas más atrasadas. En esta huelga general de carácter político tomaron parte cerca de un millón de hombres, contando solamente los obreros industriales, sin incluir a los ferroviarios, los empleados de Correos y Telégrafos ni otras ramas de trabajo, que dieron también un gran contingente de huelguistas. Toda la vida del país quedó paralizada. El gobierno veíase atado de pies y manos.

La clase obrera marchaba a la cabeza de la lucha de las masas populares contra la autocracia.

La consigna de los bolsheviques sobre la huelga política de masas daba sus frutos.

La huelga general de octubre puso de manifiesto la fuerza, la potencia del movimiento proletario, y obligó al zar, muerto de miedo, a lanzar su mensaje del 17 de octubre de 1905. En este mensaje, el zar prometía al pueblo "las bases inconmovibles de las libertades políticas: inviolabilidad efectiva de la personalidad, libertad de conciencia, de palabra, de reunión y de asociación". Prometía, además, convocar una Duma legislativa, concediendo derechos electorales a todas las clases de la población.

La fuerza de la revolución se encargó, pues, de barrer la Duma puramente consultiva de Buliguin. La táctica bolshevique de boicot contra esta caricatura de parlamento había sido acertada.

Sin embargo, el mensaje del 17 de octubre era una maniobra para engañar a las masas del pueblo, una añazaga del zar, una especie de respiro que éste necesitaba para aturdir a los incautos, ganar tiempo, acumular fuerzas y luego descargar un golpe contra la revolución. El gobierno zarista, aunque prometía de palabra conceder la libertad, no daba nada sustancial al pueblo. De momento, los obreros y campesinos no habían recibido del gobierno otra cosa que promesas. En vez de la gran amnistía política que se esperaba, el 21 de octubre fue amnistiado solamente un puñado de presos políticos. Al mismo tiempo, con objeto de sembrar la discordia entre las fuerzas del pueblo, el gobierno organizó una serie de sangrientos pogromos de judíos, en los que perecieron miles y miles de seres, creó varias bandas policíacas, como la "Unión del pueblo ruso", la "Liga del Arcángel San Miguel", etc., destinadas a reprimir la revolución. Estas organizaciones, en las que llevaban la voz cantante los terratenientes y comerciantes reaccionarios, los popes y algunos elementos presidiables del hampa, fueron bautizadas por el pueblo con el nombre de "Centurias Negras". Los individuos de estas bandas, en colaboración con la policía, apaleaban y asesinaban impunemente a obreros avanzados, a intelectuales y estudiantes revolucionarios, pegaban fuego a los locales y disolvían a tiros los mítines y las manifestaciones. A esto se reducían, por el momento, los resultados tangibles del mensaje del zar.

Entre el pueblo circulaba por aquel entonces esta copla acerca del mensaje del zar:

"El zar, todo asustado,
ha lanzado un mensaje:
libertad a los muertos,
los vivos a la cárcel."

Los bolsheviques hacían ver a las masas que el mensaje del zar era una celada. Fustigaban como una provocación la conducta del gobierno después de dar el mensaje. Llamaban a los obreros a las armas, a preparar la insurrección armada.

Los obreros dedicábanse aún más enérgicamente a formar sus milicias armadas. Comprendían claramente que aquella primera victoria del 17 de octubre, arrancada por la huelga política general, les obligaba a seguir desplegando sus esfuerzos, a seguir luchando por el derrocamiento del zarismo.

Lenin, enjuiciando el mensaje del 17 de octubre, lo caracterizaba como un momento de cierto equilibrio provisional de fuerzas, en el que el proletariado y los campesinos, habiendo arrancado al zar aquel mensaje, no tenían aún fuerza para derribar el zarismo, pero éste no podía ya gobernar exclusivamente con los medios antiguos y veíase obligado a prometer de palabra "libertades políticas" y una Duma "legislativa".

En los días agitados de la huelga política de octubre, bajo el fuego de la lucha contra el zarismo, la iniciativa creadora revolucionaria de las masas obreras forjó una nueva y poderosa arma: los Soviets de diputados obreros.

Los Soviets de diputados obreros, asambleas de delegados de todas las fábricas y empresas industriales, eran una organización política de masas de la clase obrera sin precedente en el mundo. Estos Soviets, que aparecieron por vez primera en 1905, habían de ser el prototipo del Poder Soviético, creado por el proletariado, bajo la dirección del Partido bolshevique, en 1917. Los Soviets eran una nueva forma revolucionaria, fruto de la inventiva popular. Fueron creados exclusivamente por las capas revolucionarias de la población, saltando por encima de todas las leyes y normas del zarismo. Fueron obra de la iniciativa propia de las masas, lanzadas a la lucha contra el régimen zarista.

Los bolsheviques veían en los Soviets el germen del Poder revolucionario. Y entendían que la fuerza y la importancia de los Soviets dependían de la fuerza y de los éxitos de la insurrección.

Los mensheviques no consideraban a los Soviets ni como órganos incipientes del Poder revolucionario ni como órganos de la insurrección. Veían en ellos, simplemente, órganos de autonomía local, una especie de ayuntamientos urbanos democratizados.

El 13 (26) de octubre de 1905, efectuáronse en todas las fábricas y empresas industriales de Petersburgo las elecciones al Soviet de diputados obreros. Por la noche, se celebró la primera sesión del Soviet. Poco después del de Petersburgo, se organizó el Soviet de diputados obreros de Moscú.

El Soviet de diputados obreros de Petersburgo, por ser el del centro industrial y revolucionario más importante de Rusia, el de la capital del Imperio zarista, estaba llamado a desempeñar un papel decisivo en la revolución de 1905. Pero su mala dirección, que estaba en manos de los mensheviques, le impidió cumplir con su misión. Como es sabido, por aquel entonces Lenin no se hallaba aún en Petersburgo, sino que continuaba en el extranjero. Los mensheviques, aprovechándose de su ausencia, se deslizaron en el Soviet de Petersburgo y se adueñaron de su dirección. En estas condiciones, no es extraño que los mensheviques Jrustaliev, Trotski, Parvus y otros consiguiesen poner el Soviet de Petersburgo en contra de la política de la insurrección. En vez de acercar a los soldados al Soviet e incorporarlos a la lucha general, exigieron que fuesen alejados de Petersburgo. En vez de armar a los obreros y prepararlos para la insurrección, el Soviet daba vueltas y más vueltas sin moverse del sitio y adoptaba una actitud negativa ante la preparación del movimiento insurreccional.

Totalmente distinto fue el papel que desempeñó en la revolución el Soviet de diputados obreros de Moscú. El Soviet de Moscú llevó a cabo desde los primeros días de su existencia una política revolucionaria consecuente. La dirección de este Soviet estaba en manos de los bolsheviques. Gracias a éstos, surgió en Moscú, al lado del Soviet de diputados obreros, un Soviet de diputados soldados. El Soviet de Moscú se convirtió en el órgano de la insurrección armada.

Durante los meses de octubre a diciembre de 1905, creáronse Soviets de diputados obreros en una serie de grandes ciudades y en casi todos los centros obreros. Hubo intentos de organización de Soviets de diputados de soldados y marinos y de fusión de éstos con los diputados obreros. En algunos sitios, surgieron Soviets de diputados obreros y campesinos.

La influencia de los Soviets era inmensa. A pesar de que a menudo habían brotado de un modo espontáneo, sin estar estructurados ni tener una composición coherente, actuaban como Poder. Los Soviets implantaron por vía de hecho la libertad de prensa y la jornada de 8 horas, y se dirigieron al pueblo incitándole a no pagar los impuestos al gobierno zarista. En algunos casos, procedían a confiscar el dinero del erario zarista y lo invertían en las necesidades de la revolución.




5.

La insurrección armada de diciembre.


La lucha revolucionaria de las masas siguió desarrollándose con una fuerza enorme durante los meses de octubre y noviembre de 1905. El movimiento de huelgas obreras seguía su curso.

En el otoño de 1905 cobró amplias proporciones la lucha de los campesinos contra los terratenientes. El movimiento campesino abarcaba ya más de una tercera parte de los distritos de todo el país. En las provincias de Saratov, Tambov, Chernígov, Tiflis, Kutaís y algunas otras se desarrolló una verdadera insurrección campesina. A pesar de esto, las masas campesinas no tenían aún suficiente empuje. El movimiento campesino adolecía de falta de organización y de dirección.

Crecía también la agitación entre las masas de soldados en una serie de ciudades, como Tiflis, Vladivostok, Tashkent, Samarcanda, Kursk, Sujum, Varsovia, Kiev y Riga. Estalló también una sublevación entre los marinos de Cronstadt y en la escuadra del Mar Negro, en Sebastopol (noviembre de 1905). Pero estas sublevaciones, aisladas, fueron aplastadas por el zarismo.

En algunas unidades del ejército y de la flota, el motivo que daba origen a las sublevaciones era, no pocas veces, la grosería de los oficiales, la mala calidad del rancho ("revueltas de garbanzos"), etc.

La masa de los marinos y soldados sublevados no tenía aún clara conciencia de la necesidad de derribar el gobierno zarista y de proseguir enérgicamente la lucha armada. Los soldados y marinos sublevados abrigaban aún un espíritu demasiado pacífico y generoso: con frecuencia, cometían el error de poner en libertad a los jefes y oficiales detenidos, al estallar la sublevación, dejándose llevar de las promesas y de los subterfugios del mando.

La revolución entraba de lleno en la fase de la insurrección armada. Los bolsheviques habían llamado a las masas a la insurrección armada contra el zar y los terratenientes, explicándoles la inevitable necesidad de acudir a ella. Sin darse punto de reposo, se pusieron a preparar la insurrección armada. Desplegando su labor revolucionaria entre los soldados y los marinos, crearon dentro del ejército organizaciones militares del Partido. En una serie de ciudades se formaron milicias armadas de obreros, enseñándose a sus componentes a manejar las armas. Fue organizada la compra de armas en el extranjero y su transporte clandestino a Rusia. En estas actividades tomaron parte prestigiosos militantes del partido.

En noviembre de 1905, Lenin regresó a Rusia. Ocultándose de los gendarmes y espías zaristas, tomó personalmente parte, durante aquellos días, en la preparación de la insurrección armada. Sus artículos, publicados en el periódico bolshevique "Novaia Zhisn" ("Vida Nueva"), daban orientaciones para el trabajo diario del Partido.

Por aquel entonces, el camarada Stalin desplegaba una formidable labor revolucionaria en Transcaucasia. Desenmascaraba y deshacía a los mensheviques, como enemigos de la revolución y de la insurrección armada, y preparaba tenazmente a los obreros para la lucha decisiva contra la autocracia. En un mitin celebrado en Tiflis el día que fue hecho público el mensaje del zar, Stalin dijo a los obreros.

"¿Qué necesitamos para conseguir un verdadero triunfo? Necesitamos tres cosas: armamento, armamento y más armamento"

En diciembre de 1905, se reunió en Tammerfors (Finlandia) la conferencia de los bolsheviques. Aunque formalmente bolsheviques y menshevique formaban parte del mismo partido, del Partido socialdemócrata, de hecho representaban dos partidos distintos, cada cual con sus órganos centrales correspondientes. En esta conferencia fue donde se conocieron personalmente Lenin y Stalin. Hasta entonces, se habían mantenido constantemente en relaciones, por medio de cartas o a través de camaradas.

Entre los acuerdos de Tammerfors hay que señalar aquí dos: uno, sobre el restablecimiento de la unidad del Partido, escindido de hecho en dos, y otro, sobre el boicot a la primera Duma, a la llamada Duma de Witte.

Como por aquellos días había estallado ya en Moscú la insurrección armada, la conferencia, por consejo de Lenin, se apresuró a terminar sus tareas y los delegados regresaron a sus respectivas localidades, para tomar parte personalmente en la insurrección.

Pero tampoco el gobierno zarista se dormía. También él se preparaba para la lucha decisiva. Después de concertar la paz con el Japón, aliviando con ello su difícil situación, el gobierno zarista pasó a la ofensiva contra los obreros y los campesinos. Proclamó el estado de guerra en una serie de provincias, a las que afectaba la insurrección campesina, dio órdenes brutales -"¡nada de prisioneros!", "¡no escatimar cartuchos!"- y ordenó la detención de los dirigentes del movimiento revolucionario y la disolución de los Soviets de diputados obreros.

Los bolsheviques de Moscú y el Soviet de diputados obreros de esta capital, dirigido por ellos y vinculado a grandes masas obreras, acordaron en vista de esto llevar a cabo la preparación inmediata de la insurrección armada. El 5 (18) de diciembre, el Comité de Moscú tomó el acuerdo de proponer al Soviet declarar la huelga general de carácter político, para luego, en el transcurso de la lucha, convertirla en insurrección. Este acuerdo fue apoyado por mítines obreros de masas. El Soviet de Moscú, sometiéndose a la voluntad de la clase obrera, decidió por unanimidad declarar la huelga general.

El proletariado de Moscú contaba, al comenzar la insurrección, con su propia milicia: cerca de mil hombres, más de la mitad de los cuales eran bolsheviques. Existían también milicias en una serie de fábricas de Moscú. El número total de milicianos de que disponían los revolucionarios era de unos dos mil. Los obreros contaban con que podrían neutralizar y dividir a las tropas de la guarnición, haciendo pasar a su campo a una parte de ella.

El 7 (20) de diciembre comenzó la huelga política en Moscú. No se consiguió, sin embargo, que la huelga se extendiese a todo el país; en Petersburgo, no se encontró el apoyo necesario, lo que contribuyó a debilitar, desde el primer momento, las posibilidades de éxito de la insurrección: El ferrocarril de Nicolás, hoy de Octubre, hallábase en manos del gobierno zarista. El tráfico en esta línea ferroviaria no se paralizó, y el gobierno pudo transportar de Petersburgo a Moscú los regimientos de la Guardia para aplastar la insurrección.

La guarnición de Moscú estaba vacilante. Los obreros se habían lanzado al movimiento insurrecional, confiando, en parte, en el apoyo de la guarnición. Pero los revolucionarios perdieron tiempo, y el gobierno zarista pudo triunfar de las revueltas en la guarnición.

El 9 (22) de diciembre se levantaron en Moscú las primeras barricadas. Pronto estuvieron cubiertas de barricadas las calles de la ciudad. El gobierno zarista puso en acción la artillería. Concentró tropas, cuyo número excedía en una desproporción arrolladora al de las fuerzas de los revolucionarios. Durante nueve días, unos cuantos miles de obreros armados mantuvieron una lucha heroica. Para poder ahogar la insurrección, el zarismo vióse obligado a traer tropas de Petersburgo, de Tver y del territorio Oeste. Los órganos dirigentes del movimiento habían sido, en parte, detenidos y, en parte, aislados en la víspera del día en que comenzó la lucha. El Comité bolshevique de Moscú fue detenido. La acción armada se convirtió en una insurrección de distritos sueltos, sin conexión entre sí. Carentes de un centro de dirección y sin un plan general de lucha en toda la ciudad, los distritos luchaban, fundamentalmente, a la defensiva. Y ésta fue, como más tarde había de hacer notar Lenin, una de las razones fundamentales de la debilidad de la insurrección de Moscú y una de las causas de su fracaso.

La insurrección adquirió un carácter especialmente tenaz y encarnizado en la barriada de Krasnaia Presnia en Moscú. Esta barriada era la fortaleza principal, el centro de la insurrección. Era allí donde estaban concentradas las mejores milicias, dirigidas por los bolsheviques. Pero fue sometida a sangre y fuego, anegada en sangre y reducida a escombros por los incendios provocados por la artillería. La insurrección de Moscú quedó aplastada.

La insurrección no quedó circunscrita a Moscú. El movimiento revolucionario insurreccional se extendió también a otras ciudades y regiones, como Krasnoyarsk, Motovilija (Perm), Novorosisk, Sormovo, Sebastopol y Cronstadt.

Tomaron también parte en la lucha armada las nacionalidades oprimidas de Rusia. La insurrección prendió en casi toda Georgia. Estalló también una gran insurrección en Ucrania, en la cuenca del Donetz: en Gorlovka, Alexandrovsk y Lugansk (hoy Voroshilovgrado). En Letonia, la lucha fue tenacísima. En Finlandia, los obreros crearon su guardia roja y se lanzaron también a la insurrección.

Pero todas estas insurrecciones fueron, al igual que la de Moscú, aplastadas con una crueldad inhumana por el zarismo.

Los mensheviques y los bolsheviques enjuiciaron de un modo distinto la insurrección armada de diciembre.

El menshevique Plejanov lanzó al Partido, después de la insurrección armada, este reproche: "No había que haber empuñado las armas". Los mensheviques exponían que la insurrección era innecesaria y perjudicial, que en las revoluciones se pude prescindir de la insurrección y que el éxito no se logra con insurrecciones armadas, sino por medios pacíficos de lucha.

Los bolsheviques estigmatizaron este juicio como una traición. Ellos entendían que la experiencia de la insurrección armada de Moscú no hacía más que confirmar la necesidad de una lucha armada victoriosa de la clase obrera. Contestando al reproche de Plejanov cuando decía que "no había que haber empuñado las armas", Lenin escribió:

"Por el contrario, lo que se debió hacer fue empuñar las armas más resueltamente, con más energía y mayor acometividad, explicar a las masas la imposibilidad de una huelga puramente pacífica y la necesidad de una lucha armada intrépida e implacable" (Lenin, t. X, pág. 50, ed. rusa).

La insurrección de diciembre de 1905 marca el punto culminante de la revolución. En diciembre, la autocracia zarista infligió a la insurrección una derrota. Después del fracaso de la insurrección de diciembre, comenzó el viraje hacia el repliegue gradual de la revolución. La marcha ascendente de ésta cesó, comenzando su descenso gradual.

El gobierno zarista se apresuró a aprovecharse de esta derrota para estrangular la revolución. Los verdugos y los carceleros zaristas comenzaron su faena sangrienta. En Polonia, en Letonia, en Estonia, en la Transcaucasia, en Siberia, por todas partes hicieron estragos las expediciones de castigo.

Pero la revolución aun no estaba aplastada. Los obreros y los campesinos revolucionarios, replegábanse poco a poco y luchando. Nuevas capas de obreros eran arrastradas a la lucha. El número de obreros huelguistas fue, en 1906, de más de un millón; en 1907, 740.000. En el primer semestre del año 1906, el movimiento campesino se extendía a cerca de la mitad de los distritos de la Rusia zarista; en el segundo semestre de dicho año, a una quinta parte. La agitación dentro del ejército y de la flota continuaba.

En su lucha contra la revolución, el gobierno zarista no se limitó a la simple represión. Después de alcanzar los primeros éxitos por la vía represiva, decidió asestar un nuevo golpe a la revolución, mediante la convocatoria de una nueva Duma, "legislativa". Mediante esta maniobra, aspiraba a desviar a los campesinos de la revolución, haciéndola así fracasar. En diciembre de 1905, el gobierno zarista dictó una ley sobre la convocatoria de una nueva Duma, "legislativa", a diferencia de la antigua Duma "consultiva" de Buliguin, que había fracasado gracias al boicot de los bolsheviques. La ley electoral zarista era, naturalmente, antidemocrática. Las elecciones no tenían carácter general. Quedaba privada en absoluto de voto más de la mitad de la población, por ejemplo: las mujeres y más de dos millones de obreros. El voto no era igual. Los electores se clasificaban en cuatro "curias", como se decía en el lenguaje de la época: la agraria (terratenientes), la urbana (burguesía), la campesina y la obrera. Las elecciones no eran directas, sino de varios grados. De hecho, el voto no era secreto. La ley electoral garantizaba un predominio formidable en la Duma a un puñado de terratenientes y capitalistas sobre los millones de obreros y campesinos.

Con la Duma, el zar pretendía desviar a las masas de la revolución. Una parte considerable de los campesinos creía, en aquel tiempo, en la posibilidad de obtener la tierra por medio de la Duma. Los kadetes, los mensheviques y los socialrevolucionarios engañaban a los obreros y a los campesinos, haciéndoles creer que era posible conseguir el régimen que el pueblo necesitaba sin insurrección y sin revolución. Para luchar contra este engaño de que se hacía objeto al pueblo, los bolsheviques declararon y llevaron a cabo la táctica de boicotear la primera Duma, en cumplimiento de acuerdo tomado en la Conferencia de Tammerfors.

Los obreros empeñados en la lucha contra el zarismo, exigían, al mismo tiempo, la unidad de las fuerzas del Partido, la unificación del Partido del proletariado. Los bolsheviques, pertrechados con el acuerdo de unidad tomado en la Conferencia de Tammerfors, que ya conocemos, apoyaron esta aspiración de los obreros y propusieron a los mensheviques convocar un Congreso de unificación del Partido. Bajo la presión de las masas obreras, los mensheviques no tuvieron más remedio que acceder a la unificación.

Lenin era partidario de la unificación, pero de una unificación en la cual no se eludiesen las discrepancias referentes a los problemas de la revolución. Causaban gran daño al Partido los conciliadores (Bogdanov, Krasin y otros), con sus esfuerzos por demostrar que entre los bolsheviques y los mensheviques no existían discrepancias importantes. Luchando contra los conciliadores, Lenin exigía que los bolsheviques se presentasen en el Congreso con su propia plataforma, para que los obreros pudiesen ver claramente cuáles eran las posiciones de los bolsheviques y sobre qué bases se operaba la unificación. Los bolsheviques formularon esta plataforma y la pusieron a discusión entre los miembros del Partido.

En abril de 1906 se reunió en Estocolmo (Suecia) el IV Congreso del P.O.S.D.R., que se conoce con el nombre de Congreso de Unificación. Tomaron parte en este Congreso 111 delegados con voz y voto, en representación de 57 organizaciones de base del Partido. Además, asistieron a él representantes de algunos partidos socialdemócratas nacionales: 3 del "Bund", 3 del Partido socialdemócrata polaco y 3 de la organización socialdemócrata de Letonia.

A consecuencia de la represión que se desató contra las organizaciones bolsheviques durante la insurrección de diciembre y después de ella, no todas pudieron enviar sus delegados al Congreso. Además, los mensheviques habían acogido en sus filas, durante los "días de la libertad" del año 1905, una masa de intelectuales pequeño burgueses, que no tenían la menor afinidad con el marxismo revolucionario. Basta indicar que los menshevique de Tiflis (donde había pocos obreros industriales) enviaron al Congreso el mismo número de delegados que la organización proletaria más fuerte, que era la de Petersburgo. Así se explica que en el Congreso de Estocolmo, los mensheviques contasen, aunque en proporción insignificante, con la mayoría.

Esta composición del Congreso determinó el carácter menshevique de los acuerdos tomados por él respecto a toda una serie de problemas.

En este Congreso se estableció una unificación puramente formal. En el fondo, bolsheviques y mensheviques siguieron manteniendo sus ideas y sus organizaciones propias e independientes.

Los problemas más importantes discutidos en el IV Congreso fueron: el problema agrario, la apreciación del momento y de las tareas de clase del proletariado, la actitud ante la Duma y los problemas de organización.

A pesar de tener mayoría en el Congreso, los mensheviques viéronse obligados, para no enfrentarse con los obreros, a reconocer la fórmula de Lenin en cuanto al primer artículo de los estatutos, sobre la condición de miembro del Partido.

En el problema agrario, Lenin defendió la nacionalización de la tierra, pero sólo la consideraba posible si triunfase la revolución, si se derrocase al zarismo. En estas condiciones, la nacionalización de la tierra facilitaría al proletariado, aliado a los campesinos pobres, el paso a la revolución socialista. La nacionalización de la tierra exigía la expropiación sin indemnización (confiscación) de toda la tierra de los terratenientes en provecho de los campesinos. El programa agrario de los bolsheviques llamaba a los campesinos a la revolución contra el zar y los terratenientes.

Muy otras eran las posiciones de los mensheviques. Estos defendía el programa de la municipalización. Según este programa, las tierras de los terratenientes no se adjudicarían a las colectividades de campesinos, ni siquiera se entregarían en disfrute a éstos, sino que se pondrían a disposición de los municipios (es decir, de los organismos locales o Zemstvos). Los campesinos que quisiesen tierra tendrían que arrendarla, cada cual con arreglo a sus propios medios.

El programa menshevique de la municipalización era un programa oportunista y, por ello, pernicioso para la revolución. No podía movilizar a los campesinos para una lucha revolucionaria, no tenía en miras la supresión completa de la propiedad feudal de la tierra. El programa menshevique implicaba una solución bastarda de la revolución. Los mensheviques no querían alzar a los campesinos a la revolución.

El Congreso aprobó por mayoría de votos el programa menshevique.

Pero donde los mensheviques pusieron más al desnudo su fondo antiproletario y oportunista fue al discutir la resolución presentada sobre la apreciación del momento y sobre la Duma. El menshevique Martinov se manifestó francamente en contra de la hegemonía del proletariado en la revolución. Contestando a los mensheviques, el camarada Stalin planteó el problema tajantemente.

"O hegemonía del proletariado o hegemonía de la burguesía democrática: así es como está planteado el problema dentro del Partido y en esto es en lo que estriban nuestras discrepancias".

En cuanto a la Duma, los mensheviques la preconizaban en su resolución como el mejor medio para resolver los problemas de la revolución y para liberar al pueblo del zarismo. Por el contrario, los bolsheviques consideraban la Duma como un apéndice importante del zarismo, como una pantalla para cubrir las lacerías del régimen zarista y que éste se cuidaría de quitar de en medio tan pronto como le resultase molesta.

Del Comité Central del Partido elegido en el IV Congreso, formaban parte 3 bolsheviques y 6 mensheviques. Para la redacción de órgano central fueron elegidos exclusivamente mensheviques.

Era evidente que la lucha intestina del Partido continuaría.

La lucha entre bolsheviques y mensheviques recrudeció todavía más después del IV Congreso. En las organizaciones locales, formalmente unificadas, era muy corriente que el informe acerca del Congreso corriese a cargo de dos oradores, uno bolshevique y otro menshevique. Como resultado de la discusión de las dos líneas, la mayoría de los afiliados a la organización votaba, en los más de los casos, con los bolsheviques.

La realidad se encargaba de demostrar cada vez más la razón de los bolsheviques. El Comité Central menshevique elegido en el IV Congreso iba revelando cada vez más claramente su oportunismo y su total incapacidad para dirigir la lucha revolucionaria de las masas. Durante el verano y el otoño de 1906, la lucha revolucionaria de las masas volvió a recrudecer. En Cronstadt y en Sveaborg se sublevaron los marinos. Estalló la lucha de los campesinos contra los terratenientes. Y el C. C. menshevique deba consignas oportunistas, que no eran seguidas por las masas.



6.

Disolución de la primera y convocatoria de la segunda Duma.


Como la primera Duma no resultó ser lo bastante sumisa, el gobierno zarista procedió a disolverla en el verano de 1906. El gobierno recrudeció todavía más la represión contra el pueblo, envió por todo el país expediciones de castigo, que sembraban por todas partes el terror, y proclamó su decisión de convocar en breve plazo la segunda Duma. El gobierno zarista mostraba ya claramente su insolencia. Ya no temía a la revolución, pues veía que ésta iba en descenso.

Los bolsheviques tuvieron que decidirse acerca del problema de tomar parte en la segunda Duma o boicotearla. Y al hablar de boicot, no se referían meramente a la simple abstención electoral, sino a una campaña de boicot activo. Veían en este boicot activo un medio revolucionario para poner en guardia al pueblo contra los intentos del zar de desviarle del camino revolucionario, para traerle al camino "constitucional" zarista; el medio de hacer fracasar estos intentos y de organizar una nueva acometida del pueblo contra el zarismo.

La experiencia de boicot contra la Duma buliguiniana había puesto de manifiesto que el boicot "era la única táctica acertada, confirmada plenamente por los acontecimientos" (Lenin, t. X, pág. 27, ed. rusa). Aquel boicot había sido coronado por el éxito, pues no sólo había puesto al pueblo en guardia contra los peligros que le acechaban por el camino constitucional zarista, sino que había conseguido hacer fracasar la Duma ya antes de nacer. Tuvo éxito, porque se había puesto en práctica en la etapa ascendente de la revolución y apoyándose en sus avances, y no en la etapa del descenso revolucionario, pues sólo bajo las condiciones del auge de la revolución era posible hacer fracasar la Duma.

El boicot contra la Duma de Witte, o sea contra la primera Duma, se aplicó después del fracaso de la insurrección de diciembre; cuando ya el zar había salido vencedor, es decir, cuando ya había que suponer que la revolución declinaba.

"Pero, de suyo se comprende -escribía Lenin- que este triunfo (el del zar. N. de la R.) no podía considerarse aún por aquel entonces, como decisivo. La insurrección de diciembre de 1905 tuvo su continuación en toda una serie de insurrecciones en el ejército, desarticuladas y parciales, y huelgas, que se produjeron durante en verano de 1906. La consigna del boicot contra la Duma de Witte era una consigna de lucha encaminada a concentrar y generalizar estas insurrecciones" (Lenin, t. XII, pág. 20, ed. rusa).

El boicot contra la Duma de Witte no logró hacerla fracasar, aunque socavase considerablemente la autoridad de la Duma y quebrantase la fe de una parte de la población en ella. Y no logró hacerla fracasar, porque este boicot se había llevado a cabo, como después se vió ya claro, en la etapa del descenso, de declinación de la revolución. He aquí por qué el boicot contra la primera Duma, establecido en 1906, no tuvo éxito. En su célebre folleto titulado "El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo", dice Lenin, refiriéndose a aquel boicot:

"El boicot de los bolsheviques contra el "parlamento" en el año 1905 enriqueció al proletariado revolucionario con una experiencia política extraordinariamente preciosa, haciéndole ver que, en la combinación de las formas legales e ilegales, de las formas parlamentarias y extraparlamentarias de lucha es, a veces, conveniente y hasta obligado saber renunciar a las formas parlamentarias... Lo que constituyó ya un error, aunque no grande y fácilmente corregible, fue el boicot por los bolsheviques de la "Duma" en 1906... De la política y de los partidos se puede decir -con las variaciones correspondientes- lo mismo que de los individuos. No es inteligente quien no comete errores. Hombres que no cometan errores no los hay ni puede haber. Inteligente es quien comete errores que no son muy graves y sabe corregirlos bien y pronto" (Lenin, t. XXV, págs 182-183, ed. rusa).

Por lo que se refiere a la segunda Duma, Lenin entendía que, teniendo en cuenta la nueva situación y el descenso del movimiento revolucionario, los bolsheviques "debían someter a revisión el problema del boicot de la Duma" (Lenin, t. X, pág. 26, ed. rusa).

"La historia enseña -escribía Lenin- que cuando se reúne la Duma, cabe desplegar una agitación provechosa desde su interior y en torno a ella; que dentro de la Duma es posible llevar a cabo la táctica de acercamiento a los campesinos revolucionarios contra los kadetes" (Obra citada, pág. 29).

De todo esto se desprendía que es necesario no sólo saber avanzar resueltamente y en primera línea, cuando la revolución se halla en su etapa ascendente, sino también saber replegarse con acierto y apurando el terreno, cuando la etapa ascendente de la revolución cesa, cambiando de táctica con arreglo a los cambios operados en la situación; y replegarse no en desorden, sino de un modo organizado, con serenidad, sin pánico, aprovechando hasta las más pequeñas posibilidades para salvar los cuadros de la furia de la contrarrevolución, reorganizándose, acumulando fuerzas y preparándose para un nuevo ataque contra el enemigo.

Los bolsheviques decidieron participar en las elecciones a la segunda Duma.

Pero no iban a ella para intervenir en las tareas orgánicas "legislativas", coaligados a los kadetes, como lo hicieron los mensheviques, sino para utilizarla como tribuna al servicio de la revolución.

En cambio, el Comité Central menshevique hizo un llamamiento para que se pactasen acuerdos electorales con los kadetes y se les apoyase en la Duma, considerando a ésta como un organismo legislativo, capaz de poner un freno al gobierno zarista.

La mayoría de las organizaciones del Partido se manifestó en contra de la política del C.C. menshevique. Los bolsheviques exigieron que se convocase un nuevo Congreso del Partido.

En mayo de 1907 se reunió en Londres el V Congreso del Partido. Por aquel entonces, el P.O.S.D.R. (en unión de las organizaciones socialdemócratas nacionales) contaba ya con 150.000 afiliados. Asistieron al Congreso, en total, 336 delegados; de ellos, 105 bolsheviques y 97 mensheviques. Los restantes representaban a las organizaciones socialdemócratas nacionales: a la socialdemocracia polaca y letona y al "Bund", que habían sido admitidos dentro del P.O.S.D.R. en el Congreso anterior.

Trotski intentó formar en este Congreso su grupito centrista, es decir, semimenshevique, como grupo aparte, pero nadie se prestó a seguirle.

Como los bolsheviques arrastraban con ellos a los polacos y a los letones, disponían de una sólida mayoría en el Congreso.

Uno de los problemas fundamentales sobre los que giró la lucha en el Congreso fue el de las relaciones con los partidos burgueses. Este problema había sido ya objeto de lucha entre los bolsheviques y los mensheviques en el II Congreso. El Congreso enjuició con el criterio bolshevique a todos los partidos no proletarios -centurias negras, octubristas, kadetes y socialrevolucionarios- y trazó frente a ellos una táctica bolshevique.

El Congreso aprobó la política de los bolsheviques, y tomó el acuerdo de mantener una lucha implacable, tanto contra los partidos de las centurias negras -la "Unión del pueblo ruso", los monárquicos, el Consejo de la nobleza unificada- como contra la "Unión del 17 de octubre" (octubristas), el partido comercial-industrial y el partido de la "Renovación pacífica", que eran todos partidos netamente contrarrevolucionarios.

Respecto a la burguesía liberal, al partido cadete, el Congreso preconizó una lucha irreconciliable de desenmascaramiento contra él. Acordó que era necesario desenmascarar el "democratismo" hipócrita y farisaico del partido cadete y luchar contra los intentos de la burguesía liberal de ponerse a la cabeza del movimiento campesino.

Por lo que se refiere a los partidos llamados populistas o de trabajo (socialistas populares, agrupación de trabajo y socialrevolucionarios), el Congreso recomendaba que se desenmascarasen sus intentos de disfrazarse de socialistas. Al mismo tiempo, admitía la posibilidad de establecer acuerdos concretos con estos partidos para luchar conjunta y simultáneamente contra el zarismo y la burguesía kadete, ya que aquellos partidos eran, por aquel entonces, democráticos y reflejaban los intereses de la pequeña burguesía de la ciudad y del campo.

Ya antes de celebrarse el Congreso, los mensheviques habían lanzado la propuesta de convocar un llamado "Congreso obrero". El plan menshevique consistía en convocar un congreso en el que tomasen parte, con los socialdemócratas, los socialrevolucionarios y los anarquistas. Se pretendía que el tal Congreso "obrero" crease una especie de "partido sin partido" o una especie de "amplio" partido obrero pequeñoburgués sin ningún programa. Lenin desenmascaró este pernicioso intento de los mensheviques, que iba encaminado a liquidar el Partido Obrero Social Demócrata y a diluir el destacamento de vanguardia de la clase obrera entre la masa pequeñoburguesa. El Congreso condenó enérgicamente la consigna menshevique del "Congreso obrero".

En las deliberaciones del V Congreso del Partido ocupó un lugar especial el problema de los sindicatos. Los mensheviques defendían la "neutralidad" de los sindicatos; es decir, manifestábanse en contra del papel dirigente del Partido en el movimiento sindical. El Congreso rechazó la propuesta de los mensheviques y aprobó la resolución presentada por los bolsheviques sobre los sindicatos. En esta resolución se señalaba que debía lucharse por que la dirección ideológica y política de los sindicatos estuviese en manos del Partido.

El V Congreso marcó un gran triunfo de los bolsheviques en el movimiento obrero. Pero los bolsheviques no se dejaron llevar del engreimiento ni se durmieron sobre los laureles. No era esto lo que Lenin les enseñaba. Sabían que tendrían que seguir luchando en los sucesivo contra los mensheviques.

En su artículo "Apuntes de un delegado", publicado en 1907, el camarada Stalin enjuiciaba así los resultados del Congreso:

"La unificación efectiva de los obreros más avanzados de toda Rusia en un único partido extensivo a todo el país bajo la bandera de la socialdemocracia revolucionaria: he aquí el sentido del Congreso de Londres, su carácter general".

En este artículo, el camarada Stalin aporta datos sobre la composición del Congreso. Los delegados bolsheviques representaban, fundamentalmente, a los grandes centros industriales (Petersburgo, Moscú, Ural, Ivánovo-Vosnsensk y otros). En cambio, los mensheviques acudieron al Congreso representando a las regiones de pequeña producción, en las que predominaban los obreros artesanos, los semiproletarios, así como también a una serie de regiones puramente campesinas.

"Es evidente -exponía el camarada Stalin, haciendo el balance del congreso- que la táctica de los bolsheviques es la táctica de los proletarios de la gran industria, la táctica de las regiones donde las contradicciones de clase aparecen más nítidas, y la lucha de clases es más tajante. El bolshevismo es la táctica de los auténticos proletarios. Y, por otra parte, no es menos evidente que la táctica de los mensheviques es, predominantemente, la táctica de los obreros artesanos y de los semiproletarios campesinos, la táctica de aquellas regiones en que los antagonismos de clase aparecen velados y la lucha de clases disimulada. El menshevismo es la táctica de los elementos semiburgueses del proletariado. Así lo indican los números" (Actas del V Congreso del P.O.S.D.R., XI y XII, 1935).

Después de disolver la primera Duma, el zar creyó tener en la segunda un instrumento más dócil. Pero tampoco ésta colmó sus esperanzas. En vista de ello, decidió disolver también esta Duma y convocar la tercera, restringiendo todavía más los derechos electorales, en la esperanza de tener en ella un instrumento más sumiso.

Poco después del V Congreso del Partido, el gobierno zarista dio el llamado golpe de Estado del 3 de junio, disolviendo la segunda Duma. La fracción socialdemócrata de la Duma, compuesta de 65 diputados, fue detenida y deportada a Siberia. Se dictó una nueva ley electoral. El derecho de voto de los obreros y campesinos sufrió nuevas restricciones. El gobierno zarista seguía atacando.

El ministro zarista Stolypin desplegaba su sangrienta represión contra los obreros y campesinos. Miles de obreros y campesinos revolucionarios morían fusilados o ahorcados por los destacamentos de castigo. En los calabozos zaristas eran torturados y martirizados millares de revolucionarios. Las organizaciones obreras, sobre todo las de tendencia bolshevique, eran perseguidas con una crueldad especial. Los sabuesos zaristas buscaban el rastro de Lenin, que vivía clandestinamente en Finlandia. Querían clavar su garra sangrienta en el jefe de la revolución. En diciembre de 1907, arrostrando un peligro enorme, Lenin logró trasladarse de nuevo al extranjero, a la emigración.

Comenzaron los terribles años de la reacción stolypiniana.

La primera revolución rusa había terminado, pues, con una derrota.

A ello contribuyeron las causas siguientes:

1. La revolución no contaba aún con una sólida alianza de los obreros y los campesinos contra el zarismo. Los campesinos pusiéronse en pie para la lucha contra los terratenientes, contra los cuales estaban decididos a aliarse con los obreros. Pero aun no comprendían que era imposible derrocar a los terratenientes sin derrocar al zar; no comprendían que éste hacía causa común con aquéllos, y había una parte considerable de campesinos que aun creía en el zar y que cifraba sus esperanzas en la Duma zarista. Por eso, muchos campesinos no quisieron aliarse a los obreros para derrocar al zarismo. Los campesinos tenían más fe en el partido oportunista de los socialrevolucionarios que en los verdaderos revolucionarios, en los bolsheviques. Como resultado de esto, la lucha de los campesinos contra los terratenientes no llegó a adquirir la suficiente organización. Lenin escribía:

"... los campesinos actuaron demasiado desperdigados, demasiado desorganizadamente y poco a la ofensiva, siendo ésta una de las causas cardinales del fracaso de la revolución". (Lenin, t. XIX, pág. 354, ed. rusa).

2. La resistencia de una parte considerable de los campesinos a marchar de acuerdo con los obreros por el derrocamiento del zarismo se dejó sentir también en la conducta del ejército, formado, en su mayoría, por hijos de campesinos vestidos con el uniforme militar. En algunas unidades aisladas del ejército zarista se produjeron brotes de rebeldía y sublevaciones, pero la mayoría de los soldados siguió ayudando al zar a ahogar las huelgas y las insurrecciones de los obreros.

3. Tampoco los obreros actuaron con la necesaria unanimidad. Los destacamentos de vanguardia de la clase obrera desplegaron en 1905 una heroica lucha revolucionaria. Pero las capas más atrasadas -los obreros de las provincias menos industriales y los que vivían en la aldeas- se ponían en movimiento más lentamente. Su participación en la lucha revolucionaria se intensificó especialmente en 1906, pero por entonces ya la vanguardia de la clase obrera se hallaba quebrantada.

4. Aunque la clase obrera la fuerza de vanguardia, la fuerza fundamental de la revolución, dentro de las filas del Partido de la clase obrera no existían la unidad y la cohesión necesarias. El P.O.S.D.R., el partido de la clase obrera, hallábase escindido en dos grupos: el de los bolsheviques y el de los mensheviques. Los bolsheviques mantenían una línea consecuentemente revolucionaria y llamaban a los obreros al derrocamiento del zarismo. Los mensheviques, con su táctica oportunista, frenaban la revolución, sembraban el confusionismo entre una parte considerable de los obreros y escindían el proletariado. Por eso los obreros no actuaron siempre en la revolución de un modo unánime, y la clase obrera, por carecer aún de unidad dentro de sus propias filas, no pudo erigirse en verdadero jefe de la revolución.

5. La autocracia zarista contaba, para ahogar la revolución de 1905, con la ayuda de los imperialistas de occidente de Europa. Los capitalistas extranjeros temían por sus capitales invertidos en Rusia y por sus fabulosas ganancias. Temían que, si triunfaba en Rusia la revolución, se lanzasen también a ella los obreros de otros países. He aquí lo que movió a los imperialistas de la Europa occidental a ayudar al zar-verdugo. Los banqueros de Francia le concedieron un gran empréstito para aplastar la revolución. El emperador de Alemania tenía preparado un ejército de muchos miles de hombres para intervenir en ayuda del zar de Rusia.

      1. Una ayuda importante para el zar fue la paz con el Japón, concertada en septiembre de 1905. Su derrota en la guerra y los avances amenazadores de la revolución obligaron al zar a apresurar la firma de la paz. La derrota en la guerra ruso-japonesa había quebrantado al zarismo, pero la firma de la paz fortaleció la situación del zar.



RESUMEN


La primera revolución rusa representa toda una etapa histórica en el desarrollo de Rusia. Esta etapa histórica consta de dos periodos. En el primer periodo, la revolución, aprovechándose del quebrantamiento del régimen zarista, derrotado en los campos de Manchuria, sigue su marcha ascendente y pasa de la huelga general de carácter político, en octubre, a la insurrección armada; en diciembre, barre la Duma buliguiniana y arranca al zar una concesión tras otra. En el segundo periodo, el zar, después de rehacerse, gracias a la firma de la paz con el Japón, se aprovecha del miedo de la burguesía liberal a la revolución y de las vacilaciones de los campesinos, les echa a éstos como una limosna la Duma de Witte y pasa a la ofensiva contra la clase obrera y la revolución.

Los tres años que, sobre poco más o menos, duró la revolución (1905 a 1907) fueron, para la clase obrera y los campesinos, una escuela tan fecunda de educación política como no hubieran podido serlo treinta años de evolución pacífica y normal. Lo que no habían conseguido hacer ver decenas y decenas de años de desarrollo pacífico, lo hicieron ver claramente esos pocos años de revolución.

La revolución puso de manifiesto que el zarismo era el enemigo jurado del pueblo, un mal que sólo podía curarse con la tumba.

La revolución enseñó que la burguesía liberal no buscaba su aliado en el pueblo, sino en el zar; que era una fuerza contrarrevolucionaria; y que el pactar con ella equivalía a traicionar al pueblo. La revolución enseñó que el jefe de la revolución democráticoburguesa sólo podía serlo la clase obrera, que sólo ella era capaz de desalojar a la burguesía liberal, a los kadetes, de emancipar a los campesinos de su influencia, de aplastar a los terratenientes, de llevar a término la revolución y de allanar el camino hacia el socialismo.

La revolución enseñó, finalmente, que pese a sus vacilaciones, los campesinos trabajadores son la única fuerza importante capaz de aliarse a la clase obrera.

Durante la revolución lucharon dentro del P.O.S.D.R. dos líneas políticas: la de los bolsheviques y la de los mensheviques. Los bolsheviques ponían rumbo al desencadenamiento de la revolución, al derrocamiento del zarismo por la vía de la insurrección armada, a la hegemonía de la clase obrera, al aislamiento de la burguesía kadete, a la alianza con los campesinos, a la formación de un gobierno provisional revolucionario con representantes de los obreros y los campesinos, al desarrollo de la revolución hasta la victoria final. Por el contrario, el derrotero que seguían los mensheviques era el del estrangulamiento de la revolución. En vez del derrocamiento del zarismo mediante la insurrección, preconizaban su reforma y "mejoramiento"; en vez de la hegemonía del proletariado, la hegemonía de la burguesía liberal; en vez de la alianza con los campesinos, la alianza con la burguesía kadete; en vez de un gobierno provisional revolucionario, la Duma, como centro de las "fuerzas revolucionarias" del país.

Así fue como los mensheviques se hundieron en la charca del reformismo, convirtiéndose en vehículo de la influencia burguesa sobre la clase obrera y pasando a ser, de hecho, agentes de la burguesía en el campo proletario.

Los bolsheviques demostraron ser la única fuerza marxista revolucionaria que había en el Partido y en el país.

Como es lógico, después de producirse discrepancias tan graves, el P.O.S.D.R. apareció, de hecho, escindido en dos partidos, el partido bolshevique y el partido menshevique. El IV Congreso no hizo cambiar en nada la situación de hecho existente dentro del Partido. No hizo más que mantener y afianzar un poco su unidad formal. El V Congreso representó un paso de avance en el sentido de la unificación efectiva del Partido, unificación que, además, se llevó a efecto bajo la bandera bolshevique.

Haciendo el balance del movimiento revolucionario, el V Congreso del Partido condenó la línea menshevique, como una línea reformista, y aprobó la línea bolshevique, como la línea marxista revolucionaria. Con esto confirmó, una vez más, lo que había sido ya confirmado por toda la marcha de la primera revolución rusa.

La revolución puso de manifiesto que los bolsheviques saben avanzar, cuando así lo exige la situación, y que han aprendido a avanzar en vanguardia llevando con ellos el pueblo al asalto. Pero puso de relieve, asimismo, que los bolsheviques saben también replegarse ordenadamente, cuando la situación toma un carácter desfavorable, cuando la revolución declina, y han aprendido a replegarse certeramente, sin pánico y sin precipitación, para mantener indemnes sus cuadros, acumular fuerzas y, después de rehacerse con arreglo a la nueva situación, lanzarse de nuevo al ataque contra el enemigo.

No es posible vencer al enemigo, si no se sabe atacar certeramente.

No es posible evitar un descalabro en caso de derrota, si no se sabe retroceder certeramente, replegándose sin pánico y en perfecto orden.



 

 

Lenin - Revolucion 1905

(VIDEO - Russian language)

 

 

 

 

LA FRATERNIDAD INTERNACIONAL!

13 de febrero de 1905.


¡Ciudadanos!

¡Crece el movimiento del proletariado revolucionario y se vienen abajo las barreras nacionales! Los proletarios de las nacionalidades de Rusia se unen en un solo ejército internacional, los diversos arroyuelos del movimiento proletario confluyen en un solo torrente revolucionario. Las olas de este torrente se levantan cada día a mayor altura, arreciando sus embates contra el trono del zar, y se tambalea el decrépito gobierno zarista. ¡Ni las cárceles, ni los presidios, ni la horca, nada detiene el movimiento proletario que crece sin cesar!

Y ahora el gobierno zarista, para apuntalar su trono, discurre un «nuevo» procedimiento. Siembra la hostilidad entre las nacionalidades de Rusia, las azuza unas contra otras, trata de fraccionar el movimiento general del proletariado en pequeños movimientos y enfrentarlos entre sí, organiza pogromos de judíos, de armenios, etc. ¡Y todo esto para divorciar, mediante una guerra fratricida, a las nacionalidades de Rusia y, debilitándolas, vencer sin mayor esfuerzo a cada una por separado!

Divide e impera, tal es la política del gobierno zarista. Así actúa en las ciudades de Rusia (recordad los pogromos de Gómel, de Kishiniov y de otras ciudades), y lo repite también en el Cáucaso. ¡Infame! ¡Con la sangre y los cadáveres de los ciudadanos trata de reforzar su aborrecido trono! Los gemidos de los armenios y de los tártaros moribundos en Bakú; las lágrimas de las esposas, de las madres y de los niños; la sangre, sangre inocente, de ciudadanos honrados pero inconscientes; los rostros horrorizados de los seres indefensos, que huyendo buscan salvarse de la muerte; las casas destruidas, las tiendas saqueadas, y el terrible e incesante silbido de las balas: con esto refuerza su trono el zar, asesino de ciudadanos honrados.

¡Sí, ciudadanos! ¡Son ellos, los agentes del gobierno zarista quienes han azuzado a los elementos inconscientes de la población tártara contra los pacíficos armenios! ¡Son ellos, los lacayos del gobierno zarista, quienes les han dado armas y municiones, quienes han vestido de tártaros a los policías y cosacos y los han lanzado contra los armenios! Durante dos meses, ellos, los servidores del zar, han venido preparando esta guerra fratricida, y ahora, en fin, han alcanzado su bárbaro objetivo. ¡Maldición y muerte al gobierno zarista!

¡Ahora estos miserables esclavos del miserable zar tratan de promover también en nuestra tierra, en Tiflís, una guerra fratricida! ¡Piden vuestra sangre, quieren dividiros y dominar sobre vosotros! ¡Pero sed vigilantes! ¡Armenios, tártaros, georgianos, rusos! Tendeos la mano, agrupaos más estrechamente, y a los intentos del gobierno de dividiros, contestad unánimes:

¡Abajo el gobierno zarista! ¡Viva la fraternidad de los pueblos!

Tendeos la mano y, uniéndoos, cerrad filas en torno al proletariado, el sepulturero efectivo del gobierno zarista, único culpable de los asesinatos de Bakú.

Que vuestro grito sea:

¡Abajo las discordias nacionales!

¡ Abajo el gobierno zarista!

¡Viva la fraternidad de los pueblos!

¡Viva la república democrática!


 

A LOS CIUDADANOS: ¡VIVA LA BANDERA ROJA!


15 de febrero de 1905.



¡Grandes esperanzas y una gran desilusión!

¡En lugar de la hostilidad nacional, el cariño mutuo y la confianza!

¡En lugar de un pogromo fratricida, una manifestación grandiosa contra el zarismo, culpable de los pogromos! Se han frustrado las esperanzas del gobierno zarista: ¡no ha conseguido enfrentar a las nacionalidades que con viven en Tiflís!...

Hace mucho tiempo que el gobierno zarista se esfuerza por lanzar unos contra otros a los proletarios, hace mucho tiempo que se esfuerza por fraccionar el movimiento general del proletariado. Por eso precisamente organizó los pogromos de Gómel, de Kishiniov y de otros lugares. Con el mismo fin provocó en Bakú una guerra fratricida. Y por último, las miradas del gobierno zarista se detuvieron en Tiflís. ¡Aquí, en el centro del Cáucaso, se había propuesto representar una tragedia sangrienta y repetirla después en provincias! No era una broma:

¡azuzar unas contra otras a las nacionalidades del Cáucaso y ahogar en su propia sangre al proletariado caucasiano! El gobierno zarista se frotaba las manos de satisfacción. ¡Hasta había difundido proclamas instigando a matar a los armenios! Y confiaba en el éxito. Pero de pronto, el 13 de febrero, una muchedumbre de millares de armenios, de georgianos, de tártaros y de rusos, como para llevar la contraria al gobierno zarista, se congregan en el patio de la catedral de Vank y se juran mutuo apoyo «en la lucha contra el diablo, que siembra la discordia entre nosotros». La unanimidad es completa. Se pronuncian discursos llamando a la «unidad». La masa aplaude a los oradores. Se distribuyen nuestras proclamas (3.000 ejemplares). La masa las arrebata de las manos. El ánimo de las masas se exalta. Para contrariedad del gobierno, la masa decide congregarse al día siguiente en el patio de la misma catedral, a fin de, una vez más, «jurar amarse los unos a los otros».

14 de febrero. El pueblo llena todo el patio de la catedral y las calles adyacentes.

Nuestras proclamas se distribuyen y se leen en público. La masa se reúne en grupos y discute el texto de las proclamas. Se pronuncian discursos. El ánimo de las masas se exalta. Se decide desfilar ostensiblemente junto a la catedral de Sión y la mezquita, «jurar amarse los unos a los otros», detenerse en el cementerio persa, prestar una vez más juramento y disolverse. La masa cumple su decisión. Por el camino, cerca de la mezquita y en el cementerio persa se pronuncian discursos y se distribuyen nuestras proclamas (este día son distribuidas 12.000 proclamas). El ánimo de las masas se exalta más y más. La energía revolucionaria acumulada se desborda. La masa decide recorrer ostensiblemente la calle Dvortsóvaia y la avenida Golovinski y sólo después disolverse. Nuestro Comité aprovecha el momento y organiza en el acto un pequeño núcleo dirigente. Este núcleo, presidido por un obrero avanzado, ocupa el lugar central, y ante el propio palacio se iza una bandera roja improvisada. El abanderado, que sostienen en volandas los manifestantes, pronuncia un discurso eminentemente político, en el que, ante todo, ruega a los camaradas que no se extrañen por la falta de la consigna socialdemócrata en la bandera. «¡No importa, no importa –responden los manifestantes–, nosotros la llevamos en nuestros corazones!» Después explica la significación de la bandera roja, critica a los oradores anteriores desde el punto de vista de la socialdemocracia, pone al desnudo las medias tintas de sus discursos, señala la necesidad de aniquilar el zarismo y el capitalismo y llama a los manifestantes a luchar bajo la bandera roja de la socialdemocracia. «¡Viva la bandera roja!», contesta la masa. Los manifestantes avanzan hacia la catedral de Vank. En el camino se detienen tres veces para escuchar al abanderado. Este exhorta de nuevo a los manifestantes a luchar contra el zarismo y a prestar juramento de que irán con la misma unanimidad al levantamiento como van ahora a la manifestación. «¡Lo juramos!», responde la masa. Luego, los manifestantes llegan hasta la catedral de Vank y, después de una ligera colisión con los cosacos, se disuelven.

Tal ha sido la «manifestación de los 8.000 ciudadanos de Tiflís».

Así han respondido los ciudadanos de Tiflís a la farisaica política del gobierno zarista.

Así se han vengado del vil gobierno por la sangre de los ciudadanos de Bakú. ¡Gloria y honor a los ciudadanos de Tiflís!

Ante la muchedumbre de millares de ciudadanos de Tiflís, que, congregados bajo la bandera roja, han pronunciado reiteradamente la sentencia de muerte al gobierno zarista, los viles lacayos del vil gobierno han tenido que retroceder, desistiendo del pogromo.

Mas, ¿significa esto, ciudadanos, que el gobierno zarista no tratara en lo sucesivo de organizar pogromos? ¡Ni mucho menos! Mientras viva, y cuanto más terreno pierda, con mayor frecuencia recurrirá a los pogromos. El único medio de extirpar los pogromos consiste en el aniquilamiento de la autocracia zarista.

¿Queréis vivir y queréis que vivan vuestros allegados? ¿Queréis a vuestros amigos y familiares y no deseáis los pogromos? ¡Sabed, pues, ciudadanos, que sólo acabando con el zarismo, acabaréis con los pogromos y con el derramamiento de sangre que traen consigo!

¡El derrocamiento de la autocracia zarista es lo que ante todo debéis tratar de conseguir!

¿Queréis el aniquilamiento de toda hostilidad nacional? ¿Aspiráis a lograr la plena solidaridad de los pueblos? ¡Sabed, pues, ciudadanos, que sólo con el aniquilamiento de la desigualdad, sólo con la abolición del capitalismo se eliminará toda discordia nacional!

¡El triunfo del socialismo es a lo que, en definitiva, debéis aspirar!

Mas, ¿quién barrerá de la faz de la tierra el régimen ignominioso del zarismo, quién os librará de los pogromos? El proletariado, dirigido por la socialdemocracia.

Y, ¿quién destruirá el régimen capitalista, quién implantará sobre la tierra la solidaridad internacional? Este mismo proletariado, dirigido por esta misma socialdemocracia.

El proletariado, y sólo el proletariado, es el que conquistará para vosotros la libertad y la paz.

¡Agrupaos, pues, en torno al proletariado y marchad bajo la bandera de la socialdemocracia!

¡Bajo la bandera roja, ciudadanos!

¡Muera la autocracia zarista!

¡Viva la república democrática!

¡Abajo el capitalismo!

¡Viva el socialismo!

¡Viva la bandera roja!

 

 

 

LA INSURRECCIÓN ARMADA Y NUESTRA TÁCTICA

el 15 de julio de 1905


El movimiento revolucionario «en el momento actual ha conducido ya a la necesidad de la insurrección armada»: esta idea, expresada por el III Congreso de nuestro Partido, se confirma más y más cada día. Las llamas de la revolución se propagan con fuerza creciente, originando aquí y allá insurrecciones locales. Los tres días de barricadas y de combates de calle en Lodz, la huelga de decenas y decenas de millares de obreros en Ivánovo-Vosnesensk, acompañada de las inevitables colisiones sangrientas con las tropas, la insurrección en Odesa, el «motín» en la flota del Mar Negro y entre la tripulación de la flota anclada en Libava, la «semana» de Tiflís, todos ellos son presagios de que la tempestad se aproxima. La tempestad se acerca, se acerca inconteniblemente y de un día para otro se desencadenará sobre Rusia y barrerá, como poderoso torrente purificador, todo lo caduco, lo podrido, librará al pueblo ruso de su secular ignominia llamada autocracia. Los últimos esfuerzos convulsivos del zarismo – recrudecimiento de represiones de todo género, declaración del estado de guerra en medio país, multiplicación de las horcas y, junto con esto, discursos seductores dirigidos a los liberales y mentirosas promesas de reformas– no lo salvarán de su destino histórico. Los días de la autocracia están contados, la tempestad es ineludible. Surgen ya los gérmenes de un nuevo régimen, aclamado por todo el pueblo, que espera de él la renovación y el renacimiento.

¿Cuáles son, pues, los nuevos problemas que plantea ante nuestro Partido la tempestad que se avecina? ¿Cómo debemos adaptar nuestra organización y nuestra táctica a las nuevas exigencias de la vida, para participar de una forma más activa y organizada en la insurrección, el único comienzo imprescindible de la revolución? Para dirigir la insurrección, ¿debemos nosotros –destacamento avanzado de la clase que no sólo es la vanguardia, sino también la principal fuerza activa de la revolución– crear aparatos especiales, o basta para ello el mecanismo ya existente del Partido?

Hace ya unos cuantos meses que estos problemas se alzan ante el Partido, reclamando una solución inaplazable. Para las gentes que se inclinan ante la «espontaneidad», que rebajan los objetivos del Partido, estimando que éste debe seguir pura y simplemente el curso de la vida, que se arrastran a la zaga en lugar de marchar a la cabeza, como corresponde al destacamento consciente de vanguardia, tales problemas no existen. La insurrección es espontánea, dicen esas gentes, y es imposible organizarla y prepararla; todo plan de acción estructurado de antemano es una utopía (¡están en contra de todo «plan», ya que plan quiere decir «conciencia» y no «fenómeno espontáneo»!), un gasto inútil de fuerzas; la vida social tiene sus caminos inescrutables y echará por tierra todos nuestros proyectos. Por eso, dicen, debemos circunscribirnos a la propaganda y a la agitación en favor de la idea de la insurrección, en favor de la idea de que las masas deben «armarse por sus propios medios», debemos ejercer sólo la «dirección política» y que al pueblo sublevado lo dirija «técnicamente» quien quiera.

¡Pero si hasta ahora hemos ejercido siempre tal dirección!, objetan los adversarios de la «política seguidista». Es comprensible que una amplia agitación y propaganda y la dirección política del proletariado son absolutamente necesarias. Pero limitarse a semejantes tareas generales significa que nosotros, o eludimos la solución de un problema planteado de un modo rotundo por la realidad, o demostramos completa incapacidad de adaptar nuestra táctica a las necesidades de la lucha revolucionaria, que crece impetuosamente. Claro está, debemos decuplicar ahora la agitación política, debemos tratar de someter a nuestra influencia no sólo al proletariado, sino también a las numerosas capas del «pueblo», que se adhieren poco a poco a la revolución; debemos tratar de popularizar entre todas las clases de la población la idea de la necesidad de la insurrección. ¡Pero no podemos limitarnos a ello! Para que el proletariado pueda utilizar la revolución inminente a los fines de su lucha de clase, para que pueda establecer un régimen democrático que le asegure en la mayor medida la lucha posterior por el socialismo, es necesario que el proletariado, en torno al cual se agrupa la oposición, no sólo figure en el centro de la lucha, sino que se convierta en el jefe y dirigente de la insurrección. Precisamente la dirección técnica y la preparación orgánica de la insurrección en toda Rusia constituyen la nueva tarea planteada por la realidad ante el proletariado. Y si nuestro Partido quiere ser el verdadero dirigente político de la clase obrera, no puede ni debe renunciar al cumplimiento de estas nuevas tareas.

Así, pues, ¿qué debemos hacer para alcanzar este objetivo? ¿Cuáles deben ser nuestros primeros pasos?

Muchas de nuestras organizaciones han resuelto ya prácticamente esta cuestión, dedicando parte de sus fuerzas y recursos al armamento del proletariado. Nuestra lucha contra la autocracia ha entrado ahora en un período en que todos reconocen la necesidad de armarse. Pero, por sí sola, la conciencia de la necesidad de armarse es insuficiente:

hay que plantear expresa y claramente ante el Partido la tarea práctica. Por eso nuestros Comités deben ahora mismo, inmediatamente, comenzar a armar al pueblo en plano local, formar grupos especiales para resolver este asunto, organizar grupos de distrito para conseguir armas, organizar talleres para la fabricación de diferentes materias explosivas, trazar el plan de conquista de arsenales y de depósitos de armas del Estado y particulares. No sólo debemos armar al pueblo del «ardiente anhelo de armarse, por sus propios medios», como nos aconseja la nueva «Iskra», sino que debemos, además, «tomar las medidas más enérgicas para armar al proletariado» en la práctica, como nos lo ha impuesto el III Congreso del Partido. En la solución de este problema nos es más fácil que en cualquier otro llegar a un entendimiento tanto con el sector del Partido que se ha separado (si, en efecto piensa seriamente en el armamento y no se limita a disquisiciones «sobre el ardiente anhelo de armarse por sus propios medios»), como con las organizaciones socialdemócratas de las nacionalidades, por ejemplo, con los federalistas armenios y otros, que se plantean estos mismos objetivos.

Se ha hecho ya tal intento en Bakú, donde después de la matanza de febrero nuestro Comité, el grupo «Balajani–Bibi-Eibat» y el Comité de los «gnchakistas»[ 1 ] han destacado de su seno una comisión de organización para el armamento. Es absolutamente necesario que esta empresa difícil y de gran responsabilidad sea organizada mediante esfuerzos comunes, y nosotros consideramos que los litigios fraccionales no deben impedir en manera alguna la unificación sobre este terreno de todas las fuerzas socialdemócratas.

Simultáneamente con el aumento de las reservas de armas y al mismo tiempo que se organiza su adquisición y fabricación, es necesario atender del modo más serio la tarea de constituir destacamentos de combate de toda clase para emplear las armas


1[ ] «Gnchakistas»: miembros del partido pequeñoburgués armenio «Gnchak», fundado en 1887 en Ginebra por iniciativa de los estudiantes armenios. En la Transcaucasia, el partido «Gnchak», habiendo adoptado la denominación de Partido Socialdemócrata Armenio, promovió una política escisionista en el movimiento obrero. Después de la revolución de los años 1905-1907, el partido «Gnchak» degeneró en un grupo reaccionario nacionalista conseguidas. No hay que permitir de ninguna manera la distribución de armas directamente a las masas. Como tenemos pocos recursos y es muy difícil ocultar las armas a la vigilancia de la policía, no conseguiríamos armar a capas considerables de la población, y nuestros esfuerzos resultarían estériles. Otra cosa muy distinta será cuando creemos una organización especial de combate. Nuestros destacamentos de combate se instruirán en el buen manejo de las armas y durante la insurrección –ya comience espontáneamente o sea preparada de antemano– actuarán en calidad de destacamentos principales y de vanguardia, en torno a ellos se agrupará el pueblo insurreccionado y bajo su dirección irá al combate. La experiencia y la organización de dichos destacamentos, así como la suficiente cantidad de armas permitirán utilizar todas las fuerzas del pueblo insurreccionado y alcanzar así el objetivo inmediato: el armamento de todo el pueblo y el cumplimiento del plan de acción preparado de antemano. Los destacamentos se apoderarán rápidamente de los distintos depósitos de armas, de las instituciones gubernamentales y públicas, de correos, de teléfonos, etc. , lo cual será necesario para el desarrollo de la revolución.

Pero estos destacamentos no son necesarios únicamente cuando la insurrección revolucionaria se ha extendido ya a toda la ciudad; su papel es no menos importante también en vísperas de la insurrección. En los últimos seis meses nos hemos persuadido claramente de que la autocracia, desacreditada ante todas las clases de la población, ha dirigido por entero sus energías a movilizar las fuerzas oscuras del país –bien sean matones de oficio o elementos tártaros poco conscientes y fanatizados– para luchar contra los revolucionarios. Armados por la policía y bajo su amparo, aterrorizan a la población y crean una atmósfera difícil para el movimiento liberador. Nuestras organizaciones de combate deben estar siempre preparadas para dar la réplica debida a todos los intentos de estas fuerzas oscuras y tratar de convertir en un movimiento antigubernamental la indignación y la réplica provocadas por los actos de dichas fuerzas. Los destacamentos de combate armados, dispuestos en cada momento a salir a la calle y a ponerse al frente de las masas populares, pueden alcanzar fácilmente el objetivo planteado por el III Congreso: «organizar la réplica armada a las intentonas de las centurias negras y de todos los elementos reaccionarios en general, dirigidos por el gobierno» («Resolución acerca de la actitud hacia la táctica del gobierno en vísperas de la revolución» – v. «Comunicado»)[ 2 ].

Una de las tareas principales de nuestros destacamentos de combate y en general de la organización técnica militar debe ser preparar el plan de la insurrección para su zona y coordinarlo con el plan trazado por el Centro del Partido para toda Rusia. Llegar a saber cuáles son los puntos más flacos del adversario, determinar los lugares desde donde hay que emprender el ataque contra él, distribuir todas las fuerzas en la zona, estudiar bien la topografía de la ciudad: todo esto debe ser hecho con anticipación, para que ninguna circunstancia pueda sorprendernos. Aquí está completamente fuera de lugar el análisis detallado de este aspecto de la actividad de nuestras organizaciones. El secreto riguroso al elaborar el plan de acción debe ir acompañado de una difusión lo más amplia posible entre el proletariado de los conocimientos técnicos militares absolutamente necesarios para llevar a cabo la lucha de calle. A este fin debemos recurrir a los militares con que cuenta la organización. Para ello también podemos emplear a otros muchos camaradas, que por sus dotes naturales y sus aficiones serán muy útiles en esta empresa.


2[ ] Véase: «El P.C.(b) de la U.R.S.S. en las resoluciones y acuerdos de los Congresos, Conferencias y Plenos del C.C.», parte I, pág. 45, 6ª ed. en ruso, 1940.


Sólo esta preparación en todos los aspectos de la insurrección puede asegurar el papel dirigente de la socialdemocracia en los combates inminentes entre el pueblo y la autocracia.

Únicamente la preparación completa para la lucha permitirá al proletariado transformar las colisiones aisladas con la policía y las tropas en una insurrección del pueblo entero, a fin de formar en sustitución del gobierno zarista un gobierno provisional revolucionario.

El proletariado organizado, a despecho de los adeptos de la «política seguidista», dedicará todos sus esfuerzos a concentrar en sus manos tanto la dirección técnica como la dirección política de la insurrección. Esta dirección es la premisa indispensable merced a la cual podremos utilizar la revolución inminente en interés de nuestra lucha de clase.


Publicado sin firma el 15 de julio de 1905 en el núm. 10 del periódico «Proletariatis Brdzola».


 

 

¡CIUDADANOS!

octubre de 1905


El poderoso titán, el proletariado de Rusia, de nuevo se pone en pie... Un vasto movimiento huelguístico abarca toda Rusia. Como por obra de magia, ha quedado repentinamente paralizada la vida en todo el inmenso territorio de Rusia. Sólo en Petersburgo y en su red ferroviaria se han declarado en huelga más de un millón de obreros. El incendio revolucionario se ha extendido a todo Moscú, la antigua capital tranquila, inmóvil, fiel a los Románov. Járkov, Kíev, Ekaterinoslav y otros centros culturales e industriales, toda la Rusia central y meridional, toda Polonia y, por último, todo el Cáucaso han paralizado sus actividades y miran cara a cara, con aire amenazador, a la autocracia.

¿Qué sucederá? Estremecida y con el corazón en suspenso aguarda toda Rusia contestación a esta pregunta. El proletariado lanza un reto al maldito monstruo bicéfalo.

¿Seguirá a este reto una verdadera batalla, se convertirá la huelga en franca insurrección armada o, a semejanza de las huelgas anteriores, terminará «pacíficamente», se «extinguirá»?

¡Ciudadanos! Cualquiera que sea la contestación a esta pregunta, termine de una u otra manera la huelga actual, una cosa debe ser clara e indudable para todos: nos encontramos en vísperas de la insurrección de todo el pueblo de Rusia, y la hora de esta insurrección se halla cercana. La huelga general política que acaba de desencadenarse, huelga sin precedente y de grandiosidad sin igual, no sólo en la historia de Rusia, sino incluso en la historia del mundo entero, puede quizá terminar hoy sin convertirse en una insurrección de todo el pueblo, pero será tan sólo para conmocionar mañana de nuevo al país con mayor fuerza y transformarse en la grandiosa insurrección armada que debe dirimir el pleito secular del pueblo ruso con la autocracia zarista y aplastar la cabeza a este monstruo abominable.

La insurrección armada de todo el pueblo: ¿ése es el desenlace fatal a que lleva con inevitabilidad histórica todo el conjunto de los acontecimientos ocurridos en la vida política y social de nuestro país durante estos últimos tiempos! La insurrección armada de todo el pueblo: ¡ése es el gran problema que está planteado en el momento actual ante el proletariado de Rusia y que reclama imperiosamente solución!

¡Ciudadanos!

Vuestros intereses, a excepción de los intereses del pequeño grupo de la aristocracia financiera y agraria, reclaman que os adhiráis al llamamiento del proletariado y vayáis con él a esta salvadora insurrección de todo el pueblo.

La criminal autocracia zarista ha llevado a nuestro país al borde del abismo. La ruina de los cien millones de campesinos de Rusia, la opresión y la miseria de la clase obrera, las enormes deudas del Estado y los impuestos agobiadores, la falta de derechos de toda la población, la arbitrariedad sin límites y los atropellos que reinan en todos los dominios de la vida y los bienes de los ciudadanos: tal es el terrible panorama que ofrece ahora Rusia. ¡Así no se puede continuar por mucho tiempo! ¡La autocracia, que ha creado todos estos sombríos horrores, debe ser aniquilada! ¡Y lo será! La autocracia se da cuenta de ello, y cuanto más se percata tanto más sombríos son estos horrores, tanto más terrible es la danza infernal que organiza alrededor suyo. Además de los centenares y millares de ciudadanos pacíficos, de obreros, que ha asesinado en las calles de las ciudades; además de las decenas de millares de obreros e intelectuales, los mejores hijos del pueblo, que padecen en las cárceles y en el destierro; además de las interminables matanzas y desmanes que cometen los jenízaros zaristas en las aldeas, entre los campesinos, en todo el territorio de Rusia, la autocracia ha discurrido, por último, nuevos horrores. Ha comenzado a sembrar la enemistad y el encono entre el pueblo mismo y a enfrentar a las distintas capas de la población y a nacionalidades enteras. Ha armado y azuzado a elementos rusos del hampa contra los obreros e intelectuales rusos, a las masas atrasadas y hambrientas de rusos y de moldavos en Besarabia contra los judíos y, en fin, a la masa ignorante y fanática de tártaros contra los armenios. Utilizando a los tártaros ha aplastado Bakú, uno de los centros revolucionarios de Rusia y el centro más revolucionario del Cáucaso. Y ha apartado de la revolución a toda la provincia armenia. Ha convertido íntegramente el multinacional Cáucaso en un campamento militar, donde la población espera cada momento verse atacada no sólo por la autocracia, sino también por las nacionalidades vecinas, víctimas infelices de la autocracia.

¡Así no se puede continuar!

¡Y sólo la revolución puede poner fin a todo ello!

Sería peregrino y ridículo esperar que la autocracia, que ha creado todos estos infernales horrores, quiera y pueda ella misma ponerles fin. No hay reformas, no hay remiendos puestos a la autocracia –como la Duma de Estado, los zemstvos, etc., que es alo que quiere limitarse el partido liberal– capaces de terminar con estos horrores. Por el contrario, todas las tentativas en este sentido, así como toda oposición al ímpetu revolucionario del proletariado, contribuirán a la exacerbación de tales horrores.

¡Ciudadanos!

El proletariado, la clase más revolucionaria de nuestra sociedad, que ha sostenido hasta el presente sobre sus espadas todo el peso de la lucha contra la autocracia, y que es su enemigo más decidido e implacable hasta el final, se dispone a la insurrección armada. Y os llama a vosotros, llama a todas las clases de la sociedad, a ayudarle y apoyarle. Armaos, ayudadle a armarse y preparaos para el combate decisivo.

¡Ciudadanos!

¡La hora de la insurrección está cerca! ¡Es preciso que nos encuentre bien pertrechados! Sólo en tal caso, sólo por medio de la insurrección armada general, desencadenada al mismo tiempo y en todas partes, podremos vencer a nuestro vil enemigo –la maldita autocracia zarista– y erigir sobre sus escombros la república democrática libre que necesitamos.


¡Abajo la autocracia!

¡Viva la insurrección armada general!

¡Viva la república democrática!

¡Viva el proletariado de Rusia en lucha!

 

 

 

A TODOS LOS OBREROS

el 19 de octubre de 1905


¡Truena la revolución!

¡Se ha puesto en pie el pueblo revolucionario de Rusia y asedia al gobierno zarista, para lanzarse al asalto contra él! Flamean las banderas rojas, levántanse barricadas, el pueblo empuña las armas y asalta las instituciones estatales. De nuevo se oye el grito de combate de los valientes, de nuevo ha entrado en conmoción la vida que había vuelto a la tranquilidad. La nave de la revolución ha alzado velas y se dirige veloz hacia la libertad. El proletariado de Rusia le conduce.

¿Qué desean los proletarios de Rusia, a dónde van?

Los proletarios de Rusia dicen hoy: derrocaremos la Duma zarista y crearemos la Asamblea Constituyente de todo el pueblo. El proletariado no exigirá del gobierno pequeñas concesiones, no exigirá de él que ponga término al «estado de guerra» y a las «flagelaciones públicas» en algunas ciudades y pueblos: el proletariado no descenderá a tales pequeñeces. Quien exige del gobierno concesiones, no cree en la muerte del gobierno, y en el proletariado alienta esta fe. Quien espera del gobierno «mercedes», no cree en la potencia de la revolución, y el proletariado vive con esta fe. ¡No! El proletariado no dispersará sus energías en reivindicaciones insensatas. Frente a la autocracia zarista, el proletariado no tiene más que una reivindicación: ¡Abajo la autocracia, muera la autocracia! Y, efectivamente, en los ámbitos de Rusia resuena con audacia creciente el clamor revolucionario de los obreros: ¡Abajo la Duma de Estado!

¡Viva la Asamblea Constituyente de todo el pueblo! Esta es la aspiración actual del proletariado de Rusia.

El zar no otorgará la Asamblea Constituyente de todo el pueblo, el zar no destruirá su propia autocracia: ¡no lo hará! ¡La amputada «Constitución» que «otorga» es una concesión temporal, una promesa farisaica y nada más! Naturalmente, nosotros nos aprovecharemos de esta concesión, no renunciaremos a arrancar al cuervo esta nuez para destrozarle con ella la cabeza. No obstante, sigue siendo un hecho que el pueblo no puede confiar en la promesa del zar; debe confiar únicamente en sí mismo, debe basarse únicamente en su propia fuerza: la liberación del pueblo debe ser obra del mismo pueblo. ¡Solamente sobre las cenizas de los opresores podrá erigirse la libertad popular, solamente con la sangre de los opresores podrá abonarse el terreno para el Poder soberano del pueblo! Sólo cuando el pueblo armado se alce con el proletariado a la cabeza y enarbole la bandera de la insurrección general, podrá ser derrocado el gobierno zarista, sostenido por las bayonetas. No frases vacías, no el absurdo «armarse por sus propios medios», sino el armamento efectivo y la insurrección armada: hacia eso van hoy los proletarios de toda Rusia.

La insurrección victoriosa conducirá a la derrota del gobierno. Pero más de una vez ha ocurrido que los gobiernos vencidos han vuelto a ponerse en pie. También en nuestro país el gobierno puede volver a ponerse en pie. Las fuerzas oscuras, que durante la insurrección se esconden por los rincones, saldrán de sus madrigueras al día siguiente de la insurrección y querrán poner en pie al gobierno. Así es como resucitan los gobiernos vencidos. ¡El pueblo debe ineludiblemente aplastar a estas fuerzas oscuras, debe destrozarlas! Y para ello es necesario que el pueblo victorioso, ya al día siguiente de la insurrección, se arme desde el pequeño al grande, se convierta en un ejército revolucionario y esté siempre pronto a defender con las armas en la mano los derechos conquistados.


Sólo cuando el pueblo victorioso se convierta en un ejército revolucionario, estará en condiciones de aplastar definitivamente a las fueras oscuras emboscadas. Sólo un ejército revolucionario puede dar fuerza a los actos del gobierno provisional, sólo un gobierno provisional podrá convocar la Asamblea Constituyente de todo el pueblo, que debe implantar la república democrática. Ejército revolucionario y gobierno provisional revolucionario: éstas son hoy las aspiraciones de los proletarios de Rusia.

Tal es el camino por el que ha entrado la revolución rusa. Este camino lleva al Poder soberano del pueblo, y el proletariado llama a todos los amigos del pueblo a seguir este camino.

La autocracia zarista cierra el paso a la revolución popular; con su mensaje de ayer quiere frenar este grandioso movimiento: claro está que las olas de la revolución envolverán y arrojarán a la autocracia zarista...

¡Desprecio y odio a todos los que no sigan el camino del proletariado, porque traicionan vilmente la revolución! ¡Qué la infamia cubra a los que, siguiendo de hecho este camino, de palabra dicen lo contrario, porque temen pusilánimes la verdad!

¡Nosotros no tememos la verdad, no tememos la revolución! ¡Que retumbe con más fuerza el trueno, que se desencadene con más fuerza la tempestad! ¡La hora de la victoria está cercana!

Proclamemos, pues, con entusiasmo las consignas del proletariado de Rusia:


¡Abajo la Duma de Estado!

¡Viva la insurrección armada!

¡Viva el ejército revolucionario!

¡Viva el gobierno provisional revolucionario!

¡Viva la Asamblea Constituyente de todo el pueblo!

¡Viva la república democrática!

¡Viva el proletariado!

 

 

 

¡La Gran Revolución Rusa ha comenzado!


TIFLÍS, 20 DE NOVIEMBRE DE 1905




¡La Gran Revolución Rusa ha comenzado! Hemos asistido ya al primer acto temible de la revolución, que ha culminado formalmente con el mensaje del 17 de octubre. El zar autócrata «por la gracia de Dios» ha inclinado su «testa coronada» ante el pueblo revolucionario y le ha prometido «las bases inconmovibles de las libertades cívicas»...

Sin embargo, no es más que el primer acto. No es más que el comienzo del fin.

Nos encontramos en vísperas de grandiosos acontecimientos, dignos de la Gran Revolución Rusa. Estos acontecimientos se avecinan con el rigor inexorable de la historia, como una férrea necesidad. El zar y el pueblo, la autocracia del zar y el Poder soberano del pueblo son dos principios contrarios, diametralmente opuestos. La derrota del uno y la victoria del otro pueden ser únicamente el resultado de una batalla decisiva entre ambos, el resultado de una lucha sin cuartel, de una lucha a vida o muerte. Esta lucha todavía no se ha librado, está por venir, y el poderoso titán de la revolución rusa, el proletariado de toda Rusia, se dispone a ella con todas las fuerzas y con todos los medios.

La burguesía liberal trata de evitar esta batalla fatal. Considera que es hora ya de poner fin a la «anarquía» e iniciar el trabajo pacífico «creador», el trabajo de

«estructuración del Estado». Tiene razón. Para ella es suficiente lo que el proletariado ha arrancado ya al zarismo en su primera acción revolucionaria. Ahora puede sin más miramientos concertar una alianza –alianza en condiciones ventajosas para ella– con el gobierno zarista y arremeter en esfuerzo conjunto contra el enemigo común, contra su «sepulturero»: el proletariado revolucionario. La libertad burguesa, la libertad de explotación está ya asegurada, y esto le basta plenamente. La burguesía rusa, que ni por un instante ha sido revolucionaria, se coloca ya francamente al lado de la reacción.

¡En buena hora!

No nos afligiremos mucho por ello. El destino de la revolución jamás s ha encontrado en manos del liberalismo. La marcha y el desenlace de la revolución rusa dependen por entero de la actuación del proletariado revolucionario y del campesinado revolucionario.

El proletariado revolucionario urbano, dirigido por la socialdemocracia, y tras él el campesinado revolucionario, proseguirán inflexiblemente su lucha, pese a todas las intrigas de los liberales, hasta que consigan el derrocamiento completo de la autocracia y no creen sobre sus ruinas la república democrática libre.

Tal es la tarea política inmediata del proletariado socialista, tal es su objetivo en la presente revolución. Y apoyado por los campesinos, conseguirá este objetivo a toda costa.

El proletariado ha trazado también de manera clara y definida el camino que ha de conducirle a la república democrática.

Las etapas que debe recorrer la Gran revolución Rusa, antes de llegar a la meta deseada, son:

1) batalla decisiva, sin cuartel, de la que ya hemos hablado más arriba,

2) ejército revolucionario, organizado en el proceso de esta «batalla»,

3) dictadura democrática del proletariado y de los campesinos en forma de gobierno provisional revolucionario, surgido como resultado de la «batalla» victoriosa,

4) Asamblea


Constituyente, convocada por dicho gobierno sobre la base del sufragio universal, directo, igual y secreto.

Ninguna amenaza del gobierno, ningún grandilocuente mensaje del zar, ningún gobierno provisional del tipo del gobierno Witte, propuesto por la autocracia para salvarse a sí misma, ninguna Duma de Estado convocada por el gobierno zarista, aunque sea sobre la base del sufragio universal, etc., nada podrá desviar al proletariado de su único camino acertado, del camino revolucionario, que debe llevarle a la república democrática.

¿Tendrá el proletariado fuerzas suficientes para llegar hasta el fin por este camino, tendrá fuerzas suficientes para salir dignamente de la gigantesca y sangrienta lucha que le espera en este camino?

¡Sí, las tendrá!

Así piensa el propio proletariado y se apresta audaz y decididamente al combate.



 

 

DOS BATALLAS

(Con motivo del 9 de enero)


7 de enero de 1906.


Seguramente recordaréis el 9 de enero del año pasado... Fue el día en que el proletariado de Petersburgo se encontró cara a cara con el gobierno zarista y, sin proponérselo, chocó con él. En efecto, sin proponérselo, pues acudía en procesión pacífica ante el zar pidiendo «pan y justicia», y fue recibido hostilmente, rociándosele con una lluvia de balas.

Había depositado sus esperanzas en los retratos del zar y en los estandartes religiosos, pero unos y otros fueron despedazados y se los arrojaron a la cara, mostrándole así con toda diafanidad que a las armas sólo pueden ser opuestas las armas. Y empuñó las armas –en los casos en que pudo disponer de ellas–, las empuñó para recibir al enemigo como a tal enemigo y vengarse de él. Pero después de dejar en el campo de batalla millares de bajas y de sufrir grandes pérdidas, retrocedió, conteniendo en el pecho la rabia...

Esto es lo que nos recuerda el 9 de enero del año pasado.

Hoy, cuando el proletariado de Rusia conmemora el aniversario del 9 de enero, no estará de más preguntar: ¿por qué retrocedió el año pasado el proletariado de Petersburgo en aquella batalla y qué diferencia hay entre la batalla de entonces y la batalla general de diciembre?

Ante todo retrocedió porque carecía hasta del mínimo de conciencia revolucionaria que, sin duda alguna, es necesario para la victoria de la insurrección. Un proletariado que acude con plegarias y esperanzas ante el sanguinario zar, cuya existencia toda descansa en la opresión del pueblo, un proletariado que acude crédulo ante su enemigo jurado a pedir «un grano de misericordia», ¿acaso tal masa puede imponerse en la lucha de calle?...

Es verdad que, muy poco después, las descargas de fusilería abrieron los ojos al proletariado engañado, mostrándole claramente a la repulsiva fisonomía de la autocracia; es verdad que entonces exclamó iracundo: «Ya que el zar nos ha recibido a tiros, ¡le pagaremos con la misma moneda!» Pero ¿qué saca uno con eso, si no tiene armas, qué puede hacer con las manos vacías en la lucha de calle, aunque sea consciente? ¿Acaso las balas del enemigo no atraviesan lo mismo la cabeza del consciente que la del inconsciente?

Sí, la falta de armas fue la segunda causa del repliegue del proletariado de Petersburgo.

Ahora bien, ¿qué podía haber hecho Petersburgo solo, aunque hubiera tenido armas?

Cuando en Petersburgo corría la sangre y se levantaban barricadas, en otras ciudades nadie movía ni un dedo: por eso el gobierno pudo concentrar tropas de otros lugares y empapar de sangre las calles. Y sólo después, cuando el proletariado de Petersburgo, luego de dar tierra a los restos mortales de los camaradas caídos, volvió a sus ocupaciones cotidianas, sólo después se oyó en diferentes ciudades el clamor de los obreros en huelga: ¡un saludo a los héroes de Petersburgo! Pero ¿a quién podía servir y qué podía dar este saludo tardío? Por eso el gobierno no tomó en serio estas acciones sueltas y carentes de organización y dispersó sin gran esfuerzo al proletariado fraccionado en grupos.

Por consiguiente, la ausencia de una insurrección general organizada, la falta de organización de las acciones del proletariado fue la tercera causa del repliegue del proletariado de Petersburgo.

¿Y quién iba a organizar la insurrección general? El pueblo en su conjunto no podía encargarse de esta tarea, y la parte avanzada del proletariado –el Partido del proletariado– no estaba organizada, veíase desgarrada por las discrepancias existentes en el seno del Partido: la guerra intestina, la escisión en el interior del Partido la debilitaban de día en día. No es extraño que el joven Partido, dividido en dos, no pudiera tomar a su cargo la organización de la

insurrección general.

Por consiguiente, la falta de un partido único y cohesionado fue la cuarta causa del repliegue del proletariado.

Y, en fin, si el campesinado y las tropas no se unieron a la insurrección y no le aportaron nuevas fuerzas, ello se debió a que en aquella débil y fugaz insurrección no pudieron ver una fuerza especial, y a los débiles, como es sabido, nadie se une.

Por estas razones retrocedió el heroico proletariado de Petersburgo en enero del año pasado.

El tiempo ha seguido su marcha. El proletariado, puesto en movimiento por la crisis y por la falta de derechos, ha venido preparándose para la nueva batalla. Equivocáronse los que pensaban que las víctimas del 9 de enero apagarían en el proletariado toda voluntad de lucha; por el contrario, éste se ha preparado todavía con más ahínco y abnegación para la batalla «final», ha luchado con más valor y tenacidad aún contra las tropas y los cosacos. La insurrección de los marinos en el Mar negro y en el Báltico, la insurrección de los obreros en Odesa, en Lodz y en otras ciudades, las incesantes colisiones de los campesinos con la policía han demostrado claramente qué inextinguible fuego revolucionario arde en el pecho del pueblo.

La conciencia revolucionaria que el 9 de enero faltaba al proletariado, éste la ha ido adquiriendo con asombrosa rapidez en los últimos tiempos. Se dice que diez años de propaganda no hubieran podido dar tanto para el desarrollo de la conciencia del proletariado como han dado las jornadas de la insurrección. Y así debía ser precisamente, pues el proceso de las batallas de clases es la gran escuela en la que la conciencia revolucionaria del pueblo crece no por días, sino por horas.

La insurrección armada general, que en los primeros momentos propugnaba sólo un pequeño grupo del proletariado; la insurrección armada, ante la que algunos camaradas mantenían hasta una actitud escéptica, ha ido ganando poco a poco las simpatías del proletariado, y éste ha ido organizando febrilmente destacamentos rojos, ha ido adquiriendo armas, etc. La huelga general de octubre demostró con nitidez la posibilidad de una acción simultánea del proletariado. Así se demostró la posibilidad de una insurrección organizada, y el proletariado emprendió decididamente este camino.

Era necesario sólo un partido cohesionado, un partido socialdemócrata único en indiviso, que encabezara la organización del levantamiento general, unificase la preparación revolucionaria que se efectuaba de modo disperso en las diferentes ciudades y fuera el iniciador de la ofensiva. Tanto más por cuanto que la vida misma preparaba un nuevo auge: la crisis en la ciudad, el hambre en el campo y otras causas análogas hacían inevitable de un día para otro una nueva explosión revolucionaria. La desgracia consistió en que tal partido empezaba sólo entonces a crearse: debilitado por la escisión, el Partido se reponía y llevaba adelante la obra de la unificación.

Precisamente en ese momento ha sorprendido al proletariado de Rusia el segundo choque, la gloriosa batalla de diciembre.

Hablaremos ahora de este choque.

Si de la batalla de enero hemos dicho que le faltó conciencia revolucionaria, de la batalla de diciembre debemos decir que ahora ha existido tal conciencia. Once meses de tormenta revolucionaria habían abierto suficientemente los ojos al proletariado de Rusia en lucha, y las consignas: «¡Abajo la autocracia!», «¡Viva la república democrática!» pasaron a ser las consignas del día, las consignas de las masas. Aquí ya no veríais ni los estandartes religiosos, ni iconos, ni retratos del zar; en su lugar ondeaban las banderas rojas y se veían los retratos de Marx y Engels. Aquí no escucharíais ya el canto de los salmos ni el «Dios guarde al zar»; en su lugar resonaban «La Marsellesa» y «La Varsoviana», que ensordecían a los opresores.

Por lo tanto, en lo que afecta a la conciencia revolucionaria, la batalla de diciembre se ha diferenciado radicalmente de la de enero.

A la batalla de enero le faltó armamento; el pueblo marchó entonces inerme a la lucha.

La batalla de diciembre ha sido un paso adelante; todos los combatientes se han lanzado ahora con revólveres, fusiles, bombas, y en algunos sitios, hasta con ametralladoras, a la conquista de las armas. La consigna del día a sido conseguir armas mediante las armas. Todos las buscaban, todos sentían la necesidad de tenerlas; lo lamentable ha sido la gran escasez de armas y que sólo un número insignificante de proletarios haya podido actuar armado.

La insurrección de enero fue completamente desperdigada, careció de organización, cada uno actuaba al azar. La insurrección de diciembre también ha dado un paso adelante en este aspecto. Los Soviets de Diputados Obreros de Petersburgo y de Moscú y los centros de la «mayoría» y de la «minoría» han «tomado medidas», en cuanto ha sido posible, para que el levantamiento revolucionario fuese simultáneo: han llamado al proletariado de Rusia a desencadenar un ataque simultáneo. En cambio, durante la insurrección de enero no se hizo nada semejante. Pero como a este llamamiento no había precedido un prolongado y tenaz trabajo del Partido en la preparación de la insurrección, el llamamiento ha quedado en llamamiento y la acción ha sido de hecho desperdigada y ha carecido de organización. Sólo existía el propósito de ir a una insurrección simultánea y organizada.

La insurrección de enero fue «dirigida» principalmente por los Gapón[ 1 ]. La insurrección de diciembre ha contado en este aspecto con la ventaja de haber tenido a su frente a los socialdemócratas. Pero lo lamentable ha sido que estos últimos estaban divididos en grupos, no formaban un solo partido cohesionado, razón por la cual no podían actuar al unísono. Una vez más el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia ha llegado a la insurrección fraccionado y no preparado.

La batalla de enero no tenía ningún plan, no se regía por ninguna política determinada, no se preguntaba: ¿ofensiva o defensiva? La batalla de diciembre ha tenido tan sólo la ventaja de haberse planteado con claridad tal problema, pero únicamente en el curso de la lucha, y no en su comienzo mismo. Por lo que se refiere a la solución de este problema, la insurrección de diciembre ha revelado la misma debilidad que la de enero. Si los revolucionarios de Moscú se hubieran atenido desde el comienzo mismo a la política de ofensiva, si desde el comienzo mismo hubieran atacado, por ejemplo, la estación de Nicolás y la hubiesen tomado, entonces, naturalmente, la insurrección habría sido más prolongada y habría seguido una orientación más deseable. O, por ejemplo, si los revolucionarios letones hubiesen aplicado resueltamente una política de ofensiva y no hubieran vacilado, es indudable que se habrían apoderado en primer término de las baterías artilleras, privando así de todo apoyo a las autoridades, que al principio han dejado que los revolucionarios tomasen las ciudades y después, pasando a su vez a la ofensiva, han recuperado con ayuda de los cañones las localidades que habían perdido. Lo mismo hay que decir de otras ciudades. Por algo escribía Marx: en la insurrección triunfa la audacia, y sólo puede ser audaz hasta el fin el que se atiene a la política de ofensiva.

Esto es lo que ha originado el repliegue del proletariado a mediados de diciembre.

Si el campesinado y las tropas en su inmensa mayoría no se han incorporado a la batalla de diciembre, si esta última incluso ha suscitado descontento en ciertos círculos «democráticos», esto se debe a que ha carecido de la fuerza y la persistencia tan necesarias para propagar la insurrección y para llevarla hasta la victoria.

De lo dicho se evidencia lo que debemos hacer hoy los socialdemócratas de Rusia.

En primer lugar, nuestra tarea consiste en dar cima a la obra ya iniciada: la creación de un partido único e indiviso. Las Conferencias de toda Rusia de la «mayoría» y de la «minoría» han elaborado ya los principios orgánicos para la unificación. Ha sido aprobada la fórmula de Lenin sobre los requisitos necesarios para ser miembro del Partido y ha sido aprobado el principio del centralismo democrático. Los organismos centrales ideológicos y prácticos se han fusionado ya, y la fusión de las organizaciones locales está ya casi terminada. Sólo es necesario el Congreso de Unificación, que culmine desde el punto de vista formal la unificación lograda en la práctica y nos dé así un Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia único e indiviso.

Nuestra tarea consiste en cooperar a esta obra de tanto valor para nosotros y preparar de manera escrupulosa el Congreso de Unificación, que, como es sabido, debe inaugurarse en fecha próxima.

En segundo lugar, nuestra tarea consiste en ayudar al Partido a organizar la insurrección armada, intervenir de un modo activo en esta sagrada obra y trabajar sin descanso para ella.

Nuestra tarea consiste en multiplicar los destacamentos rojos, instruirlos y agruparlos estrechamente; nuestra tarea consiste en conseguir armas por medio de las armas, estudiar el emplazamiento de las instituciones estatales, determinar las fuerzas del enemigo, estudiar sus puntos fuertes y débiles y, de acuerdo con ello, trazar el plan de la insurrección. Nuestra tarea consiste en desarrollar una agitación sistemática en el ejército y en el campo, particularmente en las aldeas situadas cerca de las ciudades, a favor de la insurrección, armar a los elementos seguros de estas aldeas, etc., etc...

En tercer lugar, nuestra tarea consiste en desechar toda vacilación, condenar toda incertidumbre y aplicar resueltamente la política de ofensiva...

En una palabra, un partido unido, una insurrección organizada por el Partido y una política de ofensiva: he aquí lo que necesitamos hoy para la victoria de la insurrección.

Y esta tarea se hace tanto más imperiosa y apremiante cuanto más se ahonda y agudiza el hambre en el campo y la crisis industrial en la ciudad.

Algunos, por lo visto, sienten ahora dudas respecto a la razón de esta verdad elemental y dicen desesperanzados: ¿qué puede hacer el Partido, aunque esté unido, si no puede agrupar al proletariado? El proletariado –dicen– está aplastado, ha perdido las esperanzas y no está como para tomar la iniciativa. Según ellos, la salvación debemos esperarla ahora del campo, la iniciativa debe partir del campo, etc. Hay que señalar que los camaradas que discurren así, cometen un profundo error. El proletariado no está en modo alguno aplastado, porque el aplastamiento del proletariado significa su muerte, y, por el contrario, continúa vivo y se fortalece cada día. Simplemente se ha replegado para, después de acumular fuerzas, dar la batalla final al gobierno zarista.

Cuando el Soviet de Diputados Obreros de Moscú, de ese mismo Moscú que de hecho ha dirigido la insurrección de diciembre, proclamó públicamente el 15 de diciembre:

suspendemos temporalmente la lucha con el fin de prepararnos de una manera seria para levantar de nuevo la bandera de la insurrección, expresaba los anhelos íntimos de todo el proletariado de Rusia.

Y si algunos camaradas niegan, a pesar de todo, los hechos, si no cifran ya sus esperanzas en el proletariado y se aferran ahora a la burguesía del campo, cabe preguntar: ¿con quién tratamos, con socialistas revolucionarios o con socialdemócratas? Pues ningún socialdemócrata dudará de la verdad de que el dirigente efectivo (y no sólo ideológico) del campo es el proletariado urbano.

En otro tiempo se nos aseguraba que después del 17 de octubre la autocracia estaba aplastada, pero tampoco dimos crédito a tal afirmación, ya que el aplastamiento de la autocracia significa su muerte, y, lejos de morir, agrupaba nuevas fuerzas para un nuevo ataque. Nosotros afirmábamos que la autocracia no había hecho mas que replegarse. Resultó que llevábamos razón...

¡No, camaradas!

El proletariado de Rusia no está aplastado, no ha hecho más que replegarse y ahora se apresta a nuevos y gloriosos combates. El proletariado de Rusia no arriará la bandera teñida en sangre, no cederá a nadie la dirección de la insurrección, será el único jefe digno de la revolución rusa.




 

Hegemonía del proletariado o hegemonía de la burguesía democrática: así está planteada la cuestión en el Partido, en eso consisten nuestras discrepancias.

(Stalin)

 

 

SOBRE EL MOMENTO ACTUAL

1906


Para nadie es un secreto que en el desarrollo de la vida política y social de Rusia se han precisado dos caminos: el camino de las seudoreformas y el camino de la revolución. Está claro también que en el primer camino se sitúan los grandes fabricantes y terratenientes con el gobierno zarista a la cabeza, y en el segundo el campesinado revolucionario y la pequeña burguesía dirigidos por el proletariado. La crisis que se desarrolla en las ciudades y el hambre en el campo hacen ineludible un nuevo estallido; por consiguiente, aquí son inadmisibles las vacilaciones: o la revolución va en ascenso, y nosotros debemos llevarla hasta el fin, o va en descenso, y nosotros no podemos ni debemos plantearnos tal tarea. Y en vano piensa Rudenko que no es dialéctico tal planteamiento. Rudenko busca una línea intermedia, quiere decir que la revolución va en ascenso y no va en ascenso, que hay que llevarla hasta el fin y no hay que llevarla hasta el fin, ya que la dialéctica, a su juicio, ¡obliga precisamente a plantear así la cuestión! Nosotros no concebimos de tal modo la dialéctica de Marx...

Así, pues, nos hallamos en vísperas de un nuevo estallido, la revolución va en ascenso, y nosotros debemos llevarla hasta el fin. En esto convenimos todos. Pero ¿en qué situación podemos y deberlos hacerlo: en una situación de hegemonía del proletariado o en una situación de hegemonía de la democracia burguesa? He ahí donde comienza la divergencia fundamental.

El camarada Martínov decía ya en «Dos dictaduras» que la hegemonía del proletariado en la actual revolución burguesa es una perniciosa utopía. En su discurso de ayer se trasluce la misma idea. Los camaradas que le aplaudieron están, por lo visto, conformes con él. Si ello es cierto, si, en opinión de los camaradas mencheviques, no nos hace falta la hegemonía del proletariado, sino la hegemonía de la burguesía democrática, entonces es de por sí evidente que no debemos participar de modo directo y activo ni en la organización de la insurrección armada ni en la conquista del Poder. Tal es el «esquema» de los mencheviques.

Y al contrario, si los intereses de clase del proletariado conducen a su hegemonía, si el proletariado no debe ir a la zaga, sino a la vanguardia de la presente revolución, es de por sí evidente que el proletariado no puede renunciar ni a tomar parte activa en la organización de la insurrección armada, ni a la conquista del Poder. Tal es el «esquema» de los bolcheviques.

Hegemonía del proletariado o hegemonía de la burguesía democrática: así está planteada la cuestión en el Partido, en eso consisten nuestras discrepancias.



 

 


La defensiva es la muerte de toda insurrección armada.

MARX Y ENGELS ACERCA DE LA INSURRECCIÓN


el 13 de julio de 1906


El menchevique N. J. sabe que la audacia todo lo puede y... tiene la audacia de acusar una vez más de blanquismo a los bolcheviques (v. «Simartle», núm. 7).

Eso, naturalmente, no tiene nada de extraño. Los oportunistas alemanes Bernstein y Vollmar hace mucho tiempo que tildan de blanquistas a Kautsky y Bebel.

Los oportunistas franceses Jaurés y Millerand hace mucho tiempo que acusan de blanquismo y jacobinismo a Guesde y Lafargue. A pesar de ello, todo el mundo sabe que Bernstein, Millerand, Jaurés y otros son oportunistas, que traicionan el marxismo, mientras que Kautsky, Bebel, Guesde, Lafargue y otros son marxistas revolucionarios.

¿Qué tiene, pues, de extraño que los oportunistas de Rusia y su secuaz N. J. imiten a los oportunistas de Europa y nos llamen blanquistas? Esto significa, ni más ni menos, que los bolcheviques, a semejanza de Kautsky y Guesde, son marxistas revolucionarios.

Aquí podríamos dar por terminada la polémica con N. J. Pero éste «ahonda» en el problema e intenta demostrar que tiene razón. Así, pues, escuchémosle para que no se ofenda.

N. J. no está de acuerdo con la siguiente opinión de los bolcheviques:

«Admitamos que las masas de las ciudades están impregnadas de odio al gobierno, que siempre están dispuestas a alzarse a la lucha, si se les presenta la ocasión. Ello significa que cuantitativamente estamos ya preparados. Pero eso por sí solo es insuficiente. Para ganar la insurrección, es indispensable trazar de antemano el plan de lucha, elaborar de antemano la táctica de la batalla, es indispensable contar con destacamentos organizados, etc.» (v. «Ajali Tsjovreba», núm. 6).

N. J. No está de acuerdo. ¿Por qué? ¡Porque eso, a su modo de ver, es blanquismo! Es decir, N. J. no quiere ni una «táctica de la batalla», ni «destacamentos organizados», ni una acción organizada: resulta que todo esto carece de importancia y es superfluo. Los bolcheviques dicen que, por sí solo, «el odio al gobierno es insuficiente», que la conciencia, por sí sola, «es insuficiente», que es necesario, además contar con «destacamentos y una táctica de la batalla». N. J. rechaza todo eso, motejándolo de blanquismo.

Tengámoslo presente y sigamos adelante.

A N. J. No le gusta la siguiente idea de Lenin:

«Debemos recoger la experiencia de las insurrecciones de Moscú, del Donetz, de Rostov, y otras, difundir esta experiencia, preparar tenaz y pacientemente nuevas fuerzas de combate, instruirlas y templarlasen diversas acciones combativas de guerrilla. Es posible que el nuevo estallido no sobrevenga todavía en la primavera, pero se avecina, y, con toda probabilidad, no se halla muy lejano. Y cuando llegue, debemos estar armados, organizados a la manera militar, capaces de emprender acciones ofensivas enérgicas» (v. «Partiinie Izvestia»).

N. J. no está de acuerdo con esta idea de Lenin. ¿Por qué? ¡Porque esto, a su modo de ver, es blanquismo!

Así, pues, a juicio de N. J. resulta que nosotros no debemos «recoger la experiencia de la insurrección de diciembre», no debemos «difundirla». Ciertamente, el estallido se aproxima, pero, a juicio de N. J., «cuando llegue» no debemos «estar armados», no debemos prepararnos para «emprender acciones ofensivas enérgicas».

¿Por qué?

¡Tal vez porque inermes y no preparados alcanzaremos antes la victoria! Los bolcheviques dicen que se puede esperar un estallido y, por lo mismo, nuestro deber es prepararnos, tanto en el sentido de la conciencia, como en el sentido del armamento. N. J. sabe que se puede esperar un estallido, pero no admite nada fuera de la agitación verbal y, por eso, duda de la necesidad del armamento, lo considera superfluo. Los bolcheviques dicen que a una insurrección comenzada espontáneamente y desperdigada, hay que infundirle conciencia y organización. N. J. Tampoco lo admite, porque, a su modo de ver, eso es blanquismo. Los bolcheviques dicen que en un momento determinado son imprescindibles «acciones ofensivas enérgicas». Ni la energía ni las acciones ofensivas le gustan a N. J.: todo eso, a su modo de ver, es blanquismo.

Tengamos presente todo lo dicho y veamos qué opinaban Marx y Engels de la insurrección armada.

He aquí lo que escribía Marx en los años del 50:

«Una vez comenzada la insurrección, hay que obrar con la mayor decisión y pasar a la ofensiva. La defensiva es la muerte de toda insurrección armada... Hay que sorprender al adversario mientras sus fuerzas estén aún dispersas; hay que conseguir nuevos éxitos, aunque sean pequeños, pero a diario; hay que mantener la superioridad moral que brinda el primer movimiento eficaz de los insurrectos; hay que atraerse a los elementos vacilantes que siguen siempre a la parte más fuerte y que siempre buscan el lado más seguro; hay que obligar al enemigo a retroceder, antes de que pueda reunir sus fuerzas; en suma, para decirlo con las palabras de Dantón, el más grande maestro de la táctica revolucionaria que conoce la historia:

¡Audacia, audacia y siempre audacia!» (v. C. Marx «Ensayos Históricos», pág. 65).

Así hablaba Carlos Marx, el más grande de los marxistas.

6 Cita el artículo de V. I. Lenin «La situación actual de Rusia y la táctica del Partido Obrero» (v. Obras, t. 10, págs. 98-99, 4ª ed. en ruso). El artículo fue impreso en «Partiinie Izvestia» («Noticias del Partido»), órgano del C.C. unificado del P.O.S.D.R. «Partiinie Izvestia» se editó clandestinamente en

Petersburgo en vísperas del IV Congreso («Congreso de Unificación») del Partido. Salieron dos números:

el primero el 7 de febrero y el segundo el 20 de marzo de 1906.

7 C. Marx y F. Engels, «Revolución y contrarrevolución en Alemania». Véase: K. Marx, Selected Works in two volumes, vol. II, Moscow-Leningrad, 1936, p. 135.


Como veis, a juicio de Marx, quien desee la victoria de la insurrección debe seguir el camino de la ofensiva. Y nosotros sabemos que quien sigue el camino de la ofensiva debe contar con armamento, conocimientos militares y destacamentos instruidos: sin ello es imposible la ofensiva. Por lo que se refiere a las acciones ofensivas audaces, éstas, a juicio de Marx, son la espina dorsal de toda insurrección. N. J., en cambio, ridiculiza las acciones ofensivas audaces, y la política de ofensiva, y los destacamentos organizados, y la difusión de los conocimientos imitares: ¡todo esto es, a su modo de ver, blanquismo! ¡Resulta que N. J. es marxista y Marx blanquista! ¡Pobre Marx! ¡Si pudiera levantarse de la tumba y oír los balbuceos de N. J.!

¿Y Engels? ¿Qué dice de la insurrección? Engels, hablando en un pasaje de uno de sus folletos sobre la insurrección española, después de rebatir a los anarquistas añade:

«Esta insurrección, aunque iniciada de un modo descabellado, tenía aún grandes perspectivas de éxito si se la hubiera dirigido con un poco de inteligencia, siquiera hubiese sido al modo de los pronunciamientos militares españoles, en que la guarnición de una plaza se subleva, va sobre la plaza más cercana, arrastra consigo a su guarnición, preparada de antemano, y, creciendo como un alud, avanza sobre la capital, hasta que una batalla afortunada o el paso a su campo de las tropas enviadas contra ella decide el triunfo. Tal método era especialmente adecuado en esta ocasión. Los insurrectos se hallaban organizadosen todas partes desde hacía mucho tiempo en batallones de voluntarios (oye usted, camarada, Engels habla ¡de batallones!), cuya disciplina era, a decir verdad, pésima, pero no peor, seguramente, que la de los restos del antiguo ejército español, descompuesto en su mayor parte. La única fuerza de confianza de que disponía el gobierno era la Guardia Civil, y ésta se hallaba desperdigada por todo el país. Ante todo había que impedir la concentración de los guardias civiles y, para ello, no existía mas recurso que tomar la ofensiva y aventurarse a campo abierto... (¡atención, atención, camaradas!). Y, si se quería vencer, no había otro camino...» Después Engels fustiga a los bakunistas, que proclamaron como su principio lo que podía haber sido evitado: «precisamente la atomización y el aislamiento de las fuerzas revolucionarias, que permitió a unas y las mismas tropas del gobierno ir aplastando un alzamiento tras otro» (v. «Los bakunistas en acción» de Engels).

Así hablaba el conocido marxista Federico Engels...

Batallones organizados, política de ofensiva, organización de la insurrección, unión de los diversos levantamientos: he ahí lo que, a juicio de Engels, es indispensable para la victoria de la insurrección.

¡Resulta que N. J. es marxista y Engels blanquista! ¡Pobre Engels!

Como veis, N. J. no conoce el punto de vista de Marx y Engels sobre la insurrección.

Esto por sí solo no sería nada. Declaramos que la táctica proclamada por N. J. rebaja y de hecho niega la importancia del armamento, de los destacamentos rojos, de los conocimientos militares. Esta táctica es la táctica de la insurrección sin armas. Esta táctica nos lleva a la «derrota de diciembre». ¿Por qué en diciembre no tuvimos armas, destacamentos, conocimientos militares, etc.? Porque en el Partido había alcanzado una gran difusión la táctica de camaradas como N. J. ...


Pero el marxismo y la vida práctica desmienten por igual semejante táctica sin armas.

Así hablan los hechos.


 

 

La unión de la burguesía puede ser quebrantada sólo por la unión del proletariado. (C. Marx).

LA LUCHA DE CLASES

el 14 de noviembre de 1906

¡Extraordinariamente compleja es la vida contemporánea! Ofrece un abigarrado conjunto de clases y grupos diferentes: la burguesía grande, media y pequeña; los feudales grandes, medios y pequeños; los oficiales, los peones y obreros fabriles calificados; el clero alto, medio y bajo; la burocracia alta, media y pequeña; la heterogénea intelectualidad y otros grupos análogos. ¡Tal es el abigarrado cuadro que presenta nuestra vida!

Pero es también evidente que cuanto más se desarrolla la vida, con tanta mayor diafanidad se manifiestan en esta compleja vida dos tendencias fundamentales, tanto más acentuadamente se divide esta compleja vida en dos campos opuestos: el campo de los capitalistas y el campo de los proletarios. Las huelgas económicas de enero (1905) mostraron con nitidez que Rusia se divide realmente en dos campos. Las huelgas de noviembre en Petersburgo (1905) y las huelgas de junio y julio en toda Rusia (1906) han enfrentado a los jefes de uno y otro campo y han dejado así por completo al descubierto las modernas contradicciones de clase. Desde entonces, el campo de los capitalistas no se duerme, en este campo llévanse a cabo febriles e incesantes preparativos: se constituyen asociaciones locales de capitalistas, las asociaciones locales se unen en asociaciones regionales, las asociaciones regionales en asociaciones de toda Rusia, se fundan cajas y órganos de prensa, se convocan congresos y conferencias de capitalistas de toda Rusia...

Así, pues, los capitalistas se organizan en clase aparte con el fin de reprimir al proletariado.

Por otro lado, tampoco se duerme el campo de los proletarios. En él se efectúan asimismo febriles preparativos para la lucha que se avecina. A pesar de las persecuciones de la reacción, en él también se fundan sindicatos locales, los sindicatos locales se unen en sindicatos regionales, fundándose cajas de resistencia, aumenta la prensa sindical, se convocan congresos y conferencias de los sindicatos obreros de toda Rusia...

Como se ve, también los proletarios se organizan en clase aparte con el fin de poner freno a la explotación.

Hubo un tiempo en que «la paz y la tranquilidad» reinaban en la vida. Entonces no se veían estas clases, con sus organizaciones de clase. Naturalmente, también entonces había lucha, pero esta revestía un carácter local y no un carácter general de toda la clase: los capitalistas no tenían sus asociaciones, y cada uno de ellos veíase precisado a entendérselas con «sus» obreros valiéndose de sus propias fuerzas. Tampoco los obreros tenían tales asociaciones, y, por consiguiente, los obreros de cada fábrica veíanse precisados a contar con sus propias fuerzas. Cierto, las organizaciones locales socialdemócratas ejercían la dirección de la lucha económica de los obreros, pero todo el mundo convendrá en que esta dirección era débil y ocasional: las organizaciones socialdemócratas no conseguían ni siquiera solventar los asuntos del Partido.


Ahora bien, las huelgas económicas de enero marcan un viraje. Los capitalistas, sobresaltados, se han puesto en movimiento y han comenzado a organizar asociaciones locales. Las asociaciones de capitalistas de Petersburgo, de Moscú, de Varsovia, de Riga y de otras ciudades tienen por origen las huelgas de enero. En cuanto a los capitalistas de la industria del petróleo, del manganeso, del carbón y del azúcar, han convertido sus viejas y «pacíficas» asociaciones en asociaciones «de lucha» y han comenzado a afianzar sus posiciones. Sin embargo, a los capitalistas no les bastaba con eso. Decidieron formar una asociación de toda Rusia, y en marzo de 1905, por iniciativa de Morózov, se reunieron en el Congreso general de Moscú, que fue el primer Congreso de los capitalistas de toda Rusia. En él han concertado un acuerdo en virtud del cual se comprometen a no hacer concesiones a los obreros sin haber llegado a una inteligencia entre sí, y en caso «extremo» a declarar el lockout. Este momento marca el comienzo de una lucha encarnizada de los capitalistas contra los proletarios. Este momento marca el comienzo de un período de grandes lockouts en Rusia. Para una lucha seria es precisa una asociación seria, y los capitalistas decidieron reunirse de nuevo para crear una asociación más estrechamente unida. Así, en Moscú, tres meses después del primer Congreso (en julio de 1905), fue convocado el segundo Congreso de los capitalistas de toda Rusia. En él ratificaron una vez más las resoluciones del primer Congreso, reconocieron una vez más la necesidad de los lockouts y eligieron un Buró que debía redactar los estatutos y encargarse de la convocatoria de un nuevo Congreso. Al mismo tiempo poníanse den práctica las resoluciones de los Congresos. Los hechos han demostrado que los capitalistas cumplen con exactitud estas resoluciones. Si recordáis los lockouts declarados por los capitalistas en Riga, en Varsovia, en Odesa, en Moscú y en otras grandes ciudades, si recordáis las jornadas de noviembre en Petersburgo, en que setenta y dos capitalistas amenazaron con un cruel lockout a 200.000 obreros, comprenderéis fácilmente qué gran fuerza representa la asociación de los capitalistas de toda Rusia y con qué exactitud cumplen éstos los acuerdos de su asociación. Más tarde, después del segundo Congreso, los capitalistas organizaron otro Congreso (en enero de 1906), y, por último, en abril de este año se ha celebrado ya el Congreso inaugural de la asociación de los capitalistas de toda Rusia, en el que han sido adoptados los estatutos únicos y elegido un Buró central. Según comunican los periódicos, dichos estatutos han sido aprobados ya por el gobierno.

Así, pues, no hay duda de que la gran burguesía de Rusia se ha organizado ya en clase aparte, tiene sus entidades locales, regionales y central y puede, con arreglo a un plan único, poner en pie a los capitalistas de toda Rusia.

Rebajar el salario, prolongar la jornada de trabajo, debilitar al proletariado y destruir sus organizaciones: tal es la finalidad de la asociación general de los capitalistas.

Al mismo tiempo, ha ido ascendiendo y desarrollándose el movimiento sindical de los obreros. Las huelgas económicas de enero (1905) han ejercido también aquí su influencia. El movimiento ha adquirido un carácter de masas, sus demandas se han ampliado, y en el curso del tiempo se ha visto que las organizaciones socialdemócratas no pueden llevar simultáneamente los asuntos del Partido y los asuntos sindicales. Era necesaria una especie de división del trabajo entre el Partido y los sindicatos. Era necesario que dirigiesen los asuntos del Partido las organizaciones del Partido, y los sindicatos, los asuntos sindicales. Y entonces ha comenzado la organización de los sindicatos. En Moscú, en Petersburgo, en Varsovia, en Odesa, en Riga, en Járkov, en Tiflís, en todas partes se han ido fundando sindicatos. Es cierto que la reacción ha opuesto obstáculos, pero las necesidades del movimiento han prevalecido y los sindicatos han ido multiplicándose. Poco después de los sindicatos locales han aparecido los sindicatos regionales, y, por último, la cosa ha llegado hasta el punto de que en septiembre del año pasado fue convocada una Conferencia de sindicatos de toda Rusia, la primera Conferencia de sindicatos obreros. Fruto de dicha Conferencia, entre otras cosas, ha sido acercar entre sí a los sindicatos de diferentes ciudades y, por último, elegir un Buró central encargado de preparar la convocatoria de un Congreso general de sindicatos. Vienen después las jornadas de octubre y los sindicatos duplican sus fuerzas.

Los sindicatos locales y, por último, los sindicatos regionales han ido aumentando de día en día. Es cierto que la «derrota de diciembre» ha frenado visiblemente la formación de sindicatos, pero después al movimiento sindical se rehace, y las cosas se arreglan hasta tal punto que en febrero de este año es convocada la segunda Conferencia de sindicatos, con una representación mucho más amplia y completa que la primera. La Conferencia ha reconocido la necesidad de construir organismos centrales en las localidades y regiones y un organismo central de toda Rusia, ha elegido una «comisión de organización» para la convocatoria del proyectado Congreso de toda Rusia y ha adoptado las resoluciones pertinentes respecto a los problemas palpitantes del movimiento sindical.

Así, pues, es indudable que, a pesar del desenfreno de la reacción, el proletariado también se organiza en clase aparte, fortalece infatigablemente sus organizaciones sindicales locales, regionales y central y, asimismo, trata infatigablemente de unir contra los capitalistas a sus innumerables hermanos de clase.

Conseguir el aumento del salario, la reducción de la jornada de trabajo, la mejora de las condiciones de éste, poner freno a la explotación y socavar las asociaciones de los capitalistas: tal es la finalidad de los sindicatos obreros.

De tal forma, la sociedad contemporánea se escinde en dos grandes campos, cada uno de los cuales se organiza en clase aparte, la lucha de clases entablada entre ellos se ahonda y recrudece de día en día, y en torno a estos dos campos reúnense todos los demás grupos.

Marx decía que toda lucha de clases es una lucha política. Esto significa que si hoy los proletarios y los capitalistas sostienen entre sí una lucha económica, mañana tendrán que sostener, además, una lucha política y, de este modo, defender sus intereses de clase mediante una lucha de doble carácter. Los capitalistas tienen sus intereses profesionales privados. Precisamente para garantizar estos intereses, existen sus organizaciones económicas. Pero, además de los intereses profesionales privados, tienen intereses generales de clase, que consisten en fortalecer el capitalismo. Precisamente para defender estos intereses generales necesitan la lucha política y un partido político.

Los capitalistas de Rusia han resuelto este problema de manera muy sencilla: vieron que el único partido que defendía «franca e intrépidamente» sus intereses era el partido de los octubristas, por lo cual decidieron agruparse alrededor de este partido y subordinarse a su dirección ideológica. Desde entonces los capitalistas sostienen su lucha política bajo la dirección ideológica de este partido, con cuya ayuda ejercen influencia sobre el actual gobierno (que clausura los sindicatos obreros, pero, en cambio, autoriza apresuradamente las asociaciones de los capitalistas), llevan a los candidatos de dicho partido a la Duma, etc., etc.

Es decir, lucha económica con ayuda de asociaciones, lucha general política bajo la dirección ideológica del partido de los octubristas: tal es la forma que adopta hoy la lucha de clase de la gran burguesía.

Por otra parte, fenómenos análogos se observan también actualmente en el movimiento de clase del proletariado. Para defender los intereses profesionales de los proletarios de constituyen sindicatos, que luchan por el aumento del salario y la reducción de la jornada de trabajo, etc. Pero, además de los intereses profesionales, los proletarios tienen intereses generales de clase, que consisten en la revolución socialista y en la implantación del socialismo. Ahora bien, es imposible llevar a cabo la revolución socialista mientras el proletariado no conquiste la dominación política como clase única e indivisa. Para eso precisamente necesita el proletariado la lucha política y un partido político que ejerza la dirección ideológica de su movimiento político. Naturalmente, los sindicatos obreros son, en su mayor parte, sin-partido y neutrales. Pero esto no significa sino que son independientes de los partidos tan sólo en el sentido financiero y en el sentido de la organización, es decir, tienen sus cajas propias, tienen sus órganos directivos propios, celebran sus congresos propios y desde un punto de vista formal no están obligados a someterse a las decisiones de los partidos políticos. Por lo que se refiere a la dependencia ideológica de los sindicatos respecto a este o el otro partido político, tal dependencia ha de existir indudablemente y no puede dejar de existir, aunque sólo sea, entre otras razones, porque los sindicatos se componen de miembros de distintos partidos, que inevitablemente han de llevar a ellos sus convicciones políticas.

Está claro que si el proletariado no puede prescindir de la lucha política, tampoco puede prescindir de la dirección ideológica de este o el otro partido político. Es más, él mismo debe buscar un partido que conduzca dignamente sus sindicatos a la «tierra de promisión», al socialismo. Pero en esto el proletariado debe estar alerta y obrar con cautela. Debe inquirir con atención en el bagaje ideológico de los partidos políticos y aceptar libremente la dirección ideológica de aquel partido que defienda con valor y consecuentemente sus intereses de clase, mantenga en alto la bandera roja del proletariado y le conduzca con audacia a la dominación política, a la revolución socialista.

Hasta ahora este papel es desempeñado por el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, y, consecuentemente, la tarea de los sindicatos estriba en aceptar su dirección ideológica.

Como es sabido, así ocurre precisamente en la realidad.

Así, pues, batallas económicas con ayuda de los sindicatos, ataques políticos bajo la dirección ideológica de la socialdemocracia: tal es la forma que ha adoptado hoy la lucha de clase del proletariado.

No cabe duda de que la lucha de clases ha de avivarse con fuerza creciente. La tarea del proletariado consiste en introducir en su lucha el sistema y el espíritu de organización. Mas para ello es necesario fortalecer los sindicatos y unirlos, en lo que podría prestar un gran servicio el Congreso de sindicatos de toda Rusia. Ahora no necesitamos un «Congreso obrero sin-partido», sino un Congreso de los sindicatos obreros, para que el proletariado se organice en una clase única e indivisa. Y, al mismo tiempo, el proletariado debe procurar por todos los medios consolidar y fortalecer el partido que ha de ejercer la dirección ideológica y política de su lucha de clase.



 

 

 

"Bloody Sunday"

January 9, 1905

 

 

 

 

Domingo Sangriento frente al Palacio de Invierno
9 (22) de enero de 1905

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Eternal glory to The Potemkin.

 

Eisenstein - Video - Russian Revolution 1905

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIDEOS

The first revolution of 1905

(Video)

 

Heroic Presnya .1905

(Video - Historical and Memorial Museum "Presnya".)

 

The first revolution of 1905

(pictures - video)

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Bloody Sunday January 9, 1905

(pictures - video

 

 

 

en lengua alemana

Las enseñanzas de la insurrección en Rusia en 1905

escrito en 06 de marzo 2005

WOLFGANG EGGERS

 

Extracto del libro de texto


Sobre los fundamentos marxistas-leninistas de

Ciencia Militar

 


Über die Frage des Aufstandes muss man ernsthaft, ohne liberales Gekicher sprechen, wie Lenin sich einmal ausdrückte.

Einer offenen Behandlung der Frage des Aufstandes auszuweichen – das ist von jeher und stets das Bestreben unserer Opportunisten gewesen“ (Lenin, Band 11, Seite 147).

Der Aufstand

Der Marxismus-Leninismus untersucht die Frage des Aufstandes methodisch mit Hilfe des dialektischen und historischen Materialismus. Er analysiert die Bedingungen des wirklichen Aufstandes, wie er geführt wurde und geführt wird. Wer nimmt den Aufstand in Angriff und wer vollzieht ihn? Die marxistisch-leninistische Methode verlangt festzustellen, welche Interessen welcher Klassen den Umsturz erfordern, welche materiellen Bedingungen den revolutionären Aufstand hervorrufen, welche Zusammenhänge und Beziehungen zwischen dem „zu Stürzenden“ und den „Stürzenden“ bestehen. Man darf das ABC des Marxismus-Leninismus nicht vergessen und muss zuallererst auf Grund der tatsächlich vorhandenen revolutionären Bewegung festzustellen versuchen, welche Klassen durch den Gang der revolutionären Bewegung selbst, häufig unabhängig von ihrem „Bewusstsein“ gezwungen werden, die Machtinstitutionen zu stürzen, die ihnen im Wege stehen. Die Geschichte der Aufstände in allen Ländern der Welt enthält genügend Beispiele wie dort die Machtinstitutionen gestürzt wurden und die uns also verallgemeinernd dabei hilft, über den weltrevolutionären, völligen Sturz der zentralen Macht des Weltimperialismus nachzudenken und die richtigen Schlussfolgerungen und Lehren zu ziehen. Die marxistisch-leninistische militärische Wissenschaft beschäftigt sich also mit den militärischen Gesetzen internationaler Aufstände.

Lenin lehrte: Es ist einer Arbeiterpartei unwürdig, mit dem Aufstand zu spielen“; „Zum Aufstand aufzurufen, ohne sich militärisch ernsthaft auf ihn vorzubereiten, ohne an ihn zu glauben, wäre ein unwürdiges Spiel mit dem Aufstand“ (Lenin, Band 10, Seite 134 und 135).

Vorzeitige Aufstandsversuche wären der Gipfel der Unvernunft. Die proletarische Avantgarde muss begreifen, dass die grundlegenden Voraussetzungen für einen reichtzeitigen – d.h. siegreichen – bewaffneten Aufstand in Russland die Unterstützung der Arbeiterklasse durch die demokratische Bauernschaft und die aktive Beteiligung der Armee sind. (...) Ohne eine illegale Partei lässt sich diese Arbeit nicht durchführen und hat es gar keinen Zweck darüber zu sprechen. (...) Das Anwachsen der Massenstreiks, die Einbeziehung anderer Klassen in den Kampf, der Zustand der Organisationen, die Stimmung der Massen – all das wird von selbst den Moment zeigen, da sich alle Kräfte im einmütigen, entschlossenen, offensiven, rückhaltlos kühnen Vorstoß der Revolution gegen die Zarenmonarchie werden vereinigen müssen. Ohne siegreiche Revolution wird es in Russland keine Freiheit geben. Ohne Sturz der Zarenmonarchie durch den Aufstand des Proletariats und der Bauernschaft wird es in Russland keine siegreiche Revolution geben“ (Lenin, Band 18, Seite 98/99).

Aufstand – das ist ein sehr großes Wort. Die Aufforderung zum Aufstand ist eine äußerst ernste Aufforderung. Je komplizierter die Gesellschaftsordnung wird, je höher die Organisation der Staatsmacht und je vollkommener die Militärtechnik ist, desto unzulässiger ist es, eine solche Losung leichtsinnig auszugeben. Und wir haben mehr als einmal gesagt, dass die revolutionären Sozialdemokraten die Aufstellung dieser Losung seit langem vorbereitet, sie aber als direkte Aufforderung erst dann ausgegeben haben, als es keinen Zweifel mehr geben konnte über den Ernst, die Breite und die Tiefe der revolutionären Bewegung, keinen Zweifel darüber, dass die Dinge im wahren Sinne dieses Wortes ihrer Entscheidung zutreiben. Mit großen Worten muss man behutsam umgehen. Die Schwierigkeiten, sie in große Taten umzusetzen, sind kolossal. Doch eben deshalb wäre es unverzeihlich, wollte man über die Schwierigkeiten mit Phrasen hinweggehen (...)“ (Lenin, Band 9, Seite 366). „Diese Losung darf nicht ausgegeben werden, solange die allgemeinen Bedingungen des Umsturzes nicht herangereift sind, solange die Erregung und die Bereitschaft der Massen zur Tat nicht klar zu Tage getreten sind und solange die äußeren Umstände nicht zu einer offenkundigen Krise geführt haben. Ist aber eine solche Losung erst einmal aufgestellt, so wäre es geradezu schmählich, vor ihr wieder zurückzuschrecken und sich wieder mit der moralischen Kraft, mit einer der Bedingungen, die dem Aufstand den Boden bereiten, mit einem der `möglichen Übergänge`[Lenin meint hier die friedlichen, opportunistischen Übergänge – Anmerkung des Verfassers] usw.usf. zu begnügen. Nein, sind die Würfel einmal gefallen, so muss man alle Ausflüchte beiseite lassen, so muss man den breitesten Massen direkt und offen erklären, welches jetzt die praktischen Bedingungen des erfolgreichen Umsturzes sind“ (Lenin, Band 9, Seite 367-368).

Lenin definiert den Aufstand ( u.a.) als die energischste, die einheitlichste und zweckmäßigste `Antwort` des gesamten Volkes an die Regierung“ (Lenin, Band 5, Seite 537)... „im Augenblick der größten Kopflosigkeit der Regierung, im Augenblick der größten Erregung des Volkes“ (Lenin, Band 8, Seite 11). Lenin bezeichnete den bewaffneten Aufstandals die von der Bewegung erreichte höchste Form des Kampfes“ (Lenin, Band 10, Seite 135). Lenin definierte die Formen des Aufstandes als besondere Formen der Revolution (siehe Lenin, Band 11, Seite 342). Ferner:Aufstand ist Bürgerkrieg, ein Krieg aber erfordert eine Armee“ (Lenin, Band 9, Seite 214). „Die Losung des Aufstandes bedeutet, dass die Frage durch die materielle Kraft entschieden wird (...) nur die militärische Kraft“ (Lenin, Band 9, Seite 367). Welche Kräfte sind es aber, die zusammen die revolutionäre Armee bilden? Lenin zählte auf, woraus 1905 die militärischen Kräfte des Volkes bestanden:

1. aus dem bewaffneten Proletariat und der bewaffneten Bauernschaft, 2. aus den organisierten Vortrupps der Vertreter dieser Klassen, 3. aus den Truppenteilen, die bereit sind, auf die Seite des Volkes überzugehen. Das alles macht zusammen die revolutionäre Armee aus“ (Lenin, Band 9, Seite 365). Hier haben wir also die klassische marxistisch-leninistische Definition der Zusammensetzung der revolutionären Armee: Hammer, Sichel und Gewehr!!! Und davon lassen sich heute noch die marxistisch-leninistischen Parteien, die Kommunistische Internationale leiten, das ist in allen wichtigen Dokumenten ausgedrückt und hundertfach wiederholt worden: Wir können und dürfen die Hoffnung nicht aufgeben, dass es schließlich gelingen wird, die drei einzelnen Ströme von Aufständen – der Arbeiter, der Bauern und des Militärs – zum einheitlichen siegreichen Aufstand zusammenfließen zu lassen“ (Lenin, Band 10, Seite 106).

Der Aufstand pocht an die Tore, wenn die Revolution bereits herangereift ist, wenn die Offensive mit Volldampf eingesetzt hat und die Heranziehung der Reserven an die Avantgarde die entscheidende Bedingung für den Erfolg ist (Stalin, Band 6, Seite 138). Der Aufstand tritt in Erscheinung auf einer hohen Stufe der Entwicklung der Revolution, wenn die Stärke der revolutionären Kräfte einen solchen Höhepunkt erreicht haben, dass sie sich gewaltsam entladen müssen. Alle bisherigen Kampfformen, wie die wachsende Zahl und Größe von Massendemonstrationen in immer kürzeren Abständen und schließlich in Steigerung ihrer unmittelbaren Aufeinanderfolgen, ökonomische und politische Massenstreiks, Überschreitungen der Legalität, Zusammenstöße mit der Konterrevolution im ganzen Land ( Konzentration auf den Höhepunkt, Sammlung der Kräfte, ohne sich vorher schon von den Provokationen der Konterrevolution aufreiben zu lassen, Festsetzen von Teilaufständen, Herausbildung eines aufständischen Zentrums, Aufstand wächst in die Tiefe und in die Breite; einzelne Ausbrüche fügen sich zu dem Bild einer auflodernden Feuersbrunst zusammen!) , Generalstreik usw. usf. kulminieren, erhitzen sich, verschmelzen ineinander, um in ihren höchsten Aggregatzustand der Revolution, in den bewaffneten Volksaufstand direkt überzugehen und damit in eine qualitativ neue, auf dem Spitzpunkt des Klassenkampfes sprungartig umzuschlagen von einer Kraft, die sich schon nicht mehr ausschließlich auf das Abschütteln des unerträglich gewordenen Jochs, auf die Befreiungsbewegung von den alten Fesseln der Lohnsklaverei und des Massenelends, in eine Kraft, die sich im selben Moment ganz von selbst auf die Tagesordnung stellt: die neuen revolutionären Macht der Diktatur des Proletariats. Ob dieses Macht nun siegen oder wieder fallen wird, ist eine andere Frage, die von vielen Bedingungen abhängt. Entscheidend aber wird auf jeden Fall sein, wie das Proletariat seine Macht organisiert, worauf es sich stützt, wie es seine Macht festigt, inwieweit es sich eine Atempause gönnen kann, um seine enorm verausgabten Kräfte wieder zu reaktivieren und wie weit es auf der anderen Seite dem Gegener gelingt oder nicht gelingt, den Aufstand durch Sammlung und Konzentrierung seiner Kräfte und Reserven wieder niederzuschlagen. Das Schicksal der Weltgeschichte hängt in solchen dramtischen Situationen für den Bruchteil einer Sekunde sozusagen wie ein Zünglein an der Waage.

Niemand kann sich unbedingt verbürgen, dass er [Lenin meint hier den unvorbereiteten, spontanen, zersplitterten Aufstand – Anmerkung des Verfassers] bis zum umfassenden und einheitlichen bewaffneten Volksaufstand voranschreiten wird, denn das hängt sowohl vom Zustand der revolutionären Kräfte ab ( die man nur im Kampfe selbst ganz ermessen kann) als auch von der Haltung der Regierung und der Bourgeoisie sowie von einer Reihe anderer Umstände, die nicht genau errechnet werden können“ (Lenin, Band 9, Seite 57). Und Lenin betonte ferner,dass sich der revolutionäre Augenblick von den gewöhnlichen, alltäglichen, vorbereitenden historischen Zeitabschnitten eben dadurch unterscheidet, dass die Stimmung, die Erregung, die Überzeugung der Massen in der Aktion in Erscheinung treten müssen und tatsächlich in Erscheinung treten. Der vulgäre Revolutionarismus versteht nicht, dass auch das Wort eine Tat ist; dieser Grundsatz ist unbestreitbar in seiner Anwendung auf die Geschichte überhaupt oder auf jene Epochen der Geschichte, wenn es keine offene politische Aktion der Massen gibt, die ja durch keinerlei Putsch ersetzt oder künstlich hervorgerufen werden kann. Die Revolutionäre der Nachtrabpolitik verstehen nicht, dass zu einer Zeit, da der revolutionäre Augenblick angebrochen ist, da der alte `Überbau` in allen Fugen kracht, da die offene politische Aktion der Klassen und Massen, die sich einen neuen Überbau schaffen, zur Tatsache geworden ist, da der Bürgerkrieg begonnen hat – dass es dann Lebensfremdheit, Todesstarre, Räsoniererei oder aber Verrat an der Revolution und Fahnenflucht ist, wenn man sich wie in alter Zeit auf das `Wort` beschränkt, ohne die direkte Losung des Übergangs zur `Tat` auszugeben“ (Lenin, Band 9, Seite 58-59).

Der dialektische Prozess der Entwicklung bringt wirklich schon im Schoße des Kapitalismus Elemente der neuen Gesellschaft hervor, sowohl materielle als auch geistige Elemente“ (Lenin, Band 9, Seite 370). Genauso bringt umgekehrt die sozialistische Gesellschaft in ihrem Schoß Elemente der alten Gesellschaft, kapitalistisch-revisionistische Elemente hervor, sowohl materielle als auch geistige Elemente. Heute müssen wir Marxisten-Leninisten es verstehen, die Stückchen vom Ganzen zu unterscheiden, müssen das Ganze und nicht das Stückchen als Losung aufstellen. So ist auchDas ist auch auf den Sozialismus in einem Land

Zu unterstreichen ist das historische Moment der äußersten Zuspitzung des Kampfes bestimmter Klassen als Voraussetzung des Aufstandes. Hervorzuheben ist dabei der Charakter des bewaffneten Aufstandes als eine besondere Art der Massenbewegung, als besondere Art des proletarischen Klassenkampfes. Zu untersuchen ist ferner die Rolle der einzelnen Klassen, die Abhängigkeit der Bewegung in den Truppenverbänden von dem sozialen Kräfteverhältnis, die Unabtrennbarkeit der politischen Seite des Aufstandes von seiner militärischen, die Bedeutung breiter Organisationen der Volksmassen als Voraussetzung für eine provisorische revolutionäre Regierung, die aus dem Aufstand unmittelbar hervorgehen wird. In der vom III. Parteitag der SDAPR verabschiedeten Resolution heißt es: d) den bewaffneten Widerstand gegen die Aktionen der Schwarzhunderter und überhaupt aller von der Regierung angeleiteten reaktionären Elemente zu organisieren“ (Zitat bei Lenin, Band 9, Seite 23). Sobald die ersten Kampfhandlungen eines Aufstandes beginnen, wird der Mangel der militärischen Organisationen immer stärker und stärker fühlbar, werden Sünden von Handwerkelei und schlechter systematischer Vorbereitung dieser Kampfhandlungen durch die Konterrevolution - nach kürzester Zeit eines Überraschungseffekts – grausam bestraft. Solange die Kräfte für den bewaffneten Aufstand und seinen Sieg noch nicht ausreichen, ust es lächerlich, von einer revolutionären Selbstverwaltung des Volkes zu sprechen. Diese ist nicht der Prolog, sondern der Epilog des Aufstands“ (Lenin, Band 9, Seite 191). „Ist der Aufstand möglich und notwendig, so bedeutet das, dass die Regierung `das Bajonett auf die Tagesordnung gesetzt`, den Bürgerkrieg eröffnet und den Belagerungszutsand als Antikritik der demokratischen Kritik in Feld geführt hat“ (Lenin, Band 9, Seite 269). „Nur in dem Maße, wie der Aufstand siegreich und sein Sieg eine entscheidende Niederlage des Feindes sein wird – nur in dem Maße wird auch die Versammlung der Volksvertreter nicht nur auf dem Papier vom ganzen Volk gewählt und nicht nur in Worten kostituierend sein“ (Lenin, Band 9, Seite 465).

Der Aufstand erzeugt die direkte Gegenüberstellung der mobilisierten Revolution gegenüber der mobilisierten Konterrevolution, und es werden nach dem Aufstand auf beiden Seiten breitere Elemente mobilisiert. Meistens verlaufen die Folgen des Aufstandes, egal ob Niederlage oder Sieg, blutiger und mit viel größeren Opfern als während des Aufstands selbst. In der Oktoberrevolution 1917 beispielsweise fiel kein Schuss, aber in dem aus ihr hervorgegangenen und ihr folgenden Bürgerkrieg = 3 Millionen Tote. Weitere 5 Millionen starben durch die Folgen der wirtschaftlichen Zerrüttung.

Die Erfahrungen der Niederlagen in den hunderten von Arbeiteraufständen sind nicht umsonst gemacht worden, und das Arbeiterblut ist nicht umsonst geflossen:



Die Lehren des Aufstandes 1905 in Russland



Lenin fasste diese Lehren in seinem Artikel Die Lehren des Moskauer Aufstands“ zusammen. (nachzulesen im Band 11, Seite 157 – 165). Dieser Artikel wird hier dringend als wichtiger Schulungstext empfohlen. Im Augenblick beschränken wir uns auf knappe Zitate und AuszügeIn aus Lenins Text :

Die Hauptformen der Dezemberbewegung in Moskau waren der friedliche Streik und die Demonstration. Die überwiegende Mehrheit der Arbeitermassen beteiligte sich aktiv nur an diesen Kampfformen. Und doch hat gerade die Moskauer Dezemberaktion anschaulich gezeigt, dass sich der Generalstreik als selbständige und haiptsächliche Kampfform überlebt hat, dass die Bewegung mit elementarer, unwiderstehlicher Gewalt diesen engen Rahmen durchbricht und eine höhere Kampfform, den Aufstand gebiert.

Als die revolutionären Parteien und die Gewerkschaften in Moskau den Streik proklamierten, haben sie alle erkannt, ja gefühlt, dass es unvermeidlich in den Aufstand umschlagen müsse. Am 6. Dezember beschloss der Sowjet der Arbneiterdeputierten, `die Überleitung des Streiks in den bewaffneten Aufstand anzustreben`. In Wirklichkeit aber war keine Organisation hierauf vorbereitet, sogar der Kolitionsrat der Kampfgruppen sprach (am 9. Dezember!) vom Aufstand als von etwas weit Entferntem, und zweifellos brach der Straßenkampf über seinen Kopf hinweg aus und verlief ohne seine Beteiligung. Die Organisationen blieben hinter dem Anwachsen und dem Schwung der Bewegung zurück.

Der Streik wuchs in den Aufstand hinüber, vor allem unter dem Druck der objektiven Verhältnisse, wie sie sich nach dem Oktober gestaltet hatten. Es war schon nicht mehr möglich, die Regierung durch einen Generalstreik zu überrumpeln, sie hatte bereits die Konterrevolution organisiert, die zu militärischen Aktionen gerüstet war.

Vom Streik und von Demonstrationen zu einzelnen Barrikaden, von einzelnen Barrikaden zu massenweiser Errichtung von Barrikaden und zum Straßenkampf mit den Truppen.

Vom politischen Massenstreik wurde die Bewegung auf eine höhere Stufe gehoben. Sie zwang die Reaktion, in ihrem Widerstand bis zum Letzten zu gehen,, und brachte dadurch mit Riesenschritten den Augenblick nahe, in dem die Revolution im Begrauch der Angriffsmittel ebenfalls bis zum Letzten gehen wird. Die Reaktion kann nicht weiter gehen als bis zum Artilleriebeschuss von Barrikaden, Häusern und der menschenmenge auf den Straßen. Die Revolution kann noch weiter gehen als bis zum Kampf der Moskauer Kampfgruppen, sie kann noch viel, viel weiter gehen, in die Breite und in die Tiefe. Und die Revolution ist seit dem Dezember weit vorangeschritten. Die Basis der revolutionären Krise ist unermesslich breiter geworden – die Schneide ihrer Waffe muss jetzt viel schärfer sein.

Den Wechsel in den objektiven Bedingungen des Kampfes, der den Übergang vom Streik zum Aufstand erforderte, hat das Proletariat früher als seine Führer gefühlt. Die Praxis ist, wie stets, der Theorie vorangegangen. Der friedliche Streik und die Demonstrationen hörten mit einem Schlage auf, den Arbeitern zu genügen; sie fragten: Was weiter? - und verlangten aktiveres Vorgehen. Die Anweisung zum Barrikadenbau traf in den Stadtteilen mit riesiger Verspätung ein, zu einer Zeit, als im Zentrum schon Barrikaden errichtet wurden. Die Arbeiter gingen in Massen ans Werk, gaben sich aber auch damit nicht zufrieden, fragten: Was weiter? - und verlangten aktiveres Vorgehen. Wir, die Führer des sozialdemokratischen Proletariats, glichen im Dezember dem Heerführer, der seine Regimenter so unsinnig aufgestellt hat, dass der größte Teil seiner Truppen nicht aktiv an der Schlacht teilnimmt. Die Arbeitermassen suchten vergeblich Anweisungen für aktive Massenaktionen.

Den Massen die Notwendigkeit eines erbitterten, blutigen, vernichtenden Krieges als unmittelbare Aufgabe der bevorstehenden Aktion verhehlen heißt sich selbst und das Volk betrügen. Das ist die erste Lehre der Dezemberereignisse

Die zweite Lehre betrifft den Charakter des Aufstands, die Art, wie er durchgeführt wurde, die Bedingungen für den Übergang der Truppen auf die Seite des Volkes [alles unterstrichen vom Verfasser].

Es versteht sich von selbst, dass von einem ernsten Kampf keine Rede sein kann, solange die Revolution nicht zu einer Massenbewegung geworden ist und nicht auch die Truppen erfasst hat. Selbstverständlich ist die Arbeit unter den Truppen notwendig. Aber man darf sich diesen Übergang der truppen nicht als einfachen, einmaligen Akt vorstellen, der das ergebnis einerseits der Überzeugung und andererseits des bewusstseins ist. Der Moskauer Aufstand zeigt uns anschaulich, wie schablonenhaft und lebensfremd eine solche Auffassung ist. In der Praxis führt das Schwanken der Truppen, dass jede wirkliche Volksbewegung zwangsläufig mit sich bringt, bei Verschärfung des revolutionären Kampfes im wahsten Sinne des Wortes zum Kampf um das Heer. Der Moskauer Aufstand zeigt uns gerade das Bild eines äußerst erbitterten, verzweifelten Kampfes der Reaktion und der Revolution um das Heer. Dubassow selbst erklärte, dass von den 15 000 Mann der Moskauer Truppen nur 5 000 zuverlässig seien. Die Regierung suchte die Schwankenden durch die mannigfachsten, verzweifeltsten Mittel zurückzuhalten: Man suchte sie zu überzeugen, schmeichelte ihnen, bestach sie durch Verteilung von Uhren, von Geld usw., man sparte nicht mit Schnaps, man suchte sie zu betrügen, einzuschüchtern, sperrte sie in die Kasernen ein, entwaffnete sie, griff mit Hilfe von Verrat und Gewalt Soldaten heraus, die man für besonders unzuverlässig hielt. Und man muss den Mut haben, geradeheraus und offen zuzugeben, dass wir in dieser Beziehung hinter der Regierung zurückgeblieben sind. Wir haben es nicht verstanden, die Kräfte, über die wir verfügten, für einen ebensolchen aktiven, kühnen, mit Initiative und offensiv geführten Kampf um das schwankende Heer zu nutzen, wie ihn die Regierung begann und erfolgreich zu Ende führte. Wir haben mit der geistigen `Bearbeitung` der Truppen begonnen und werden sie noch beharrlicher betreiben. Aber wir werden traurige Pedanten sein, wenn wir vergessen, dass im Augenblick des Aufstands auch ein physischer Kampf um die Truppen erforderlich ist. (...) Malachow ließ die Soldaten von Dragonern umzingeln, wir aber umzingelten die Malachows nicht durch Bombisten. Wir konnten das und hätten das tun müssen.

Der Dezember hat einen weiteren tiefgründigen und von den Opportunisten vergessenen Satz von Marx anschaulich bestätigt, dass nämlich der Aufstand eine Kunst und dass die Hauptregel dieser Kunst die mit verwegener Kühnheut und größter Entschlossenheit geführte Offensive ist. Wir haben uns diese Wahrheit nicht genügend zu eigen gemacht. Wir haben diese Kunst, diese Regel der Offensive um jeden Preis selbst nicht genügend gelernt und die Massen darin nicht genügend unterrichtet. Wir müssen jetzt mit aller Energie das Versäumte nachholen. Es genügt nicht, die Menschen nach ihrem Verhältnis zu politischen Losungen zu gruppieren, darüber hinaus ist es erforderlich, sie nach ihrer Einstellung zum bewaffneten Aufstand zu gruppieren. Wer gegen ihn ist, wer sich nicht auf ihn vorbereitet, den muss man rücksichtslos aus der Zahl der Anhänger der Revolution streichen und zu ihren Gegnern, zu den Verrätern oder Feiglingen rechnen, denn es naht der Tag, an dem der Gang der Ereignisse, die Situation des Kampfes uns zwingen wird, Feinde und Freunde nach diesem Merkmal voneinander zu scheiden. Nicht Passivität müssen wir propagieren, nicht ein einfaches `Draufwarten`, dass die Truppen `übergehen` - nein, wir müssen die Trommel rühren und weit und breit verkünden, dass es notwendig ist, kühn und mit der Waffe in der Hand anzugreifen, dass es notwendig ist, hierbei die militärischen Führer zu vernichten und den allertatkräftigsten Kampf um die schwankenden Truppen zu führen.

Die dritte große Lehre, die uns Moskau erteilt hat, betrifft die Taktik und die Organisation der Kräfte für den Aufstand. Die militärische Taktik hängt von dem Niveau der militärischen Technik ab [unterstrichen vom Verfasser] diese Tatsache hat Engels [ Anti-Dühring zum Beispiel – Anmerkung des Verfassers] wiederholt erläutert und den Marxisten eingehämmert. Die militärische Technik ist jetzt eine andere als in der Mitte des 19. Jahrhunderts. Gegen die Artillerie scharenweise vorzugehen und mit Revolvern die Barrikaden zu verteidigen wäre eine Dummheit. Und Kautsky hatte Recht, als er schrieb, dass es nach dem Moskauer Aufstand an der Zeit sei, Engels` Schlussfolgerung zu überprüfen, und dass Moskau eine `neue Barrikadentaktik` geschaffen habe. Diese Taktik war die Taktik des Partisanenkrieges [hervorgehoben vom Verfasser]. Die Organisation, die durch eine solche Taktik bedingt wurde, war die leicht bewegliche und außerordentlich kleine Abteilung: Zehnergruppen, Dreiergruppen, ja sogar Zweiergruppen.

Moskau hat diese Taktik hervorgebracht, aber noch lange nicht genug entwickelt, bei weitem nich nicht wirklich zur Taktik der breiten Massen gemacht. Es gab wenig Kampfgruppen, die Losung verwegener Überfälle wurde nicht in die Arbeitermasse getragen und von ihr nicht verwirklicht, die Partisanenabteilungen waren ihrem Charakter nach allzu gleichartig, ihre Waffen und ihre Kampfmethode unzulänglich, ihre Fähigkeiten, die Massen zu führen, nur wenig ausgebildet. Wir müssen das alles nachholen und werden es nachholen, indem wir die Lehren des Moskauer Aufstandes auswerten, indem wir diese Lehren unter den Massen verbreiten und die schöpferische Kraft der Massen selbst wecken, um diese Lehren weiter zu entwickeln. Der Partisanenkrieg, der Massenterror, der jetzt nach dem Dezember überall in Russland fast pausenlos ausgeübt wird, wird zweifellos helfen, die Massen zu lehren, im Augenblick des Aufstandes die richtige Taktik anzuwenden. Die Sozialdemokratie muss diesen Massenterror billigen und zum Bestandteil ihrer Taktik machen, dabei muss sie ihn natürlich organisieren und kontrollieren, den Interessen und Bedingungen der Arbeiterbewegung und des allgemeinen revolutionären Kampfes unterordnen und rücksichtlos die `lumpenproletarischen` Verzerrungen dieses Partisanenkrieges beseitigen und ausmerzen, mit denen die Moskauer in den Tagen des Aufstands und die Letten in den Tagen der vielgenannten lettischen Republiken so prächtig und rücksichtslos aufgeräumt haben.

In der allerletzten Zeit macht die militärische Technik wiederum neue Fortschritte. Der japanische Krieg hat die handgranate eingeführt. Die Gewehrfabriken haben das Schnellladegewehr auf den Markt geworfen. Beide werden in der russischen Revolution zwar schon erfolgreich angewandt, aber bei weitem nich nicht in genügendem Maße. Wir können und müssen uns technische Vervollkommnungen zu Nutze machen, müssen die Arbeiterabteilungen lehren, Bomben in Massen herzustellen, müssen ihnen und unseren Kampfgruppen helfen, sich Vorräte an Sprengstoffen, Zündern und Selbstladegewehren zu besorgen. Wenn sich die Arbeitermassen am Aufstand in der Stadt beteiligen, wenn sich die Massen auf den Feind stürzen, wenn der Kampf um die Truppen, die nach der Duma, nach Sveaborg und Kronstadt noch mehr schwanken, entschlossen und geschickt geführt wird und die Teilnahme des Dorfes am gemeinsamen Kampf gesichert ist, dann werden wir im nächsten bewaffneten Aufstand, der ganz Russland ergreifen wird, den Sieg davontragen!“

Soweit die Lehren aus dem Moskauer Aufstand. Lange bevor wurden hierzu Beschlüsse vom III. Parteitag der SDAPR gefasst. In der Resolution des III. Parteitags der SDAPR heißt es beispielsweise über den Aufstand:

In Erwägung,

1. dass das Proletariat, das seiner Lage nach die fortgeschrittenste und einzige konsequent-revolutionäre Klasse darstellt, eben dadurch berufen ist, die Führung in der allgemein-demokratischen revolutionären Bewegung Russlands zu verwirklichen;

2. dass diese Bewegung gegenwärtig bereits zur Notwendigkeit des bewaffneten Aufstandes geführt hat;

3. dass sich das Proletariat unvermeidlich auf das tatkräftigste an diesem Aufstand beteiligen und dass diese Beteiligung das Schicksal der Revolution in Russland entscheiden wird;

4. dass das Proletariat die Führung in dieser Revolution nur verwirklichen kann, wenn es zu einer einheitlichen und selbständigen politischen Kraft unter dem Banner der sozialdemokratischen Arbeiterpartei zusammengeschlossen ist, die seinen Kampf nicht nur ideologisch, sondern auch praktisch leitet;

5. dass nur die Verwirklichung dieser Führung dem Proletariat die günstigsten Bedingungen für den Kampf um den Sozialismus gegen die besitzenden Klassen des bürgerlich-demokratischen Russlands sichern kann-

erkennt der III. Parteitag der SDAPR an, dass die Aufgabe, das Proletariat zum unmittelbaren Kampf gegen die Selbstherrschaft auf dem Wege des bewaffneten Aufstands zu organisieren, eine der wichtigsten und unaufschiebbaren Aufgaben der Partei im gegenwärtigen revolutionären Zeitpunkt ist. Der Parteitag beauftragt daher alle Parteiorganisationen:

a) dem Proletariat durch Propaganda und Agitation nicht nur die politische Bedeutung, sondern auch die praktisch-organisatorische Seite des bevorstehenden Aufstands klarzumachen;

b) bei dieser Propaganda und Agitation die Rolle der politischen Massenstreiks zu erläutern, die bei Beginn und im Verlauf des Aufstands große Bedeutung haben können;

c) die energischsten Maßnahmen zur Bewaffnung des Proletariats sowie zur Ausarbeitung eines Plans des bewaffneten Aufstands und der unmittelbaren Leitung des Aufstands zu ergreifen und soweit erforderlich, zu diesem Zweck besondere Gruppen aus Parteifunktionären zu bilden“ (zitiert von Lenin in Band 9, Seite 61-62).

Wenn man sich auf den Aufstand vorbereiten muss, so gehört zu dieser Vorbereitung notwendigerweise auch die Verbreitung und Erläuterung der Losungen: bewaffneter Volksaufstand, revolutionäre Armee, provisorische revolutionäre Regierung. Wir müssen sowohl selbst die neuen Kampfmethoden, ihre Bedingungen, ihre Formen, ihre Gefahren, ihre praktische Durchführung usw. studieren als auch die Massen darüber aufklären“ (Lenin, Band 9, Seite 245).

Die These `Wir sind einstweilen nicht imstande, den Aufstand hervorzurufen` ist falsch. Die Ereignisse auf dem `Potjomkin` haben vielmehr gezeigt, dass wir nicht imstande sind, verfrühte Ausbrüche des in Vorbereitung befindlichen Aufstands zu verhindern. Die Matrosen des `Pozjomlin waren weniger vorbereitet als die Matrosen anderer Schiffe, und der Aufstand war daher weniger umfassend, als er hätte sein können. Was folgt daraus? Dass es zur Aufgabe der Vorbereitung eines Aufstandes gehört, verfrühte Ausbrüche eines in Vorbereitung befindlichen oder schon fast vorbereiteten Aufstands zu verhindern. Dass der elementar anwachsende Aufstand unsere bewusste und planmäßige Arbeit seiner Vorbereitung überholt(Lenin, Band 9, Seite 245-246).

Theoretische Diskussionen über die Notwendigkeit des Aufstandes können und müssen geführt, taktische Resolutionen in dieser Frage sollen sorgfältig durchdacht und ausgearbeitet werden, aber bei alledem darf man nicht vergessen, dass der elementare Gang der Ereignisse sich ohne jede Rücksicht auf Weisheitskrämereien machtvoll Bahn bricht. Man darf nicht vergessen, dass sich die Entwicklung aller jener großen Widersprüche, die sich jahrhundertelang im russischen Leben angehäuft haben, mit unerbittlicher Gewalt vollzieht, dass sie die Volksmassen auf den Plan ruft und die toten, leblosen Lehren vom friedlichen Fortschritt auf den Kehrrichthaufen wirft (...) „Tote Doktrinen bleiben stets hinter dem stürmischen Strom der Revolution zurück, der die grundlegenden Erfordernisse des Lebens, die tiefsten Interessen der Volksmassen zum Ausdruck bringt (...) Eine schlechte Doktrin wurd durch eine gute Revolution glänzend korrigiert(Lenin, Band 9, Seite 196). „Wer für den Aufstand ist, mit dem wird das Proletariat `vereint schlagen`, wenn auch `getrennt marschieren` ; wer gegen den Aufstand ist, den werden wir schonungslos bekämpfen“ (Lenin, Band 10, Seite 136).

Was die Ausarbeitung eines Plans des bewaffneten Aufstands anbelangt und wie die Leitung des Kampfes konkret auszusehen hat, beschrieb Lenin sehr eindringlich - weit entfernt davon, sich mit der Abfassung von Resolutionen des Parteitags zu begnügen. So schrieb Lenin offenherzig „als Berater“ an den Kampfausschuss des St.-Petersburger Komitees am 16. Oktober 1905:

Alle diese Schemas, alle diese Pläne der organisation des Kampfausschusses machen den Eindruck papernen Formelkrams – ich bitte meine Offenheit zu entschuldigen (...) Ich sehe mit Entsetzen, wahrhaftig mit Entsetzen, dass man schon länger als ein halbes Jahr von Bomben spricht und noch keine einzige hergestellt hat! (...) Geht zur Jugend. Gründet sofort Kampfgruppen, überall und allerorts, sowohl bei den Studenten als auch besonders bei den Arbeitern usw. usf. Trupps von 3 bis 10, bis zu 30 usw. Mann sollen sich unverzüglich formieren. Sie sollen sich unverzüglich selber bewaffnen, so gut jeder kann, mit Revolvern, Messern, petroleumgetränkten Lappen, um Feuer anzulegen usw. Diese Kampfabteilungen sollen sich unverzüglich Führer wählen und sich nach Möglichkeit mit dem Kampfausschuss des Petersburger Komitees in Verbindung setzen. Verlangt keinerlei Formalitäten, pfeift um Himmels willen auf alle Schemas, schickt im Gottes willen alle `Funktionen, Rechte und Privilegien` zum Teufel. Besteht nicht auf den Beitritt zur SDAPR – das wäre für den bewaffneten Aufstand eine absurde Forderung. Weigert euch nicht, mit jedem Zirkel in Verbindung zu treten, auch wenn er nur aus drei Personen besteht, unter der einzigen Bedingung, dass er in Bezug auf die Polizei unverdächtig und bereit ist, gegen die zaristischen Truppen zu kämpfen. Sollen die Gruppen, die das wünschen, der SDAPR beitreten oder sich der SDAPR anschließen, das wäre ausgezeichnet; aber ich würde es unbedingt für eien Gehler halten, das zu fordern. Die Rolle des Kampfausschusses beim Petersburger Komitee soll darin bestehen, diesen Abteilungen der revolutionären Armee zu helfen, ihnen als Verbindungs`büro` zu dienen usw. Jede Abteilung wird eure Dienste gern annehmen, aber wenn ihr in einer solchen Sache mit Schemas und mit Reden über die `Rechte` des Kampfausschusses ankommt, werdet ihr das Ganze zu Grunde richten, glaubt mir, unwiederbringlich zu Grunde richten! Hier muss man durch breite Propaganda wirken. Sollen 5 – 10 Menschen in einer Woche Hunderte von Arbeiter – und Studentenzirkel aufsuchen, überall eindringen, wo es nur irgend möglich ist, und überall den klaren, kurzen, direkten und einfachen Plan vorschlagen: Bildet sofort eine Kampfabteilung, bewaffnet euch, so gut ihr könnt, arbeitet aus allen Kräften, wir werden euch soweit möglich helfen, aber erwartet nichts von uns, arbeitet selber.

Der Schwerpunkt bei einer solchen Sache liegt in der Initiative der Masse der kleinen Zirkel. Sie schaffen alles. Ohne sie ist euer ganzer Kampfausschuss nichts. Ich neige dazu, die Arbeitsproduktivität des Kampfausschusses nach der Anzahl solcher Abteilungen zu messen, mit denen er in Verbindung steht. Wenn der Kampfausschuss in ein bis zwei Monaten nicht minimum 200-300 Abteilungen in Petersburg hat, dann ist er ein toter Kampfausschuss. Dann muss man ihn begraben. Wer bei der gegenwärtigen Siedehitze nicht Hunderte von Kampfabteilungen auf die Beine bringt, der steht außerhalb des Lebens. Die Propagandisten sollen jeder Abteilung kurze und einfache Bombenrezepte und eine elementare Erläuterung der ganzen Arbeitsart geben, dann aber die ganze Tätigkeit ihr selbst überlassen. Die Abteilungen sollen jetzt gleich, unverzüglich ihre militärische Ausbildung mit praktischen Kampfhandlungen beginnen. Die einen werden sofort einen Spitzel töten oder ein Polizeirevier in die Luft sprengen, andere werden eine Bank überfallen, um Geldmittel für den Aufstand zu konfiszieren, wieder andere werden eine Übung veranstalten oder Kartenskizzen anfertigen usw. Jedenfalls muss man gleich von Anfang an in der Praxis lernen, darf sich vor diesen versuchsweisen Überfällen nicht fürchten. Sie können natürlich ins Extrem ausarten, doch das ist eine Gefahr von morgen, die Gefahr von heute aber liegt in unserer Trägheit, un unserem Doktrinarismus, in der gelehrten Schwerfälligkeit und senilen Angst vor der Initiative. Jede Abteilung soll selbständig lernen, sei es auch durch Verprügelung von Polizisten: Die Dutzende von Opfern werden reichlich aufgewogen durch die Hunderte erfahrener Kämpfer, die morgen Hunderttausende in den Kampf führen werden“ (Lenin, Band 9, Seite 342-344).

Lenin arbeitete die Aufgaben der zu schaffenden Abteilungen der revolutionären Armee bis in jede kleine Einzelheit konkret aus:

1. Selbständige militärische Aktionen.

2. Leitung der Menge.

Die Abteilungen können beliebig stark sein, von zwei bis drei Mann an. Die Abteilungen müssen sich selbst bewaffnen, jeder womit er kann (Gewehr, Revolver, Bombe, Messer, Schlagring, Knüppel, mit Petroleum getränkte Lappen, um Feuer anzulegen, Stricke oder Strickleitern, Schaufeln für den Bau von Barrikaden, Sprengpatronen, Stacheldraht, Nägel {gegen Kavallerie} usw. usf.). Unter keinen Umständen darf man von anderer Seite, von oben oder von außen Hilfe erwarten, sondern muss alles selbst beschaffen.

Die Abteilungen müssen möglichst aus Personen gebildet werden, die nahe beieinander wohnen oder häufig, regelmäßig, zu bestimmten Stunden zusammentreffen (am besten beides, denn das regelmäßige Zusammentreffen kann durch den Aufstand unterbrochen werden). Ihre Aufgabe ist, es so einzurichten, dass sie in den kritischen Augenblicken, in den unvorhergesehendsten Situationen zusammenkommen können. Jede Abteilung muss daher im Voraus Mittel und Wege festlegen, um ein gemeinsames Vorgehen zu sichern: Zeichen an den Fenstern usw., um einander leichter zu finden; verabredete Rufe oder Pfiffe, um den Genossen in der Menge zu erkennen; vereinbarte Zeichen für den Fall eines nächtlichen Zusammentreffens usw. usf. Jeder energische Mann kann mit zwei bis drei Genossen eine ganze Reihe solcher Regeln und Methoden ausarbeiten, die zusammengestellt, auswendig gelernt und praktisch geübt werden müssen. Man darf nicht vergessen, dass die Ereignisse mit 99 Prozent Wahrscheiblichkeit überraschend eintreten werden und dass es nötig sein wird, unter außerordentlich schwierigen Verhältnissen zusammenzukommen.

Sogar unbewaffnete Abteilungen können eine sehr wichtige Rolle spielen, wenn sie 1. die Menge leiten; 2. bei günstiger Gelegenheit einen Polizisten oder einen zufällig von seinen Kameraden getrennten Kosaken überfallen (ein Fall in Moskau) usw. und entwaffnen; 3. Verhaftete oder Verwundete retten, wenn die Polizeikräfte schwach sind; 4. auf Hausdächer, in obere Stockwerke usw. steigen und die Truppen mit Steinen bewerfen, mit kochendem Wasser begießen usw. Eine organisierte, geschlossen und energisch vorgehende Abteilung ist eine ungeheure Kraft. Unter keinen Umständen darf die Bildung einer Abteilung unter dem Vorwand des Waffenmangels verweigert oder aufgeschoben werden.

Die Abteilungen müssen die Funktionen möglichst im Voraus verteilen und den Leiter, den Abteilungsführer, manchmal im Voraus wählen. Es wäre natürlich unvernünftig, in eine Spielerei mit Rangabzeichen zu verfallen, man darf aber die kolossale Bedeutung einer einheitlichen Führung, eines raschen und entschlossenen Vorgehens nicht vergessen. Entschlossenheit und kühner Angriff sind drei Viertel des Erfolgs (unterstrichen vom Verfasser].

Die Abteilungen müssen sich sofort nach nach ihrer Bildung, also schon jetzt, an eine vielseitige Arbeit machen, und zwar keineswegs nur theoretische, sondern unbedingt auch praktische. Zur theoretischen Arbeit rechnen wir das Studium der Kriegswissenschaften, die Beschäftigung mit militärischen Fragen, Referate über militärische Fragen, Aussprachen mit Militärs (mit Offizieren, Unteroffizieren usw. usf., nicht zuletzt auch mit ehemaligen Soldaten aus der Arbeiterschaft); die Lektüre, Besprechung und Verarbeitung illegaler Broschüren und Zeitungsartikel über den Straßenkampf usw. usf.

Wir wiederholen, mit den praktischen Arbeiten muss sofort begonnen werden. Sie zerfallen in vorbereitende und in militärische Operationen. Zu den vorbereitenden gehört die Beschaffung jeder Art von Waffen und Munition, die Auswahl günstig gelegener Wohnungen für den Straßenkampf (die geeignet sind für den Kampf von oben, für die Lagerung von Bomben, Steinen usw. oder von Säuren zum Begießen der Polizisten usw. usf., sowie für das Stabsquartier, für den Nachrichtendienst, als Zufluchtsort für Verfolgte, Unterkünfte für Verwundete usw. usf.). Zu den vorbereitenden Arbeiten gehört ferner rechtzeitige Aufklärung und Erkundung: Beschaffung von Plänen der Gefängnisse, Polizeireviere, Ministerien usw., Auskundschaftung der Arbeitseinteilung in den staatlichen Institutionen, in den Banken usw., sowie ihrer Bewachung; Anknüpfung von Beziehungen, die nützlich sein können (mit Polizei-, Bank-, Gerichts-, Gefängnis-, Post- und Telegrafenbeamten usw.), Feststellung von Waffenlagern von sämtlichen Waffenläden der Stadt usw. Es gibt hier massenhaft Arbeit, und zwar solche, bei der jeder größten Nutzen bringen kann, sogar der zum Straßenkampf völlig Untaugliche, sogar körperlich ganz schwächliche Menschen, Frauen, Jugendliche, Greise u.a. Man muss bestrebt sein, schon jetzt unbedingt und ausnahmslos alle in den Abteilungen zusammenzuschließen, die sich am Aufstand beteiligen wollen, denn es gibt keinen Menschen und kann keinen geben, der nicht den größten Nutzen brächte, wenn er arbeiten will, auch wenn er keine Waffen hat, auch wenn er persönlich zum Kampf untauglich ist.

Sodann dürfen sich die Abteilungen der revolutionären Armee keinesfalls nur auf vorbereitende Arbeiten beschränken, sie müssen sobald wie möglich auch zu militärischen Aktionen übergehen, um:

1. ihre Kampfkraft zu üben; 2. die schwachen Stellen des Feindes zu erkunden; 3. dem Feind Teilniederlagen beizubringen; 4. Gefangene (Verhaftete) zu befreien; 5. Waffen zu erobern; 6. Geldmittel für den Aufstand zu gewinnen (Regierungsgelder zu konfiszieren) usw. usf. Die Abteilungen können und müssen unverzüglich jede Gelegenheit zu lebendiger Arbeit ergreifen, sie dürfen das keineswegs bis zum allgemeinen Aufstand verschieben, denn steht man nicht schon vorher im Feuer, so erwirbt man die Tauglichkeit auch zum Aufstand nicht [unterstrichen vom Verfasser].

Gewiss ist jede Übertreibung von Übel; alles Gute und Nützliche kann, auf die Spitze getrieben, schlecht und schädlich werden, ja muss es sogar, wenn eine gewisse Grenze überschritten wird. Undisziplinierte, unvorbereitete kleine Terrorakte können, auf die Spitze getrieben, die Kräfte lediglich zersplittern und vergeuden. Das ist richtig und darf natürlich nicht vergessen werden. Aber andererseits darf man auch keinesfalls vergessen, dass jetzt die Losung des Aufstandes schon ausgegeben ist, dass der Aufstand schon begonnen hat. Mit Angriffsaktionen zu beginnen, wenn die Umstände günstig sind, ist nicht nur das Recht, sondern auch die direkte Pflicht eines jeden Revolutionärs [unterstrichen vom Verfasser]. Tötung von Spitzeln, Polizisten und Gendarmen, Sprengung von Polizeirevieren, Befreiung von Verhafteten, Konfiskation von Regierungsgeldern für die Erfordernisse des Aufstandes – solche Aktionen werden überall dort, wo sich der Aufstand ausbreitet, in Polen und im Kaukasus, bereits unternommen, und jede Abteilung der revolutionären Armee muss jeden Augenblick zu solchen Aktionen bereit sein. Jede Abteilung muss daran denken, dass sie sich unverzeihlicher Tatenlosigkeit, der Passivität schuldig macht, wenn sie die für eine Aktion günstige Gelegenheit nicht heute schon ausnützt – und eine solche Schuld ist in der Epoche des Aufstands das größte Verbrechen eines Revolutionärs, die größte Schmach für jeden, der nicht nur in Worten, sondern in der Tat die Freiheit erstrebt [unterstrichen vom Verfasser].

Über die Zusammensetzung dieser Abteilungen lässt sich folgendes sagen: die zweckmäßigste Anzahl der Mitglieder und die Verteilung ihrer Funktionen wird die Erfahrung lehren. Man muss selbst anfangen, sich diese Erfahrungen anzueignen, ohne Weisungen von außen abzuwarten. Man soll natürlich die örtliche revolutionäre Organisation bitten, einen militärisch geschulten Revolutionär für Vorträge, Aussprachen und Ratschläge zu schicken, aber falls sich ein solcher nicht findet, muss man unbedingt selbst mit allem zurechtkommen.

Was die Parteigruppierungen betrifft, so werden die Mitglieder einer Partei es natürlich vorziehen, sich in den gleichen Abteilungen zusammenzuschließen. Aber man soll Mitgliedern anderer Parteien nicht unbedingt den Beitritt zu einer Abteilung verweigern. Gerade hier müssen wir den Zusammenschluss, die praktische Verständigung (selbstverständlich ohne jedwede Verschmelzung der Parteien) des sozialistischen Proletariats mit der revolutionären Demokratie verwirklichen. Wer für die Freiheit kämpfen will und seine Bereitschaft durch die Tat beweist, der kann zu den revolutionären Demokraten gerechnet werden, mit dem muss man gemeinsam an der Vorbereitung des Aufstandes zu arbeiten trachten (natürlich nur dann, wenn zu der Person oder zu der Gruppe volles Vertrauen vorhanden ist). Alle übrigen `Demokraten` müssen als Quasi-Demokraten, als liberale Schwätzer scharf zurückgewiesen werden, denn es wäre von Revolutionären unverzeihlich, sich auf sie zu verlassen, und verbrecherisch, ihnen Vertrauen zu schenken [unterstrichen vom Verfasser].

Es ist natürlich wünschenswert, dass die Abteilungen sich miteinander vereinigen, und außerordentlich nützlich, Formen und Bedingungen für die gemeinsame Tätigkeit auszuarbeiten. Aber man darf dabei keinesfalls in das Extrem verfallen, komplizierte Pläne, allgemeine Schemas usw. zu erfinden und der lebendigen Sache durch pedantische Tüfteleien Abbruch zu tun. Die Begleitumstände des Aufstands werden unweigerlich so sein, dass die nichtorganisierten Elemente tausendfach zahlreicher sind als die organisierten; es wird sich nicht vermeiden lassen, dass man sofort, an Ort und Stelle, zu zweit oder allein handeln muss – und man muss sich darauf vorbereiten, auf eigene Faust zu handeln. Verzögerungen und Diskussionen, Säumigkeit und Unentschlossenheit sind der Tod des Aufstands. Mit größter Entschlossenheit und Energie vorgehen, jeden günstigen Augenblick unverzüglich ausnutzen, die revolutionäre Leidenschaft der Menge sofort entfachen, ihr die Richtung zu entschlosseneren und entschlossensten Aktionen weisen – das ist die erste Pflicht des Revolutionärs [unterstrichen vom Verfasser].

Eine ausgezeichnete militärische Übung für die Soldaten der revolutionären Armee, in der sie ihre Feuertaufe erhalten und durch die sie der Revolution ungeheuren Nutzen bringen, ist der Kampf gegen die Schwarzhunderter. Die Abteilungen der revolutionären Armee müssen unverzüglich feststellen, von wem, wo und wie die Schwarzhundertschaften organisiert werden, und dürfen sich dann nicht auf Agitation allein beschränken (das ist nützlich, genügt aber nicht), sondern müssen auch mit Waffengewalt vorgehen, die Schwarzhunderter niederschlagen, sie töten, ihre Stabsquartiere sprengen usw. usf.“ (Lenin, Band 9, Seite 423-427; geschrieben Ende Oktober 1905).

Es kann hier keinen Zweifel daran bestehen, dass der Tag kommt, an dem wir dazu übergehen müssen, die revolutionären Armeen in Abteilungen der internationalen Weltarmee zu verwandeln. Der bewaffnete Aufstand wir in nicht in all zu ferner Zukunft die ganze Welt erfassen, nicht nur als einzelner Vorgang, sondern sich wiederholend und immer mehr ausweitend in die Breite und in die Tiefe – und darauf gilt es sich jetzt schon vorzubereiten !!

Lenin wies also nicht nur die Notwendigleit des Aufstandes nach und rief nicht nur zum Aufstand auf, sondern er forderte auch diesofortige Organisierung einer revolutionären Armee (...). Nur die kühnste, breiteste Organisierung einer solchen Armee kann der Prolog zum Aufstand sein“ (Lenin, Band 9, Seite 180). Die revolutionäre Regierung bezeichnete Lenin alsOrgan des Aufstands“ (Lenin, Band 9, Seite 202). Die revolutionäre Staatsmacht hielt Lenin füreines der größten und höchsten `Mittel` , den politischen Umsturz zu verwirklichen“ (Lenin, Band 9, Seite 245).

Für das Gelingen eines Aufstandes waren für Lenin gleichwohl zwei Einrichtungen notwendig: Die revolutionäre Armee und die revolutionäre Regierung sind zwei Seiten ein und derselben Medaille. Es sind zwei Einrichtungen, die zum Gelingen des Aufstandes und zur Verankerung seiner Errungenschaften gleich notwendig sind. Es sind zwei Losungen, die unbedingt aufgestellt und erläutert werden müssen, weil sie die einzigen konsequenten, revolutionären Losungen sind“ (Lenin, Band 8, Seite 571). Die revolutionäre Regierung muss das `Volk` mobilisieren und seine revolutionäre Aktivität organisieren“ (Lenin, ebenda, Seite 570). „Vom `Sieg` des Volksaufstandes, von der Errichtung einer provosorischen Regierung sprechen und nicht auf den Zusammenhang dieser `Schritte` und Akte mit der Erkämpfung der Republik hinweisen – das heißt eine Resolution schreiben, nicht um den Kampf des Proletariats zu leiten, sondern hinter der proletarischen Bewegung einherzutrotten“ (Lenin, Band 9, Seite 24) Deswegen die marxistische Formel: Keine revolutionäre Regierung ohne Mitwirkung eines Aufstands und kein Aufstand ohne Mitwirkung einer revolutionären Regierung – ansonsten kann das aufständische Volk nicht siegreich sein – das ist die marxistisch-leninistische Formel des bewaffneten Aufstandes und der aufständischen Regierung als dessen Organ.

Natürlich kann der reale Rückhalt einer solchen Regierung nur der bewaffnete Aufstand sein. Aber die geplante Regierung wird ja auch nichts anderes sein als das Organ dieses schon heranwachsenden und heranreifenden Aufstands. Man durfte die Bildung einer revolutionären Regierung praktisch nicht in Angriff nehmen, solange der Aufstand nicht Ausmaße erreicht hatte, die allen sichtbar, sozusagen allen greifbar waren. Gerade jetzt ist es aber notwendig, diesen Aufstand politisch zusammenzufassen, ihn zu organisieren, ihm ein klares Programm zu geben und alle die schon zahlreich und zahlenmäßig rasch zunehmenden Abteilungen der revolutionären Armee zur Stütze und zu Hebeln dieser neuen, wirklich freien und wirklich vom Volk getragenen Regierung zu machen (Bürger! (...) Stellt die Zahlung aller Abgaben und Steuern ein, richtet alle Anstrengungen auf die Organisierung und Bewaffnung einer freien Volkswehr (...) Wer nicht für die Revolution ist, ist gegen die Revolution. Wer kein Revolutionär ist, der ist ein Schwarzhunderter (...) So etwa denke ich mir die Entwicklung des Sowjets der Arbeiterdeputierten zu einer provisorischen revolutionären Regierung“ (Lenin, Band 10, Seite 10 und 12). Wie wird die zusammengebrochene reaktionäre Regierung also durch eine revolutionäre Regierung abgelöst? Das Organ der Volksmacht, das zeitweilig die Obliegenheiten der zusammengebrochenen Regierung übernimmt, nennt man im schlichten und klaren Russisch provisorische revolutionäre Regierung. Eine solche Regierung muss provisorisch sein, denn ihre Vollmachten laufen ab, sobald eine vom Volk gewählte konstituierende Versammlung zusammentritt. Eine solche Regierung muss revolutionär sein, denn sie löst die zusammengebrochene Regierung ab, gestützt auf die Revolution. Dieser Wechsel kann nicht anders als auf revolutionärem Wege erfolgen“ (Lenin, Band 10, Seite 53). „Die provisorische revolutionäre Regierung ist das Organ des Aufstands, das alle Aufständischen vereinigt und den Aufstand politisch leitet“ (Lenin, Band 10, Seite 54).



Höhepunkt und Niedergang des russischen Aufstandes von 1905

Lenin beurteilte die Ereignisse in Moskau, verglich sie mit den anderen vorausgegangenen Aufständen und schätzte ihren weiteren Entwicklungsprozess trotz erlittener Niederlagen positiv ein:

Wie spärlich diese Nachrichten auch sein mögen, so erlauben sie doch, die Schlussfolgerung zu ziehen, dass der Ausbruch des Aufstandes in Moskau, verglichen mit den anderen Aufständen, keine höhere Stufe der Bewegung darstellt. Weder traten rechtzeitig vorbereitete und gut bewaffnete revolutionäre Kampfabteilungen in Aktion noch ging wenigstens ein gewisser Teil der Truppen auf die Seite des Volkes über, und auch die `neuen` Arten der Volksbewaffnung, die Bomben (die am 26. September [9.Oktober] in Tiflis den Kosaken und Soldaten einen solchen Schrecken eingejagt hatten), kamen nicht umfassend zur Anwendung. Fehlte aber auch nur eine dieser Bedingungen, so konnte weder mit der bewaffnung einer großen Zahl von Arbeitern noch mit dem Sieg des Aufstandes gerechnet werden. Die Bedeutung der Moskauer Ereignisse ist, wie wir bereits festgestellt haben, eine andere: ein großes Zentrum hat dadurch die Feuertaufe erhalten, ein riesiges Industriegebiet ist in den ernsten Kampf einbezogen worden. Das Anwachsen des Aufstandes in Russland verläuft natürlich nicht in einem gleichmäßigen und geradlinigen Aufschwung und kann auch nicht so verlaufen. Am 9. Januar war in Petersburg das vorherrschende Merkmal die rasche und einmütige Bewegung gigantischer Massen, die unbewaffnet waren und nicht in den Kampf traten, aber eine große Kampfeslehre erhielten. In Polen und im Kaukasus zeichnet sich die Bewegung durch eine ungeheure Hartnäckigkeit und eine verhältnismäßig häufigere Anwendung von Waffen und Bomben seitens der Bevölkerung aus. In Odessa bestand das besondere Merkmal im Übergang eines Teils der Truppen zu den Aufständischen. In allen Fällen und immer war die Bewegung in ihrem Kern proletarisch und unlösbar mit dem Massenstreik verbunden. In Moskau verlief die Bewegung in demselben Rahmen wie in einer ganzen Reihe anderer, weniger großer Industriezentren. Vor uns taucht naturgemäß die Frage auf: Wird die revolutionäre Bewegung auf diesem bereits erreichten, `gewohnt` und vertraut gewordenen Entwicklungsstadium stehenbleiben oder wird sie sich auf eine höhere Stufe erheben? Wenn man sich überhaupt auf das gebiet der Einschätzung so komplizierter und unübersichtlicher Ereignisse wagen kann, wie es die Ereignisse der russischen Revolution sind, so gelangen wir unvermeidlich zu der ungleich größeren Wahrscheinlichkeit der zweiten Antwort auf diese Frage. Gewiss, auch die gegebene, bereits erlernte, wenn man sich so ausdrücken darf, Kampfform – Partisanenkrieg, unaufhörliche Streiks, Erschöpfung der Kräfte des Feindes durch Überfälle und Straßenkämpfe bald an dem einen, bald an dem anderen Ende des Landes – auch diese Kampfform ergab und ergibt die ernsthaftesten Resultate. Kein Staat hält auf die Dauer diesen hartnäckigen Kampf aus, der das industrielle Leben lahmlegt, in die Bürokratie und in die Armee völlige Demoralisation hineinträgt und in allen Volkskreisen Unzufriedenheit mit der Lage der Dinge sät. Um so weniger ist die absolutistische Regierung imstande, einen solchen Kampf auszuhalten. Wir können völlig überzeugt sein, dass die beharrliche Fortsetzung des Kampfes, auch wenn er sich in den Formen hält, die von der Arbeiterbewegung bereits hervorgebracht worden sind, unweigerlich zum Zusammenbruch des Zarismus führen wird.

Es ist jedoch im höchsten Grade unwahrscheinlich, dass die revolutionäre Bewegung im heutigen Russland auf der Stufe stehenbleiben wird, die sie gegenwärtig bereits erreicht hat. Im Gegenteil, alle Tatsachen sprechen eher dafür, dass dies nur eine der ersten Stufen des Kampfes ist. Noch haben sich alle Folgen des schmachvollen unmd verderblichen Krieges im Volk bei weitem nicht ausgewirkt. Die Wirtschaftskrise in den Städten und die Hungersnot auf dem Lande steigern die Erbitterung ungeheuer. Die mandschurische Armee ist, nach allen Informationen zu urteilen, äußerst revolutionär gestimmt, und die Regierung fürchtet sich, sie zurückzurufen; aber es ist unmöglich, diese Armee nicht zurückzurufen, denn es drohen sonst neue und noch ernstere Aufstände. Die politische Agitation unter den Arbeitern und der Bauernschaft war in Russland noch nie so umfassend, so planmäßig und so tiefgehend wie jetzt. Die Komödie der Reichsduma wird der Regierung unvermeidlich neue Niederlagen bringen und in der Bevölkerung neue Erbitterung hervorrufen. Der Aufstand ist vor unseren Augen in knapp zehn Monaten ungeheur angewachsen, und es ist weder ein Hirngespinst noch ein frommer Wunsch, sondern eine direkte und unbedingte Schlussfolgerung aus den Tatsachen des Massenkampfes, wenn man feststellt, dass sich der Aufstand binnen kurzem auf eine neue, höhere Stufe erheben wird, auf eine Stufe, wo die Kampfabteilungen der Revolutionäre oder meuternden Truppentzeile der Volksmenge zur Hilfe kommen werden, wo sie den Massen helfen werden, sich Waffen zu verschaffen, wo sie in die Reihen der `zaristischen`(noch zaristischen, denn schon bei weitem nicht mehr völlig zaristischen) Truppen die größten Schwankungen hineingetragen werden, wo der Aufstand zu einem ernsthaften Sieg führen wird, vor dem sich der Zarismus nicht mehr erholen kann.

Die zaristischen Truppen haben in Moskau den Sieg über die Arbeiter davongetragen. Doch dieser Sieg hat die Besiegten nicht entkräftet, sondern sie nur fester zusammengeschweißt, ihren Hass vertieft und sie den praktischen Aufgaben des ernsten Kampfes nähergebracht. Die Truppen beginnen erst jetzt zu erkennen, und zwar nicht nur an hand der gesetze, sondern auch aus eigener Erfahrung, dass sie jetzt einzig und allein zum Kampf gegen den `inneren` Feuind mobilisiert werden. Der Krieg mit Japan ist zu Ende. Doch die Mobilmachung dauert fort, die Mobilmachung gegen die Revolution. Wir fürchten eine solche Mobilmachung nicht, wir stehen nicht an, sie zu begrüßen, denn je größer die Zahl der Soldaten sein wird, die man zum systematischen Kampf gegen das Volk einberuft, desto rascher wird die politische und revolutionäre Aufklärung dieser Soldaten vor sich gehen. Durch die Mobilmachung immer neuer Truppenteile zum Krieg gegen die Revolution schiebt der Zarismus die Entscheidung auf, aber dieser Aufscgub ist von größtem Vorteil für uns, denn in diesem langwierigen Partisanenkrieg lernen die Proletarier kämpfen, während die Truppen unvermeidlich ins politische Leben hineingezogen werden. Und der Ruf dieses Lebens, der Kampfruf des jungen Russlands, dringt sogar durch die dicksten Kasernenmauern, weckt die Unaufgeklärtesten, die Rückständigsten und die Eingeschüchtertsten. Der Ausbruch des Aufstands ist noch einmal unterdrückt worden. Noch einmal: Es lebe der Aufstand!“ (Lenin, „Blutige Tage in Moskau“, Band 9, Seite 337-339). Lenin räumte im Verlauf der revolutionären Ereignisse ein: „Doch diese Bewegung war noch äußerst unbewusst in revolutionärer Beziehung und völlig hilflos im Sinne der Bewaffnung und militärischen Bereitschaft“ (Lenin, Band 9, Seite 351). „Die Moskauer Ereignisse haben die wirkliche Gruppierung der gesellschaftlichen Kräfte gezeigt: Die Liberalen sind von der Regierung zu den Radikalen gerannt, um diesen den revolutionären Kampf auszureden. Die Radikalen haben in den Reihen des Proletariats gekämpft. Vergessen wir diese Lehre nicht“ (ebenda, Seite 353). „Im Großen und Ganzen ist die Bewegung in Moskau nicht bis zu einem entscheidenden Kampf der revolutionären Arbeiter mit den Streitkräften des Zarismus gelangt. Das waren nur kleinere Vorpostengeplänkel, teilweise vielleicht eine militärische Demonstration im Bürgerkrieg, aber keine jener Schlachten, die den Ausgang des Krieges bestimmen (...), dass wir es nicht mit einem Beginn, sondern nur mit einer Probe des entscheidenden Ansturms zu tun haben“ (Lenin, Band 9, Seite 375). „In jedem Krieg machen die Gegner, deren Kräfte sich die Waage halten, eine Weile halt, sammeln Kräfte, rasten, werten die gemachten Erfahrungen aus, bereiten sich vor und – stürzen sich in den neuen Kampf. (...) So war es und so wird es immer sein in jedem großen Bürgerkrieg“ (Lenin, Band 10, Seite 392). Lenin schätzte die Taktik der Regierung im Zustand des relativen Gleichgewichts der kämpfenden Kräfte klar ein:Es ist zweifellos ein Lavieren und ein Rückzug mit Nachhutgefechten. Und das ist eine ganz richtige Taktik vom Standpunkt der Interessen der Selbstherrschaft. Es wäre ein großer Irrtum, eine verhängnisvolle Illusion, wenn die Revolutionäre vergäßen, dass die Regierung noch lange, sehr lange zurückweichen kann, ohne das Wesentliche aufzugeben“ (Lenin, Band 9, Seite 378). „Die Selbstherrschaft hat nicht mehr die Kraft, offen gegen die Revolution vorzugehen. Die Revolution hat noch nicht die Kraft, dem Feind den entscheidenden Schlag zu versetzen. Dieses Schwanken der Kräfte, die sich fast die Waage halten, erzeugt bei der Staatsmacht unvermeidlich Kopflosigkeit und bewirkt, dass sie von Repressalien zu Zugeständnissen, zu Gesetzen über Presse- und Versammlungsfreiheit übergeht“ (Lenin, Band 9, Seite 394-395) und die Daumenschrauben werden etwas lockert, Ventile etwas geöffnet, damit die Empörung des Volkes wieder gefahrlos entweichen und das Machtverhältnis aufrecht erhalten bleiben kann.Verhandlungen mit dem aufständischen Volk, Zurückziehen der Truppen – das ist der Anfang vom Ende. Das zeigt besser als alle Vernunftsgründe, dass sich die militärischen Spitzen im höchsten Grade unsicher fühlten. Das zeigt, dass die Unzufriedenheit unter den Truppen ein wahrhaft erschreckendes Ausmaß erreicht hatte. In Kiew wurden Soldaten verhaftet, die sich geweigert hatten, zu schießen. In Polen gab es ähnliche Fälle. In Odessa hielt man die Infanterie in den Kasernen zurück, weil man sich fürchtete, sie auf die Straße zu führen. In Petersburg begann eine offene Gärung in der Flotte, und man sprach von völliger Unzuverlässigkeit der Garde. Und was die Schwarzmeerflotte betrifft, so ist es bisher nicht gelungen, wirklich die Wahrheit zu erfahren. Schon am 17. Oktober meldeten Telegramme, dass sich das Gerücht von einer neuen Empörung dieser Flotte hartnäckig erhalte, dass von den Behörden, die alle Mittel aufböten, um die Verbreitung von Nachrichten über die Ereignisse zu verhindern, alle Telegramme abgefangen würden. Reiht man alle diese bruchstückhaften Nachrichten aneinander, so kommt man unweigerlich zu dem Schluss, dass die Lage der Selbstherrschaft sogar vom rein militärischen Standpunkt aus verzweifelt war. Zwar wurden noch einzelne Aufstände unterdrückt, zwar nahmen die Truppen noch hier und da Barrikaden, doch diese einzelnen Zusammenstöße entfachten nur die Leidenschaften, steigerten nur die Empörung, rückten nur eine noch mächtigere allgemeine Explosion näher, und gerade davor fürchtete sich die Regierung, da sie sich nicht mehr auf die Truppen verlassen konnte“ (Lenin, Band 9, Seite 432). Der Aufstand der Matrosen und Soldaten in Kronstadt begann am 26. Oktober (8. November) 1905. Die Aufständischen erhoben die Forderungen: Einberufung einer konstitutionellen Versammlung auf Grund allgemeiner Wahlen, Errichtung einer demokratischen Republik, Rede- , Koalitions- und Versammlungsfreiheit, Verbesserung der Lage der Matrosen und Soldaten. Am 28. Oktober (10. November) wurde der Aufstand niedergeschlagen. Das Beispiel von Kronstadt zeigt (...), mag sie [die Regierung – Anmerkung des Verfassers] jetzt Hunderte von Matrosen erschießen, die wieder einmal die rote Flagge gehisst haben – diese Flagge wird noch höher wehen, denn sie ist das Banner aller Werktätigen und Ausgebeuteten in der ganzen Welt[hervorgehoben vom Verfasser], (Lenin, Band 9, Seite 467). Ende November 1905 schrieb Lenin:

Der bewaffnete Aufstand in Kiew macht offenbar noch einen weiteren Schritt vorwärts, den Schritt zur Verschmelzung der revolutionären Armee mit den revolutionären Arbeitern und Studenten. Davon zeugt jedenfalls ein Bericht der `Rus` über ein sechzehntausendköpfiges Meeting im Kiewer Polyklinikum unter dem Schutz eines Pionierbataillons der aufständischen Soldaten“ (Lenin, Band 10, Seite 52).

Wir dürfen mit vollem Recht triumphieren. Das Zugeständnis des Zaren ist in der Tat ein großer Sieg der Revolution, doch entscheidet dieser Sieg noch lange nicht das Schicksal der ganzen Sache der Freiheit. Der Zar hat noch lange nicht kapituliert. Die Selbstherrschaft hat durchaus noch nicht aufgehört zu bestehen. Sie hat nur den Rückzug angetreten und dem Feind das Schlachtfeld überlassen, sie hat in einer äußerst ernsten Schlacht den Rückzug angetreten, aber sie ist noch lange nicht geschlagen, sie sammelt noch ihre Kräfte, und das revolutionäre Volk muss noch viele ernste Kampfaufgaben lösen, um die Revolution zum wirklichen und vollen Sieg zu führen“ (Lenin, Band 9, Seite 430). „Aber das Gleichgewicht der Kräfte schließt den Kampf keineswegs aus, sondern macht ihn im Gegenteil noch schärfer. Der Rückzug der Regierung bedeutet lediglich, wie wir schon sagten, dass sie eine neue, von ihrem Standpunkt aus günstigere Kampfstellung bezieht“ (Lenin, Band 9, Seite 450). „Alles gewähre ich, außer der Macht – erklärt der Zarismus. Alles ist Blendwerk, außer der Macht – erwidert das revolutionäre Volk“ (Lenin, Band 9, Seite 452). „Wer für die Freiheit des Volkes kämpft, ohne für die volle Macht des Volkes im Staate zu kämpfen, der ist entweder inkonsequent oder unaufrichtig“ (Lenin, Band 10, Seite 388).

Sind die Klassengegner kräftemäßig ebenbürtig, das Kräfteverhältnis ausgeglichen, dann wird der Sieg um so schwerer zu erringen sein, dann ist die Wahrscheinlichkeit besonders groß, dass sich der Kampf in die Länge zieht, dass die Anstrengungen und Verluste auf beiden Seiten außerordentlich zunehmen können, dass es auf die Mobilisierung der Reserven, auf das Durchhaltevermögen in einem Stellungs- oder Belagerungskrieg und viele anderer Faktoren ankommt, dass die Fronten komplizierter und härter werden, dass er sich ausweitet und die Entscheidung auf sich warten lässt, dass derjenige eine Niederlage erleidet, dessen Kräfte schließlich zuerst erschöpft sind. In Patt-Situationen kann häufig nur die bessere Kriegskunst über Sieg oder Niederlage entscheiden.

Solange die Macht in den Händen des Klassenfeindes ist, kann er dieses Gleichgewicht auf der Waage der sich im Krieg befindenen antagonistischen Klassenkräfte zu halten versuchen, kann er abwarten und seine konterrevolutionären Kräfte sammeln, hat er Zeit, um seiner Kopflosigkeit wieder Herr zu werden – zu mehr reicht seine Kraft allerdings nicht. Die Kräfte der Konterrevolution reichen an einem bestimmten Punkt nicht mehr aus, um die Revolution aufzuhalten und niederzuringen. Auf der Seite der Revolution sind die Kräfte an jenem Punkt jedoch für einen Sieg noch nicht ausreichend, um den entscheidenden Schlag zu führen. Für die Konterrevolution ist es unvorteilhaft, vorzugehen und anzugreifen in einem solchen Moment, während für das Proletariat und für seine Verbündeten dieser Zustand noch viel zu unbefriedigend und kritisch ist, denn: Wenn wir nicht noch eine Stufe höher steigen, wenn wir die Aufgabe des selbständigen Angriffs nicht bewältigen, wenn wir die Kräfte des Zarismus nicht brechen, seine faktische Macht nicht zerstören, dann wird die Revolution halbschlächtig sein, dann wird die Bourgeoisie die Arbeiter nasführen“ (Lenin, Band 9, Seite 416) und das trat ja denn auch ein: “Die Verschwörung ist da. Man hat beschlossen, den Streik durch Massenentlassungen von Arbeitern zu bekämpfen(...) Man will das durch den vorangegangenen Kampf erschöpfte Petersburger Proletariat zu einer neuen Schlacht unter den ungünstigsten Bedingungen provozieren“ (Lenin, Band 10, Seite 37); „Die Schwarzhunderter fingen an zu wüten. (...) Es herrscht der weiße Terror. (...) Die Konterrevolution tobt sich aus. (...) vom Finnischen Meerbusen bis zum Schwarzen Meer – überall ein und dasselbe Bild (..) Racheakte und `Revanche`“ (Lenin, Band 9, Seite 453/454). „Zu einem solchen Zeitpunkt ist es wichtiger denn je, alle Bemühungen auf die Vereinigung der Armee der Revolution in ganz Russland zu richten, ist es wichtig, die Kräfte zu schonen, die eroberten Freiheiten zu verhundertfachter Agitation und Organisation auszunutzen und sich auf neue entscheidende Schlachten vorzubereiten“ (Lenin, Band 10, Seite 37/38), damit die konterrevolutionäre Provokation des durch den Aufstand kräftemäßig verausgabten und regenerierungsbedürftigen Proletariats missglückt.

Dieses oben erwähnte relative Gleichgewicht der Kräfte wird auch eines Tages unvermeidlich im Weltmaßstab in Erscheinung treten, müssen wir aus der Taktik von 1905 die richtigen Schlussfolgerungen ziehen – und die weltrevolutionäre Flutwelle wird scheinbar wieder abflauen, um erneut anzuschwellen – die internationale Konterrevolution wird gnadenlos und die Opfer der Racheakte zahlreich sein, aber mit jeder `Revanche`gegen die Weltrevolution wird auch die internationale Konterrevolution ein weiteres Stück zersetzt und die Macht der Weltbourgeoisie unaufhaltsam dahinschwinden. Aber die Weltrevolutionäre dürfen sich heute nach 2 Weltkriegen, mitten in den permanent fortgesetzten Kriegen in der „Friedensperiode“ zwischen den Weltkriegen, nicht der Illusion hingeben, dass die Weltbourgeoisie und ihre Regierungen auf dieser Erde nicht mehr genug Rückzugsraum vorfinden, dass das System des Weltkapitalismus nicht noch eine ganze Weile überlebensfähig bleibt, dass die Weltmacht des Imperialismus im Wesentlichen noch eine gewisse Periode bestehen bleibt, und dass das Weltproletariat an der Spitze der Völker noch so manche internationale Schlacht zu schlagen hat, insbesondere gegen solche Kräfte in den eigenen Reihen, die dem Weltimperialismus erst diese Rückzugs- und Regenerationsräume für den nächsten Weltkrieg ermöglichen, dadurch dass sie Verrat am Weltproletariat, Verrat an den revolutionären Völkern üben. Wenn sich der Feind zurückzuziehen versucht, muss man ihn verfolgen – darf man ihm keine Atempause gönnen. Wenn der Feind sich vom Schlachtfeld zurückzieht, ist das nur der halbe Sieg. Je leichter sich der Gegener zurückziehen kann, desto schneller und gestärkter wird er auch wieder auf das Schlachtfeld zurückkehren – nur besser vorbereiten und ausgerüstet, wird unser Sieg nicht leichter zu erkämpfen sein, wenn wir nicht unsererseits noch besser vorbereitet und noch gerüsteter sein werden, um die Revolution auf der Welt immer wieder erneut zu entflammen. Der III. Parteitag der SDAPR war eines der ersten Initiativen für die Entflammung Europas, zur Entfaltung der Weltrevolution:

Der III. Parteitag der SDAPR beschloss im Mai 1905 `die Aufgabe, das Proletariat zum unmittelbaren Kampf gegen die Selbstherrschaft auf dem Wege des bewaffneten Aufstands zu organisieren`. (...) Zum ersten Mal in der Weltgeschichte war eine so hohe Stufe der Entwicklung und eine so große Stärke des revolutionären Kampfes erreicht, dass der bewaffnete Aufstand in Verbindung mit dem Massenstreik, dieser spezifischen proletarischen Waffe, in Erscheinung trat. Es ist klar, dass diese Erfahrung für ALLE proletarischen Revolutionen von überragender Bedeutung ist. (...) Durch die Massenstreiks und bewaffneten Aufstände wurde die Frage der revolutionären Macht und der Diktatur von selbst auf die Tagesordnung gestellt, denn diese Kampfmethoden führten unvermeidlich – zunächst im örtlichen Maßstab – zur Verjagung der alten Behörden, zur Ergreifung der Macht durch das Proletariat und die revolutionären Klassen, zur Vertreibung der Gutsbesitzer, mitunter zur Besetzung von Fabriken usw. usf. Der revolutionäre Massenkampf jener Zeit rief solche in der Weltgeschichte noch nie dagewesene Organisationen ins Leben wie Sowjets der Arbeiterdeputierten, sodann auch Sowjets der Soldatendeputierten, Bauernkomitees usw. Die Hauptfragen (Sowjetmacht und Diktatur des Proletariats), die heute im Mittelpunkt der Aufmerksamkeit der klassenbewussten Arbeiter der ganzen Welt stehen, waren somit bereits Ende 1905 praktisch gestellt worden“ ( Lenin, Band 31, Seite 333-334, „Geschichtliches zur Frage der Diktatur), dt. Ausgabe).

Die Ereignisse haben alle, selbst Leute die dem Marxismus gänzlich fernstehen, gelehrt, die Zeitrechnung der Revolution mit dem 9. Januar 1905 zu beginnen, d.h. mit der ersten bewusst politischen Bewegung von Massen, die einer bestimmten Klasse angehören“ (Lenin, Band 13, Seite 107). „Die `Koalition von Proletariat und Bauernschaft`, die in einer bürgerlichen Revolution siegt, ist nichts anderes als die revolutionär-demokratische Diktatur des Proletariats und der Bauernschaft (...) . Bei uns ist der Sieg der bürgerlichen Revolution als Sieg der Bourgeoisie unmöglich“ (Lenin, Band 15, Seite 45 und 46).

Es ist das weltgeschichtliche Verdienst des Bolschewismus, dass er in der Revolution von 1905 vom ersten Schritt an eine Strategie und Taktik des Kampfes entwickelte, die den Verhältnissen der neuen Epoche entsprachen und die Arbeiterklasse zur bewussten Erkenntnis der vor ihr stehenden historischen Aufgaben erzogen. Lenin notierte 1905 den Aufstand als internationalistische Aufgabe: Europa entflammen!“ (Lenin, Band 9, Seite 202). „Das Proletariat wird sich nicht mehr nur mit dem Mittel des friedlichen Streiks, sondern mit der Waffe in der Hand sowohl für Russlands als auch für Polens Freiheit erheben“ (Lenin, Band 10, Seite 9). Und Stalin wertete den proletarischen Aufstand, den revolutionären Aufstand der Soldaten und Matrosen ebenfalls als internationalistische, weltrevolutionäre Aktion:Der Aufstand der deutschen Flotte ist höchster Ausdruck der sich entfaltenden sozialistischen Weltrevolution in ganz Europa“ (Stalin- Geschichte der KpdSU).

Lenin bezeichnete 1905 Europa alsReserve der russischen Revolution. Die Zeiten sind vorüber, da die Völker und Staaten abgesondert voneinander leben konnten. Schaut euch um: Europa ist schon in Wallung. Seine Bourgeoisie ist bestürzt und bereit, Millionen und Milliarden herzugeben, nur um der Feuersbrunst in Russland Einhalt zu gebieten. Die Herrscher der europäischen Militärmächte erwägen eine militärische Unterstützung des Zaren. Wilhelm hat bereits einige Kreuzer und zwei Torpedoboots-Divisionen entsandt, um eine direkte Verbindung zwischen der deutschen Soldateska und Peterhof herzustellen. Die europäische Konterrevolution reicht der russischen Konterrevolution die Hand. Versuchen Sie es, versuchen Sie es, Bürger Hohenzollern! Auch wir haben eine europäische Reserve der russischen Revolution, die internationale revolutionäre Sozialdemokratie. Die Arbeiter der ganzen Welt begrüßen mit glühender Begeisterung den Sieg der russischen Arbeiter, und im Bewusstsein der engen Verbindung zwischen den Abteilungen der internationalen Armee des Sozialismus rüsten auch sie zum großen und entscheidenden Kampf“ (Lenin, Band 9, Seite 437). Dies ist eine bedeutsame und hervorragende Sichtweise Lenins, auf die sich die ganze weltproletarische Militärwissenschaft heute mehr denn je stützt, auf der die Notwendigkeit der Schaffung einer proletarischen revolutionären Weltarmee beruht! Und es werden sich schließlich umgekehrt die Reserven der sozialistischen Revolutionen in den einzelnen Ländern in Reserven der proletarischen sozialistischen Weltrevolution verwandeln. Lenin hat uns stets gemahnt, nie zu vergessen, dass der volle Sieg der Revolution in einem Land auf dem Bündnis des revolutionären Proletariats dieses oder jenes Landes mit den sozialistischen Arbeitern aller Länder beruht und engstens mit ihnen verknüpft ist sowie umgekehrt, dass der volle Sieg der Weltrevolution auf den siegreichen Revolutionen in den einzelnen Ländern beruht und eng mit ihnen verknüpft ist.

Lenin unterzog unzählige Aufstände einer materialistisch - historischen Analyse, verglich sie miteinander und arbeitete ihre Unterschiedlichkeit heraus, insbesondere untersuchte er die jeweiligen konkreten Ursachen und Entstehungsgeschichte von Aufständen, verallgemeinerte die Erfahrungen, die Gründe für Sieg und Niederlage und zog daraus für die konkrete Vorbereitung, Durchführung und Leitung von Aufständen wertvolle Schlussfolgerungen, gab taktische Direktiven praktisch-organisatorischen Charakters soohl für den Fall des Sieges als als auch für den Fall der Niederlage des Aufstandes, also für einen geordneten Rückzug – und Lenin erwies sich in dieser Hinsicht als bester Schüler von Marx und Engels. An den einzelnen Kämpfen und Ausbrüchen lernt das Volk, was Revolution ist – und Lenins vortreffliche Sache war es, nicht hinter den Aufgaben der Stunde zurückzubleiben, sondern stets imstande zu sein, die nächstfolgende, höhere Stufe des Kampfes aufzuzeigen, die Erfahrungen und Lehren der Vergangenheit und der Gegenwart zu verwerten und die Arbeiter und Bauern immer nachdrücklicher und eindringlicher aufzufordern, vorwärts, immer weiter vorwärts zu stürmen, bis zum vollständigen Sieg des Volkes. Und Lenin ging noch weiter: Er richtete sein Augenmerk auch auf die Revolutionen in Westeuropa und stellte die notwendigen Verbindungen des russischen Aufstandes mit der internationalen Sozialdemokratie her, um zu verhindern, dass die europäische Bourgeoisie die europäischen Völker zwingt, die Rolle der Henker der russischen Freiheit zu spielen“ (Lenin, Band 8, Seite 558).

So verurteilte Lenin im europäischen Maßstab, dass die russische Konterrevolution die nationalen Grenzen zu überschreiten versuchte und deswegen bedeutete für Leninjedes Abweichen von der [internationalistischen – Anmerkung des Verfassers] Aufgabe des Aufstandes (...) , jede Ausflucht vor der Notwendigkeit, sich am Aufstand zu beteiligen [ + jede Ausflucht vor der Notwendigkeit, sich gegen die Bekämpfung des Aufstandes von außen aktiv zu beteiligen - eben im Lenin`schen Sinne des proletarischen Internationalismus – Anmerkung des Verfassers], eine Kapitulation vor der Bourgeoisie, eine Verwandlung des Proletariats in ihren Trabanten. Das Proletariat hat noch nirgends in der Welt und noch kein einziges Mal die Waffen aus der Hand gegeben, wenn ein ernsthafter Kampf entbrannt war; es ist noch kein einziges Mal vor dem verfluchten Erbe der Unterdrückung und Ausbeutung zurückgewichen, ohne dass es seine Kräfte mit dem Feind gemessen hätte“ (Lenin, Band 9, Seite 255-56). „Vom Aufstand, von seiner Kraft, vom natürlichen Übergang zu ihm zu sprechen und nichts über die revolutionäre Armee zu sagen, ist Unsinn und Konfusion, und zwar um so mehr, je besser mobilisiert, die konterrevolutionäre Armee ist“ (Lenin, Band 9, Seite 365). Heute von Weltrevolution, von ihrer Kraft zu reden, vom natürlichen Übergang zu ihr sprechen, ohne etwas über die revolutionäre Weltarmee zu sagen, ist mit den Worten Lenins ausgedrückt ebenso Unsinn und Konfusion, und zwar um so mehr, je besser mobilisiert die internationale konterrevolutionäre Armee ist !! Und das ist ja wohl zweifellos der Fall wie man täglich sieht oder etwa nicht? Von den Weltrevolutionären wird die revolutionäre Weltarmee nur von denjenigen ignoriert, die hoffnungslos im Schlepptau der Revisionisten einhertrotten. Die Unverzichtbarkeit der revolutionären Weltarmee ist der einzig richtige, der marxistisch-leninistische Weg; jeder Weg ohne sie ist revisionistisch ! Der Erfolg der Weltrevolution hängt ab 1. von der weltrevolutionären Agitation und Organisation, von der moralischen Kraft und 2. von der materiellen Kraft , der revolutionären Weltarmee, wobei die erste Bedingung längst anerkannt, die zweite aber noch längst nicht anerkannt ist, ja man kann sagen, dass sie eigentlich und tatsächlich erst erkannt wurde von der Komintern/ML und insbesondere durch dieses Lehrbuch und... dass es bis zu ihrer vollständigen (praktischen) Anerkennung noch entscheidender Kämpfe in der Zukunft bedarf. Aber die revolutionäre Weltarmee wird kommen, daran kann kein Zweifel sein, und das wird niemand weder ignorieren noch verhindern können!

Lenin veranschaulichte treffend die Haltung der damaligen menschewistischen Opportunisten („Neuiskristen“) zum Aufstand, ( -* und wir sprechen ja heute auch von den Revisionisten als „Feuerlöscher der Revolution“ - ) indem Lenin folgenden Vergleich heranzog:

Anstatt das Feuer dadurch zu schüren, dass man die Fenster einschlägt und dem frischen Luftzug der Arbeiteraufstände Zutritt gewährt, mühen sie sich im Schweiße ihres Angesichts, Spielzeugblasebälge zu erfinden und die revolutionäre Glut der Oswoboshdenzen [ „Bund der Befreiung“ 1902-1905; Organisation der liberalen Bourgeoisie unter Führung von P. B. Struve; Kern der liberal-monarchistischen Kadettenpartei , die später Vertreterin der imperialistischen Bourgeoisie wurde – Anmerkung des Verfassers ] dadurch anzublasen, dass sie ihnen närrische Forderungen und Bedingungen stellen (...) Einen wirklichen und nicht eingebildeten Druck kann man nur durch den Aufstand ausüben. Sobald der Bürgerkrieg das ganze Land erfasst, wird der Druck durch militärische Gewalt, in offener Schlacht ausgeübt, und alle anderen Versuche, einen Druck auszuüben, sind hohle und erbärmliche Phrasen“ (Lenin, Band 9, Seite 254). [Und es muss nicht extra wieder angemerkt werden, dass dies auch auf die Aufstände in allen Ländern, auf den internationalen Bürgerkrieg, auf das offene internationale Schlachtfeld zutrifft, wovon Lenin immer wieder gesprochen hat].

Für die Bourgeoisie ist die präventive Feuerbekämpfung von Aufständen die effektivste. Kann sie das Ausbrechen eines Aufstandes trotzdem nicht verhindern, bekämpft sie zunächst das Zentrum des Brandherdes, bekämpft sie das Feuer da, wo es sich nährt, richtet sie sich gegen die „Rädelsführer“, „Aufrührer“ und „Brandstifter“, die das Feuer schüren, bekämpft sie die Organisierung der Aufständischen. Treten die Brandherde an unabhängigen Orten einer nach dem anderen auf, kann jeder auch einer nach dem anderen gelöscht werden, bevor es zur Vereinigung und Zusammenfassung aller Teilbrände kommt; einzeln sind die Ausbrüche machtlos, das weiß auch die Konterrevolution, also versucht sie Schneisen zu legen. Hat sich der Brand aber erst einmal im Volk ausgebreitet zu einem unaufhaltsamen Feuersturm, wird es immer schwerer und schließlich unmöglich sein, den Aufstand mit der „Feuerwehr“ zu bekämpfen, und dann mischt man sich unter das Volk, um es zu betrügen und von „unten“ bzw. von „innen“ her die erhitzten Gemüter zu besänftigen und wieder die Macht zurückzuerobern. Aufstände sind nicht gleich Aufstände und deswegen muss man genau wissen, welchen man schüren [nicht zu verwechseln mit künstlichem Schüren!) und welchen man aufhalten muss. Auch die Bourgeoisie hat im Laufe der Geschichte gelernt, dass sie mit selbst provozierten Aufständen die für sie tatsächlich bedrohlichen und gefährlichen Aufstände bekämpfen können, dass man ihnen zuvorkommen kann, so wie die Feuerwehr bestimmte Brände legt, Gegenfeuer entfacht, um die Ausbreitung des eigentlichen Brandes einzudämmen oder zu verhindern: kurz, den Aufstand mit der Waffe des „Aufstandes“ zu schlagen. 1. Alles vermeiden, um einen Aufstand zu provozieren; Konfliktvermeidungsstrategien 2. Alles tun, um den Aufstand zu provozieren, um die Konzentration und Zentralisierung der aufständischen Kräfte vor der Entscheidungsschlacht aufzureiben und in die Organisierung mit Saboteuren und Provokateuren einzudringen – die Konterrevolution als „l` agent provocateur“. 3. Erbarmungslose Hetzjagd auf die niedergeschlagenen Aufständischen – Rachefeldzug; „Lehre erteilen“; dann wieder bis zum nächsten Aufstand 1.; 2.; 3.; usw.usf.

Ist die gesamte Bevölkerung zum „inneren Risiko“ geworden, sind Polizei und Armee auf sich allein gestellt schnell am Ende ihres „Lateins“. Mit Verfolgung revolutionärer Agitatoren kommt die Regierung nicht weiter, also schickt die Bourgeoisie ihre eigenen Gegenagitatoren ins Volk und hetzt die Medien gegen sie auf. Revolutionäre Organisationen unterdrücken, damit kann sich die Regierung nicht mehr begnügen, also organisiert sie selber ihre konterrevolutionären Verbände. Der Aufstand zwingt die Regierung nicht nur zu zittern, sondern Gegenrevolutionen zu inszinieren, und so organisiert die Konterrevolution ihre eigenen Aufstände, entfesselt sie den Bürgerkrieg. Aus Angst vor der Revolution greift die Regierung selber zu Waffen der Revolution: zur Organisation, zur Propaganda und Agitation. Mit diesem zweischneidigen Schwert, mit der die Regierung Schauspiele der Volksempörung inszeniert, maskiert sie ihren Faschismus/Sozialfaschismus, richtet sie ihren Staatsterror „legal“ gegen das aufständische Volk. Unterdrückung erzeugt bekanntlich den Kampf gegen die Unterdrückung, und der Kampf gegen die Unterdrückung erzeugt wiederum Gegenunterdrückung – ohne Revolution keine Gegenrevolution, ohne bewaffnete Gegenrevolution keinen bewaffneten revolutionären Kampf etc. Nun hat es in der Geschichte nicht wenige Beispiele gegeben, wo sich ausgerechnet die Konterrevolution der Kunst des Aufstandes bedient hat, um damit der Revolution zuvorzukommen und sie zu erwürgen, bevor sie ausbricht. All das muss stets auf die internationale Leinwand projeziert werden, denn die Weltbourgeoisie ist schon lange zur ihrer mehr oder weniger koordinierten internationalen Brandbekämpfung übergegangen, wird sie ihre Anstrengungen auf diesem Gebiet mit allergrößter Wahrscheinlichkeit weiter erhöhen – und zwar in dem Masse, wie die revolutionären Brände sich internationalisieren.

Schwer und mühselig ist der Weg der russischen Revolution. Jedem Aufschwung, jedem Teilerfolg folgt eine Niederlage, folgt Blutvergießen, folgen wüste Ausschreitungen der Selbstherrschaft gegen die Freiheitskämpfer. Doch nach jeder `Niederlage` wird die Bewegung immer breiter, der Kampf immer umfassender, die Masse der Klassen und Gruppen des Volkes, die in den Kampf hineingezogen werden und an ihm mitwirken, immer größer. Jedem Ansturm der Revolution, jedem Schritt vorwärts in der Organisierung der streitbaren Demokratie folgt ein geradezu wütender Ansturm der Reaktion, folgt ein Schritt vorwärts in der Organisierung der Schwarzhunderterelemente im Volk, jedesmal wächst die Unverfrorenheit der Konterrevolution, die verzweifelt um ihr Dasein kämpft. Aber die Kräfte der Reaktion schwinden trotz aller ihrer Anstrengungen unaufhaltsam. Auf die Seite der Revolution tritt ein immer größerer Teil der Arbeiter, Bauern und Soldaten, die gestern noch indifferent waren oder im Lager der Schwarzhunderter standen. Illusion um Illusion wird zerstört, immer mehr fallen die Vorurteile, die das russische Volk zu einem vertrauensseligen, geduldigen, treuherzigen, ergebenen, alles ertragenden und alles vergebenden Volk machten. Der Selbstherrschaft sind zahlreiche Wunden geschlagen, aber sie ist noch nicht tot. Sie steckt vom Kopf bis zu den Füßen in Binden und Bandagen, aber sie hält sich noch aufrecht, lebt noch, ja sie schlägt um so wütender um sich, je mehr sie blutet“ (Lenin, Band 11, Seite 122).

Mit provozierten Aufständen hat die Bourgeoisie schon bereits im 19. Jahrhundert ausprobiert, welche Wirkung ein kleiner „Aderlass“ hat. Zum blutig niedergeschlagenen Arbeiteraufstand vom Juni 1848 sagte Engels:

Es war das erste Mal, dass die Bourgeoisie zeigte, zu welcher wahnsinnigen Grausamkeit der Rache sie aufgestachelt wird, sobald das Proletariat es wagt, ihr gegenüber als aparte Klasse mit eigenen Interessen und Forderungen aufzutreten. Und doch war 1848 noch ein Kinderspiel gegen ihr Wüten von 1871“ (Engels, MEW, Band 22, Seite 190).

Lenin verglich u.a. die Lehren aus der französischen Umwälzung der bürgerlichen Demokratie 1789 mit den Aufständen in Deutschland in den Jahren 1848 und 1849 und stellte fest, dass sie in Frankreich verwirklicht wurde, aber in Deutschland unvollendet blieb. Diese Besonderheiten sind auch der Bourgeoisie nicht unbekannt gewesen. Lenin kritisierte daher gerade solche bürgerlichen Schreiberlinge, die nur deswegen den deutschen Weg gegenüber dem französischen Weg vorzogen, weil sie von der Konterrevolution leichter einzudämmen waren. In den Jahren 1848 und 1849 gab es in Deutschland eine ganze Reihe von Aufständen und sogar provisorischen revolutionären Regierungen. Doch keiner dieser Aufstände war völlig siegreich. Der erfolgreichste Aufstand, der Berliner Aufstand vom 18. Märt 1848, endete nicht mit dem Sturz der Königsmacht, sondern mit Zugeständnissen des an der Macht gebliebenen Königs, der sich von der Teilniederlage sehr rasch erholen und alle diese Zugeständnisse zurücknehmen konnte. Der gelehrte Historiker der Bourgeoisie fürchtet also nicht die Aufstände des Volkes. Er fürchtet den Sieg des Volkes. Er fürchtet nicht, dass das Volk der Reaktion, der Bürokratie, der ihm verhassten Bürokratie, einen kleinen Denkzettel geben könnte. Er fürchtet den Sturz der reaktionären Macht durch das Volk. Er hasst die Selbstherrschaft und wünscht von ganzem Herzen ihren Sturz, Russlands Untergang aber erwartet er nicht von der Erhaltung der Selbstherrschaft, nicht von der Vergiftung des Volksorganismus durch das langsame Verfaulen des nicht abgetöteten Parasiten der monarchistischen Regierungsmacht, sondern vom vollen Sieg des Volkes“ (Lenin, Band 9, Seite 237).

Die Konterrevolution hat schon so manchen Aufstand provoziert und so manche Arbeiterklasse hat diesen Provokationen nicht widerstanden, so die Provokation eines rumänischen Bergarbeiteraufstandes zum Schutz des sozialfaschistischen Regimes gegenüber der rumänischen Bewegung für das ausländische Kapital. Das rumänische Proletariat hätte zunächst das eigene sozialfaschistische Regime stürzen und sogleich den revolutionären Kampf gegen die Vertreter des ausländischen Kapitals aufnehmen müssen. Die Arbeiterklasse kann sich weder auf die eine noch auf die andere Seite stellen, sie kann sich nur auf den Standpunkt ihrer eigenen Interessen stellen, wenn sie sich für den Weg des Aufstandes entschlossen hat.Proletarierblut ist zu kostbar, als dass man es ohne Not und ohne Hoffnung auf den Sieg vergießen dürfte“ (Lenin, Band 10, Seite 439). Die vom Geheimdienst provozierten Aufstände haben das Blut der Arbeiter somit nur vergossen, um sie noch tiefer ins Elend zu stürzen und der arbeiterfeindlichen Regierung noch fester in den Sattel zu helfen. Doch diese aufständischen Arbeiter sind durch eine harte Schule gegangen, in der sie gestählt und desillusioniert wurden. Es sind gerade diese aufständischen Arbeiter, die zukünftigen Provokationen am diszipliniertesten widerstehen werden. Die Beseitigung der Desillusionen, die ein provozierter Aufstand bei den Arbeitern hinterlassen hat, ist die erste Voraussetzung für den Sieg eines jeden erneuten Aufstandes, der sich ausschließlich auf die Selbständigkeit und auf die eigenen Kräfte der Aufständischen stützt, die sich nicht missbrauchen und nicht wieder in feindliches Gewässer manövrieren lassen, auch wenn es mit roter Tarnfarbe überstrichen ist.

Wir revolutionären Sozialdemokraten erblicken in den Aufstandsversuchen den Beginn des Aufstandes der Massen, einen missglückten, verfrühten, unrichtigen Beginn, aber wir wissen, dass die Massen den erfolgreichen Aufstand nur an Hand der Erfahrung missglückter Aufstände erlernen (...) Die durch die Kaserne am ärgsten eingeschüchterten Arbeiter und Bauern haben begonnen, sich zu erheben – so sagen wir. Daraus ergibt sich die klare und direkte Schlussfolgerung: man muss ihnen erläutern, um welcher Ziele willen und wie der erfolgreiche Aufstand vorzubereiten ist.

Die Liberalen urteilen anders: Die Soldaten werden zu `verzweifelten Protestausbrüchen` `getrieben` , sagen sie. Für die Liberalen ist der aufstämdische Soldat nicht Subjekt der Revolution, nicht der erste Vorbote der sich erhebenden Massen, sondern ein Objekt der Regierungswillkür (`man treibt ihn zur Verzweiflung`), das zur Demonstrierung dieser Willkür dient. Seht, wie schlecht unsere Regierung ist, dass sie die Soldaten zur Verzweiflung treibt und sie dann mit der Kugel zur Ruhe bringt – sagt der Liberale. (Schlussfolgerung: Seht ihr, wenn wir Liberalen an der Macht wärem, so gäbe es bei uns keine Soldatenaufstände.)

Seht, wie die revolutionäre Energie im Schoße der breiten Massenm heranreift – sagt der Sozialdemokrat-, wenn sogar die durch den Kasernenhofdrill niedergedrückten Soldaten und Matrosen sich zu erheben beginnen und dadurch, dass sie ihren Aufstand schlecht machen, lernen, wie man einen erfolgreichen Aufstand macht“ (Lenin, Band 18, Seite 374; 1912).

Jeder Aufstand, der mit einer Niederlage endet, bereitet den nächsten Aufstand vor, schafft sich die Bedingungen, die notwendig sind für einen erfolgreichen Ausgang des nächsten Aufstandes, lässt ungelöste Widersprüche offen, die sich verschärfen und erneut jene revolutionäre Situation heranreifen lassen, die einen erneuten Aufstand unvermeidlich macht. Solch eine günstige Situation sah Lenin 1905 gegeben, als sich Russland in einem volksfeindlichen Krieg befand und als der asiatische Konservatismus der Selbstherrschaft seine Fratze zeigte (siehe Lenin, Band 8, Seite 389).

Wann wird die taktische Losung des Aufstandes wieder von der Tagesordnung gestrichen?

Die Frage, wann die aufständischen proletarischen Kräfte „erschöpft“ sind, wann die Losung des Aufstandes abgesetzt werden müsse, ist eine äußerst wichtige und ernste Frage, die die Partei klipp und klar zu beantworten hat. Der Zeitpunkt der Absetzung der Losung des bewaffneten Aufstandes ist mindestens genauso wichtig wie der Zeitpunkt ihres Ausgebens – manchmal sogar noch wichtiger, was – wie die Erfahrung zeigt – häufig falsch eingeschätzt bzw. unterschätzt wird. Deswegen hat sich Lenin intensiv mit dieser Frage beschäftigt und sie nicht dem Zufall, nicht der spontanen Bewegung überlassen, sondern ist wissenschaftlich an diese Frage herangegangen durch ökonomische Analyse, durch Feststellung der politischen Bestrebungen der verschiedenen Klassen, durch Untersuchung der Bedeutung der ideologischen Strömungen. Erst wenn all das bewiesen ist, werden wir alle Reden über den Aufstand für Phrasendrescherei erklären“ (Lenin, Band 11, Seite 349). Lenin bestand darauf hinzuweisen,dass es unsere Pflicht ist, den spontanen Aufstand in einen planmäßigen Aufstand umzuwandeln, indem wir zäh und beharrlich, im Laufe langer Monate oder vielleicht sogar Jahre an dieser Umwandlung arbeiten, nicht aber, uns vom Aufstand loszusagen, wie das alle möglichen Judasse tun“ (ebenda, Seite 350).

Nur wegen einer vorübergehend resignativen, gedrückten Stimmung, wegen einer Verschnaufpause darf man nicht den bewaffneten Aufstand von der Tagesordnung streichen. Erst dann, als Marx die unausbleibliche `Erschöpfung` der `wirklichen Revolution` sah – erst dann änderte er seine Ansicht. Und nachdem er seine Meinung geändert hatte, forderte er direkt ind offen, die Taktik grundlegend zu ändern und die Vorbereitung des Aufstandes völlig einzustellen“ (Lenin, Band 10, Seite 129). „Die äußere Ähnlichkeit der Dezemberniederlage der Arbeiter in Moskau mit der Juniniederlage der Arbeiter in Paris (1848) steht außer Zweifel. Hier wie dort wurde der bewaffnete Aufstand der Arbeiter von der Regierung `provoziert`, ehe die Arbeiterklasse genügend organisiert war. Hier wie dort siegte die Reaktion trotz des heroischen Widerstands der Arbeiter“ (Lenin, Band 10, Seite 130-131). Lenin unterstützte die Schlussfolgerungen, die der damals noch revolutionäre Kautsky aus einem Vergleich des russischen und französischen Aufstandes zog:

Vier grundlegende Unterschiede sieht Kautsky zwischen der Pariser Niederlage (1848) und der Moskauer Niederlage (1905) des Proletariats.

Erstens, die Niederlage von Paris war die Niederlage ganz Frankreichs. Nichts degleichen kann man von Moskau sagen. Die Arbeiter von Petersburg, Kiew, Odessa, Warschau und Lodz stehen noch ungebrochen da. Wenn auch von dem furchtbar schweren kampf erschöpft, der sich nun schon ein volles Jahr hinzieht, sind sie dennoch nicht entmutigt und sammeln nur Kräfte, um das Ringen um die Freiheit von neuem aufzunehmen.

Zweitens, ein noch wesentlicherer Unterschied besteht darin, dass die Bauern 1848 in Frankreich auf Seiten der Reaktion standen, während sie 1905 in Russland auf Seiten der Revolution stehen. Bauernaufstände lodern. Ganze Armeen sind aufgeboten, sie zu unterdrücken. Diese armeen verwüsten das Land, wie nur Deutschland im Dreißigjährigen Krieg verwüstet wurde. Die militärischen Exekutionen mögen die Bauern eune Zeitlang einschüchtern, aber sie vermehren nur ihr Elend, machen ihre Lage noch auswegloser. Sie werden unvermeidlich, ähnlich den Verwüstungen des Dreißugjährigen krieges, immer wieder neue Menschenmassen erzeugen, die genötigt sind, der bestehenden Ordnung den Krieg zu erklären, die das Land nicht zur Ruhe kommen lassen und bereit sind, sich jedem Aufstand anzuschließen.

Der dritte, außerordentlich wichtige Unterschied ist der Folgende: Die Revolution von 1848 war vorbereitet worden durch die Krise und die Hungersnot von 1847. Die Reaktion stützte sich auf das Ende der krise und den Aufschwung der Industrie. `Das jetzige Schreckensregiment in Rusland muss dagegen zur Verschärfung der wirtschaftlichen Depressopn führen, die seit Jahren auf dem Lande lastet`. Die Hungersnot von 1905 wird sich erst in den kommenden Monaten voll auswirken. Die Niederwerfung der Revolution ist ein großer Bürgerkrieg, ein Krieg gegen das ganze Volk. Dieser Krieg ist nicht minder kostspielig als der auswärtige Krieg, wobei er kein fremdes. Sondern das eigene Land zerstört. Ein finanzieller Zusammenbruch steht bevor. Und außerdem drohen die neuen Handelsverträge Russlands stärkstens zu erschüttern, ja sie können eine allgemeine ökonomische Weltkrise hervorrufen. Je länger also die Schreckensherrschaft der Reaktion dauert, desto verzweifelter wird die ökonomische Lage des Landes, desto gewaltiger schwillt die Empörung gegen das fluchwürdige Regime an. `Das ist eine Situation`, sagt Katsky,`die jede kraftvolle Erhebung gegen den Zarismus unwiderstehlich macht. Und an dieser Erhebung wird es nicht fehlen. Dafür wird das proletariat Russlands sorgen, das schon so viele herrliche Proben seines heldenmutes und seiner Selbstlosigkeit abgelegt hat`.

Der vierte von Kautsky aufgezeigte Unterschied ist für die russischen Marxisten von besonderem Interesse. Bei uns ist augenblicklich leider ein zahnloses, im Grunde rein kadettisches Gekicher über `Brownings` und `Kampfgruppen` im Schwange. Zu sagen, der Aufstand sei aussichtslos und es habe keinen Sinn mehr, ihn vorzubereiten, diese von Marx bewiesene Kühnheit und Offenheit bringt niemand auf. Aber über die militärischen Aktionen der Revolutionäre zu kichern, lieben wir sehr. Wir nennen uns Marxisten, aber vor einer Analyse der militärischen Seite des Aufstands (der Marx und Engels stets große Bedeutung beigemessen haben) drücken wir uns lieber, indem wir mit unnachahmlich erhabenem Doktrinarismus erklären: `Man hätte nicht zu den Waffen greifen sollen`. Kautsky verfährt anders. Wie wenig Angaben er zunächst auch über den Aufstand besaß, ist er dennoch bemüht, sich auch in die militärische Seite der Frage hineinzudenken. Er ist bemüht, die Bewegung als eine neue, von den Massen erarbeitete Form des Kampfes zu würdigen und nicht so, wie unsere revolutionären Kuropatkins [Prototyp eines Niederlagenstrategen – Anmerkung bei Lenin] Schlachten beurteilen: Was man dir gibt, das nimm; wenn man dich schlägt, dann laufe; und bist du geschlagen worden, nun, so hätte man eben nicht zu den Waffen greifen sollen!“ (Lenin, Band 10, Seite 131-132).

Die demokratische Revolution in Russland flaut keineswegs ab, sondern geht im Gegenteil einem neuen Aufschwung entgegen und die jetzige Periode verhältnismäßiger Ruhe ist nicht als eine Niederlage der revolutionären Kräfte zu betrachten, sondern als eine Periode der Sammlung revolutionärer Energie, der Aneignung aller politischen Erfahrungen der durchlaufenen Stadien, der Einbeziehung neuer Volksschichten in die Bewegung und folglich der Vorbereitung eines neuen, noch machtvolleren revolutionären Ansturms“ (Lenin, Band 10, Seite 143). „Wir müssen die Erfahrungen der Aufstände in Moskau, im Donezbecken, in Rostow und anderswo sammeln, diese Erfahrungen verbreiten, beharrlich und geduldig neue Kampfkräfte vorbereiten und sie in einer Reihe von Kampfaktionen der Partisanenschulen und stählen. Vielleicht wird der neue Ausbruch im Frühjahr noch nicht erfolgen, aber er rückt heran und ist aller Wahrscheinlichkeit nach nicht all zu fern. Er muss uns bewaffnet, militärisch organisiert und zu entscheidenden Angriffsaktionen befähigt finden“ (Lenin, Band 10, Seite 106). Das waren die Schlussfolgerungen Lenins aus den Aufständen – noch bessere Vorbereitung für die kommenden Aufstände treffen!Sorgen wir dafür, dass die neue Woge das russische Proletariat in neuer Kampfbereitschaft vorfindet“ (Lenin, Band 10, Seite 108).

Es ist möglich und vielleicht sogar am wahscheinlichsten, dass infolge der wachsenden Erregung und im Anschluss an einen der unvermeidlichen plötzlichen Ausbrüche der neue Kampf ebenso spontan und unerwartet wie die früheren Kämpfe entbrennen wird. Wenn das der Fall ist, wenn sich ein solcher Gang der Entwicklung uls unvermeidlich abzeichnet, dann werden wir auch keine Entscheidung über den Zeitpunkt der Aktion zu treffen brauchen, dann wird unsere ganze Aufgabe darin bestehen, unsere Agitation und unsere organisatorische Arbeit in allen oben aufgezeigten Richtungen zu verzehnfachen.

Vielleicht werden indes die Ereignisse von uns, den Führern, verlangen, dass wir den Zeitpunkt der Aktion bestimmen. Sollte dem so sein, so würden wir raten, die Aktion im gesamtrussischen Rahmen, den Streik und den Aufstand, auf das Ende des Sommers oder den Anfang des Herbstes, auf Mitte oder Ende August, anzusetzen. Es würde wichtig sein, die Bausaison in den Städten und die Beendigung der sommerlichen Feldarbeiten auszunutzen. Wenn es gelänge, eine Verständigung aller einflussreichen revolutionären Organisationen und Verbände über den Zeitpunkt der Aktion zu erzielen, dann wäre die Möglichkeit nicht ausgeschlossen, eben zu der angesetzten zeit die Aktion zu beginnen. Ein gleichzeitiger Kampfbeginn in ganz Russland wäre ein gewaltiger Vorteil. Es hätte sogar wahrscheinlich keine verhängnisvolle Bedeutung, wenn die Regierung vom Zeitpunkt des Streiks unterrichtet wäre, handelt es sich doch nicht um eine Verschwörung, nicht um einen militärischen Überfall, der überraschend durchgeführt werden muss. Auf die Truppen in ganz Russland hätte es wahrscheinlich besonders demoralisierende Wirkung, wenn sie Woche um Woche der Gedanke beunrihigen würde, dass der Kampf unvermeidlich ist, wenn man sie wochenlang in Bereitschaft hielte, während die verschiedensten Organisationen zusammen mit einer Masse von `parteilosen` Revolutionären ihre Agitation immer zielbewusster betrieben (...) Vereinzelte und gänzlich nutzlose Ausbrüche, wie `Revolten` der Soldaten und hoffnungslose Aufstände der Bauern, könnten vielleicht verhindert werden, wenn das gesamte revolutionäre Russland fest an die Unvermeidlichkeit dieses großen allgemeinen Kampfes glaubte. Wir wollen jedoch wiederholen, dass dies nur im Falle einer vollen Verständigung aller einflussreichen Organisationen möglich ist. Andernfalls bleibt der alte Weg des spontanen Anwachsens der Erregung. (...) Die Wahrscheinlichkeit der Verschmelzung aller Teilaufstände zu einem allgemeinen Aufstand wird größer [auch im internationalen Maßstab !! – Anmerkung des Verfassers]. (...) Unsere Aufgabe ist es, die breiteste Agitation für den gesamtrussischen Aufstand zu entfalten, die hiermit zusammenhängenden politischen und organisatorischen Aufgaben zu erklären, alle Kräfte anzuspannen, so dass jedermann die Unvermeidlichkeit dieses Aufstandes erkennt, jedermann die Möglichkeit des gemeinsamen Ansturms sieht, so dass man nicht mehr zur `Revolte` schreitet, nicht zur `Demonstration` , zu einfachen Streiks und Demolierungen, sondern zum Kampf um die Macht, zum Kampf, dessen Ziel der Sturz der Regierung ist.“ (Lenin, Band 11, Seite 116-117). Für den Fall, dass es möglich ist, einen Aufschub von vorzeitigen Teilaufständen zu erreichen, sollte man dies unbedingt tun. Andernfalls, wenn darauf kein Einfluss mehr genommen werden kann, dann muss man diese Teilaufstände natürlich tatkräftig unterstützen, um zu erreichen, dass der Teilaufstand sich zum allgemeinen Aufstand ausweitet. So ist Lenin auch an den Aufstand von Sveaburg herangegangen (siehe Lenin, Band 11, Seite 118).

Lenin war im März 1906 nicht bereit, den Aufstand von der Tagesordnung zu streichen und bekämpfte die menschewistische „Resolution gegen den bewaffneten Aufstand“, weil er die Revolution als permanenten Prozess auffasste, der unter den sich verändernden Bedingungen durch neue Kampfmethoden unbedingt fortgesetzt werden müsse. Lenin war dafür, den Bürgerkrieg zu proklamieren und stellte deshalb die Losung der Vorbereitung, Durchführung und Überleitung defensiven zu offensiven Kampfformen des bewaffneten Aufstandes auf:

1. Der bewaffnete Aufstand ist gegenwärtig nicht nur ein notwendiges Mittel des Kampfes um die Freiheit, sondern eine faktisch schon erreichte Stufe der Bewegung, eine Stufe, die Kraft des Heranwachsens und der Zuspitzung einer neuen politischen Krise den Übergang von defensiven zu offensiven Formen des bewaffneten Kampfes einleitet;

2. Der politische Generalstreik ist im gegenwärtigen Zeitabschnitt der Bewegung nicht so sehr als ein selbständiges Kampfmittel denn vielmehr als ein Hilfsmittel für den Aufstand [hervorgehoben vom Verfasser] zu betrachten; daher ist es wünschenswert, die Wahl des Zeitpunkts für einen solchen Streik, die Wahl des Ortes und der Arbeitszweige, die er erfassen soll, dem Zeitpunkt und den Bedingungen der Hauptform des Kampfes, des bewaffneten Aufstands, unterzuordnen [hervorgehoben vom Verfasser];

3. In der Propaganda- und Agitationsarbeit der Partei muss verstärkte Aufmerksamkeit darauf gerichtet werden, die praktischen Erfahrungen des Dezemberaufstandes zu studieren, seine militärische Seite zu kritisieren und die unmittelbaren Lehren für die Zukunft zu ziehen;

4. Es ist eine noch energischere Tätigkeit zu entfalten, um die Zahl der Kampfgruppen zu vergrößern, ihre Organisation und ihre Versorgung mit Waffen aller Art zu verbessern, wobei die Kampfgruppen, wie die Erfahrunge gelehrt hat, nicht nur aus Mitgliedern der Partei, sondern auch aus mit ihr Sympathisierenden oder völlig Parteilosen organisiert werden müssen;

5. Es ist notwendig, die Arbeit in den Truppen zu verstärken, wobei man im Auge behalten muss, dass für den Erfolg der Bewegung die Gärung in den Truppen allein nicht genügt, sondern dass eine direkte Verständigung mit organisierten, revolutionär-demokratischen Elementen der Truppe zwecks entschiedenster offensiver Aktionen gegen die Regierung erforderlich ist;

6. Im Hinblick auf die anwachsende Bauernbewegung, die in nächster Zukunft zu einem richtigen Aufstand entflammen kann, ist es wünschenswert, dass Anstrengungen gemacht werden, um ein einheitliches Vorgehen der Arbeiter und der Bauern herbeizuführen und möglichst gemeinsame und gleichzeitige Kampfaktionen zu irganisieren“ (Lenin, Band 10, Seite 145).

Die Lehren aus dem ersten russischen Bauernaufstand von 1902 zog Lenin wie folgt:

Die klassenbewussten Arbeiter werden aus allen Kräften bemüht sein, den Bauern klarzumachen, warum der erste Bauernaufstand (1902) niedergeschlagen worden ist und was man tun muss, damit die Bauern und Arbeiter und nicht die Zarenknechte den Sieg davontragen. Der Baiernaufstand wurde niedergeschlagen, weil er der Aufstand einer unwissenden, unbewussten Masse war, ein Aufstand ohne bestimmte, klare politische Forderungen, d.h. ohne die Forderung, die Staatsordnung zu ändern. Der Bauernaufstand wurde niedergeschlagen, weil er nicht vorbereitet war. Der Bauernaufstand wurde niedergeschlagen, weil die Proletarier der Dörfer mit den Proletariern der Städte noch nicht verbündet waren. Das sind drei Ursachen des ersten Misserfolgs der Bauern. Für einen erfolgreichen Aufstand ist es notwendig, dass er eine bewusste und vorbereitete Aktion ist, dass er ganz Russland erfasst und im Bunde mit den städtischen Arbeitern unternommen wird. (...) Die Bauernaufstände werden aufhören, gefühlsmäßige Ausbrüche zu sein, sobald immer größere Massen des Volkes das verstehen werden“ (Lenin, Band 6, Seite423 und 424). „Dem Bauernaufstand müssen wir auf jede Art und Weise helfen, bis zur Konfiskation der Ländereien einschließlich – aber durchaus nicht bis zu allerlei kleinbürgerlichen Projekten einschließlich. Wir unterstützen die Bauernbewegung, soweit sie revolutionär-demokratisch ist. Wir bereiten uns vor (und zwar sofort, unverzüglich), sie zu bekämpfen, sobald sie sich als reaktionär, als antiproletarisch entpuppen wird. Der ganze Sinn des Marxismus liegt in dieser doppelten Aufgabe, die nur von Leuten, die den Marxismus nicht verstehen, vereinfacht und zu einer einheitlichen und gewöhnlichen Aufgabe verflacht werden kann“ (Lenin, Band 9, Seite 231). „Wir werden mit allen Kräften der gesamten Bauernschaft helfen, die demokratische Revolution zu vollbringen, damit es uns, der Partei des Proletariats, um so leichter sei, möglichst rasch zu einer neuen und höheren Aufgabe, zur sozialistischen Revolution, überzugehen. Wir versprechen nach dem Siege des jetzigen Bauernaufstands keinerlei Harmonie, keinerlei Ausgleichung und keinerlei `Sozialisierung`, im Gegenteil, wir `versprechen` neuen Kampf, neue Ungleichheit und eine neue Revolution. (...) Wir sind für den Aufstand der Bauernschaft.(...) Es lebe der Aufstand gegen die Selbstherrschaft in Stadt und Land! Es lebe die revolutionäre Sozialdemokratie, die Vorhut der gesamten revolutionären Demokratie in der gegenwärtigen Revolution!“ (ebenda, Lenin, Band 9, Seite 233 und 234).

Lenin hob hervor, dass das Bündnis zwischen der Bauernschaft und dem proletariat die ganze Periode der russischen Revolution 1905 – 1907 beherrscht hat:

Der Oktoberstreik und der Dezemberaufstand wie die örtlichen Bauernaufstände und die Aufstände der Soldaten und Matrosen waren eben das `Bündnis der Kräfte` des Proletariats und der Bauernschaft. Dieses Bündnis kam spontan zustande, hatte noch keine bestimmte Form und wurde oft unbewusst geschlossen. Diese Kräfte waren noch recht unorganisiert, zersplittert, entbehrten einer wirklich leitenden zentralen Führung usw, aber die Tatsache des `Bündnisses der Kräfte` des Proletariats und der Bauernschaft als die Hauptkräfte, die in die alte Selbstherrschaft eine Bresche schlugen, kann nicht mehr bestritten werden“ ( Lenin, Band 15, Seite 332).

Und im Zusammenhang mit der Revolution von 1905 verband Lenin die Ziele des allgemeinen Aufstandes mit der Forderung derVertreibung der Gutsbesitzer und die Inbesitznahme ihrer Ländereien. Zweifellos müssen die Bauern noch vor der Entscheidung der vom Volke gewählten konstituierenden Versammlung bestrebt sein, den gutsherrlichen Grundbesitz faktisch zu beseitigen. Darüber braucht man nicht viel Worte zu verlieren, weil sich wohl niemand einen Bauernaufstand vorstellen kann, bei dem nicht mit den Gutsbesitzern abgerechnet und nicht ihr Land in Besitz genommen würde. Es versteht sich, dass es um so seltener zur Vernichtung von Baulichkeiten, Inventar, Vieh usw. kommen wird, je bewusster und je besser organisiert dieser Aufstand ist. Vom militärischen Standpunkt aus sind Zerstörungen, die bestimmten militärischen Zwecken dienenz.B. das Niederbrennen von Gebäuden oder manchmal auch von Inventar - , Maßregeln, die durchaus gerechtfertigt und in bestimmten Fällen unerlässlich sind [unterstrichen vom Verfasser]. Nur Pedanten (oder Volksverräter) können es besonders beklagen, dass die Bauern stets zu solchen Mitteln greifen. Aber es hat keinen Zweck, die Augen davor zu verschließen, dass die Zerstörung von Gebäuden und Inventar mitunter nur eine Folge der Unorganisiertheit ist, der Unfähigkeit, vom Eigentum des Feindes Besitz zu ergreifen und es festzuhalten, anstatt es zu zerstören – oder eine Folge der Schwäche, wenn nämlich der Kämpfende sich an seinem Gegner rächt, weil er nicht die Kraft hat, ihn vernichtend zu schlagen. Wir müssen natürlich in unserer Agitation den Bauern einerseits auf jede Art und Weise klarmachen, dass der erbarmungslose Kampf gegen den Feind – bis zur Zerstörung seines Eigentums – völlig rechtmäßig und notwendig ist, andererseits aber ihnen zeigen, dass, abhängug vom Grade der Organisiertheit, ein bedeutend vernünftigerer und vorteilhafterer Ausgang möglich ist: die Ausrottung des Feindes (der Gutsbesitzer und der Beamten, insbesondere der Polizei) und die Übergabe allen Eigentums in den Besitz des Volkes oder in den Besitz der Bauern ohne jede Zerstörung (oder bei möglichst geringer Zerstörung) dieses Eigentums“ (Lenin, Band 11, Seite 110). Dass der Grad der Organisiertheit im internationalen Maßstab am höchsten sein muss, dass dies eine noch viel scherere Aufgabe ist und noch größerer Anforderungen und Anstrengungen bedarf, braucht wohl nicht näher begründet zu werden.



Was die Soldatenaufstände der Jahre 1905/1906 anbelangte, so stellte er deren Niederlagen in den Zusammenhang mit der sozialen Zusammensetzung der Soldaten: Man nehme die Soldatenaufstände der Jahre 1905/1906. Ihrer sozialen Herkunft nach stammten diese Kämpfer unserer Revolution aus der Bauernschaft und dem Proletariat. Das letztere bildete die Minderheit; darum zeigt die Bewegung innerhalb des Heeres auch nicht annähernd jene Geschlossenheit im Maßstab ganz Russlands, nicht jenes Parteibewusstsein, wie das Proletariat es an den Tag legte, das wie auf einen Wink mit dem Zauberstab sozialdemokratisch wurde. Andererseits ist nichts irriger als die Auffassung, die Soldatenaufstände seien misslungen, weil es an Führern aus dem Offizierskorps gefehlt hätte. Im Gegenteil, der gigantische Fortschritt der Revolution seit den Zeiten der `Narodnaja Wolja` äußerte sich gerade darin, dass der `Muschkote` , dessen Selbständigkeit die liberalen Gutsherren und das liberale Offizierskorps so sehr erschreckte, zur Waffe gegen die Obrigkeit griff. Der Soldat war voller Sympathie für die Sache der Bauern; seine Augen leuchteten auf, sobald nur ein Wort vom Boden fiel. So manches Mal ging die Befehlsgewalt in der Truppe in die Hände der Soldatenmasse über, aber entschlossen ausgenutzt wurde diese Gewalt fast nie; die Soldaten schwankten; einige Tage, mitunter wenige Stunden, nachdem sie irgendeinen verhassten Vorgesetzten getötet hatten, setzten sie die anderen wieder auf freien Fuss, nahmen Verhandlungen mit den Behörden auf und ließen sich dann erschießen, sich mit Ruten auspeitschen, sich wieder ins Joch spannen (...)“ (Lenin, Band 15, Seite 203). Was die Frage der sozialen Zusammensetzung der Armee Maos zur Befreiung Chinas anbelangt, so sei hier eine kurze Anmerkung gestattet: An Hand der hier von Lenin gegebenen Einschätzung muss man auch die Schwächen in der Entwicklung des chinesischen Befreiungskampfes an der sozialen Zusammensetzung der Befreiungsarmee festmachen. Mao hat die führende Rolle des Proletariats in der Armee völlig unterschätzt, ja nicht nur das, er hat sogar diejenigen in seinen eigenen Reihen bekämpft, die dies zu korrigieren versuchten. Doch dazu später Genaueres.



Im März 1906 bestimmte Lenin das weitere taktische Vorgehen der provisorischen revolutionären Regierung und der örtlichen Organe der revolutionären Staatsmacht auf Grund der Erfahrungen des bewaffneten Aufstandes, die er folgendermaßen zusammenfasste,

1. dass die revolutionäre Bewegung gegen die absolutistische Regierung beim Übergang zum bewaffneten Kampf bislang die Form isolierter örtlicher Aufstände angenommen hat;

2. dass in diesem Kampf die Elemente (...) vor die Notwendigkeit gestellt waren, Organisationen zu schaffen, die faktisch Keimformen einer neuen, revolutionären Staatsmacht darstellten – Sowjets der Arbeiterdeputierten (...);

3. dass entsprechend der anfänglichen, der Keimform des Aufstandes diese seine Organe genauso isoliert, zufällig, in ihrem Handeln unentschlossen waren und sich nicht auf eine organisierte bewaffnete Macht der Revolution stützten, weshalb sie bei den ersten Angriffshandlungen der konterrevolutionären Armee unvermeidlich zum Untergang verurteilt waren;

4. dass nur eine provisorische Regierung als Organ des siegreichen Aufstands imstande ist, jeglichen Widerstand der Reaktion zu brechen (...)

Einerlei, ob eine Teilnahme der Sozialdemokratie an einer provisorischen revolutionären Regierung möglich sein wird, ist in den breitesten Schichten des Proletariats der Gedanke zu propagieren, dass ein ständiger Druck auf die provisorische Regierung durch das bewaffnete und von der Sozialdemokratie geführte Proletariat notwendig ist, damit die Errungenschaften der Revolution gesichert, gefestigt und erweitert werden“ [hervorgehoben vom Verfasser];

Bei der Ausweitung der Tätigkeit und der Einflusssphäre der Sowjets der Arbeiterdeputierten ist unbedingt darauf hinzuweisen, dass solche Einrichtungen, falls sie sich nicht auf eine revolutionäre Armee stützen und die Regierungsbehörden nicht stürzen (d.h., sich nicht in provisorische revolutionäre Regierungen verwandeln), unvermeidlich zum Untergang verurteilt sind; daher muss die Bewaffnung des Volkes und die Verstärkung der militärischen Organisationen des Proletariats als eine Hauptaufgabe dieser Einrichtungen in jeder revolutionären Situation betrachtet werden.

Zeitweilige Kampfabkommen sind im gegebenen Zeitpunkt nur mit Elementen statthaft und zweckmäßig, die den bewaffneten Aufstand als Kampfmittel anerkennen und ihn aktiv unterstützen“ (Lenin, Band 10, Seite 147-148 – 149 – 150).

Und Lenin sagte auch, warum diese Bedingung notwendig war:

Die Sitzungen der Reichsduma hatten begonnen – in wahren Sturzbächen ergossen sich die liberal-bürgerlichen Reden vom friedlichen, konstitutionellen Weg -, und zugleich haben die von Agenten der Regierung organisierten Überfälle auf friedliche Demonstranten, Brandstiftungen in Häusern, wo Volksversammlungen stattfinden, und schließlich direkte Progrome eingesetzt und sich immer mehr verstärkt (...) Man kann der alten Macht, die stets die Gesetze selbst gemacht hat und die mit den letzten, den verzweifeltsten, barbarischsten und bestialischsten Mitteln um ihre Existenz kämpft, nicht durch einen Appell an die Gesetzlichkeit Einhalt gebieten!“ (Lenin, Band 10, Seite 514 und 515).

Ein Appell findet besonders Widerhall unter den Massen in der revolutionären Phase. Ist diese Periode am Abflauen, tritt eine Revolutionsphase ein, wo eine ganze Reihe von Appellen keinen Widerhall in den Massen mehr gefunden hat (obwohl es damals im Juni 1907 noch zu militärischen Aufständen in Kiew und in der Schwarzmeerflotte gekommen war!!) , dann trifft das ein, was Lenin über den Appell in Worten“ 1907 gesagt hat: Wenn der Kampf im Gange ist, sich ausdehnt, anwächst, von allen Seiten näherrückt, dann ist eine `Proklamierung` gerechtfertigt und notwendig, dann ist es Pflicht des revolutionären Proletariats, den Schlachtruf auszugeben. Doch erfinden kann man diesen Kampf nicht, man kann ihn auch nicht durch einen Schlachtruf allein auslösen. Und wenn eine ganze Reihe von Kampfappellen, die wir aus unmittelbaren Anlässen erprobten, sich als resultatlos erwiesen hat, so müssen wir natürlicherweise ernste Gründe für die `Proklamierung` einer Losung suchen, die unsinnig ist, wenn nicht die Bedingungen für die Realisierung der Kampfappelle betehen“ (Lenin, Band 13, Seite 22).

Es ist höchst wichtig, sich über den Satz klarzuwerden, den die Erfahrungen aller Länder, in denen die Revolution Niederlagen erlitten hat, bestätigen, dass nämlich in der Niedergeschlagenheit des Opportunisten wie in der Verzweiflung des Terroristen ein und dieselbe psychische Wesensart, ein und dieselbe spezifische Klassennatur, z. B. des Kleinbürgertums, zum Ausdruck kommt“ (Lenin, Band 15, Seite 145).

Die Lehren des bewaffneten Aufstands von 1905, die Lehren des bewaffneten proletarischen Kampfes überhaupt besagen, dassalles, was den Feinden abgerungen, alles was an Errungenschaften von Dauer ist, nur in dem Maße abgerungen und zu halten [ist], wie der revolutionäre Kampf auf allen Gebieten proletarischer Arbeit stark und lebendig ist“ (Lenin, Band 17, Seite 112).

Wie reifte der Aufstand von 1905 heran und was führte zu seiner Niederlage? Eine abschließende kurze Zusammenfassung gibt Lenin wie folgt:

Wie reifte der Aufstand von 1905 heran?

Erstens häuften sich durch Massenstreiks, Demonstrationen und Kundgebungen die Zusammenstößte der menge mit Polizei und Militär.

Zweitens ermunterten die Massenstreiks die Bauernschaft zu einer Reihe einzelner, zersplitterter, halb spobtaner Aufstände.

Drittens griffen die Massenstreiks sehr schnell auf Heer und Flotte über, lösten Zusam,menstöße auf wirtschaftlicher Basis („erbsenmeutereien“ usw.) und dann Aufstände aus.

Viertens begann die Konterrevolution selbst den Bürgerkrieg mit Progromen, Misshandlungen von demokraten isw.

Die Revolution von 1905 endete keineswegs deshalb mit einer Niederlage, weil sie „zu weit“ gegangen, weil der Dezemberaufstand „künstlich“ gewesen wäre, wie die liberalen Renegaten usw. glauben. Im Gegenteil, die Ursache der Niederlage liegt darin, dass die Erkenntnis seiner Notwendigkeit in den revolutionären Klassen nicht weit genug vorbereitet war und nicht genügend festen Fuß gefasst hatte, dass der Aufstand nicht einmütig, entschlossen, organisiert, gleichzeitig, offensiv durchgeführt wurde“ (Lenin, Band 18, Seite 96).

 

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