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La Internacional Comunista
1er Congreso, 2 marzo de 1919


RESOLUCIÓN

SOBRE LA POSICIÓN RESPECTO
A LAS CORRIENTES SOCIALISTAS
Y LA CONFERENCIA DE BERNA

 

Ya en 1907, en el Congreso internacional socialista de Stuttgart, cuando la II Internacional abordó el problema de la política colonial y de las guerras imperialistas, se comprobó que la mayoría de la II Internacional y de sus dirigentes estaban, con respecto a esos problemas, mucho más cerca de los puntos de vista de la burguesía que del punto de vista comunista de Marx y Engels.

Pese a ello, el Congreso de Stuttgart adoptó una enmienda propuesta por los representantes del ala revolucionaria, Lenin y Rosa Luxemburg, concebida en los siguientes términos:

"Si pese a todo estalla una guerra, los socialistas tienen el deber de actuar para ponerle rápidamente fin y de utilizar por todos los medios la crisis económica y política provocada por la guerra para despertar al pueblo y obtener así el derrumbe de la dominación capitalista.

En el Congreso de Basilea de noviembre de 1912, convocado en momentos de la guerra de los Balcanes, la II Internacional declaró:

"Que los gobiernos burgueses no olviden que la guerra franco-alemana dio origen a la insurrección revolucionaria de la Comuna, y que la guerra ruso-japonesa puso en movimiento a las fuerzas revolucionarias rusas. A los ojos de los proletarios, el matarse entre sí para beneficio del predominio capitalista, de la rivalidad dinástica y del auge de los tratados diplomáticas, constituye un crimen."

A fines de julio y comienzos de agosto de 1914, 24 horas antes del comienzo de la guerra mundial, los organismos e instituciones competentes de la II Internacional continuaron todavía condenando la guerra que se aproximaba, como al más grande crimen de la burguesía. Las declaraciones referidas a esos días y emanadas de los partidos dirigentes de la Segunda Internacional constituyen el acta de acusación más elocuente contra los dirigentes de la II Internacional.

Desde el primer ruido de cañón que sonó en los campos de la carnicería imperialista, los principales partidos de la II Internacional traicionaron a la clase obrera y se ubicaron, con el pretexto de la "defensa nacional", al lado de "su" burguesía. Scheidemann y Ebert en Alemania, Thomas y Remaudel en Francia, Henderson e Hyndman en Inglaterra, Vandervelde y De Brouckere en Bélgica, Renner y Pernerstorfer en Austria, Plejanov y Roubanovitch en Rusia, Branting y su partido en Suecia, Gompers y sus camaradas de ideas en América, Mussolini y Cía. en Italia, exhortaron al proletariado a una "tregua" con la burguesía de "su" país, a renunciar a la guerra contra la guerra, y en los hechos a convertirse en carne de cañón para los imperialistas.

Fue en ese momento cuando la II Internacional entró en bancarrota y naufragó. Gracias al desarrollo económico general, la burguesía de los países más ricos, por medio de pequeñas limosnas sacadas de sus inmensas ganancias, tuvo la posibilidad de corromper y de seducir a la dirección de la clase obrera, a la aristocracia obrera. Los "compañeros de lucha" pequeñoburgueses del socialismo afluyeron a las filas de los partidos socialdemócratas oficiales y orientaron poco a poco a éstos de acuerdo con los fines de la burguesía. Los dirigentes del movimiento obrero parlamentario y pacífico, los dirigentes sindicales, los secretarios, redactores y empleados de la socialdemocracia, formaron toda una casta de una burocracia obrera que tenía sus propios intereses de grupo egoístas y que fue en realidad hostil al socialismo.

Gracias a todas esas circunstancias, la socialdemocracia oficial degeneró en un partido antisocialista y chauvinista.

Ya en el seno de la II Internacional se revelaron tres tendencias fundamentales. En el curso de la guerra y hasta comienzos de la revolución proletaria en Europa los contornos de estas tres tendencias se esbozaron con toda nitidez:

1) La tendencia social-chauvinista (tendencia de la "mayoría"), cuyos representantes más típicos son los socialdemócratas alemanes que comparten ahora el poder con la burguesía alemana y que se convirtieron en los asesinos de los jefes de la Internacional Comunista Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.

Los social-chauvinistas se han revelado en la actualidad como los enemigos de clase del proletariado y siguen el programa de "liquidación" de la guerra que la burguesía les ha dictado: hacer recaer la mayor parte de los impuestos sobre las masas trabajadoras, inviolabilidad de la propiedad privada, mantenimiento del ejército en manos de la burguesía, disolución de los consejos obreros que surgen en todas partes, mantenimiento del poder político en manos de la burguesía. La "democracia" burguesa contra el socialismo.

Pese al rigor con el que los comunistas han luchado hasta ahora contra los "socialdemócratas de la mayoría", los obreros sin embargo aún no han reconocido todo el peligro que esos traidores entrañan para el proletariado internacional. Una de las tareas más importantes de la revolución proletaria internacional consiste en hacer comprender a los trabajadores la traición de los social-chauvinistas y neutralizar por la fuerza de las armas a ese partido contrarrevolucionario.

2) La tendencia centrista (socialpacifistas, kautskystas, independientes). Esta tendencia comenzó a formarse con anterioridad a la guerra, sobre todo en Alemania. A comienzos de la guerra, los principios generales del "Centro" coincidían casi siempre con los de los social-chauvinistas. Kautsky, el jefe teórico del "Centro", defendía la política seguida por los social-chauvinistas alemanes y franceses. La Internacional sólo era un "instrumento en tiempos de paz". "Lucha por la paz", "lucha de clases en tiempos de paz", esas eran las consignas de Kautsky.

Desde el comienzo de la guerra, el "Centro" se pronuncia por "la unidad" con los social-chauvinistas. Luego del asesinato de Liebknecht y de Luxemburg, el "Centro" continúa predicando esta "unidad", es decir la unidad de los obreros comunistas con los asesinos de los jefes comunistas Liebknecht y Luxemburg.

Desde el comienzo de la guerra, el "Centro" (Kautsky, Victor Adler, Turati, Mac Donald) comienza a predicar "la amnistía recíproca" con respecto a los jefes de los partidos social-chauvinistas de Alemania y Austria por una parte, y de Francia e Inglaterra por la otra. El "Centro" preconiza esta amnistía aun en la actualidad, después de la guerra, impidiendo así que los obreros so formen una idea clara sobre las causas del hundimiento de la II Internacional.

El "Centro" envió sus representantes en Berna a la conferencia internacional de los socialistas, facilitando así a los Scheidemann y a los Renaudel su tarea de engañar a los obreros.

Es absolutamente necesario separar del "Centro" a los elementos más revolucionarios, lo que se puede lograr sólo por medio de la crítica despiadada y comprometiendo en ella a los jefes del "Centro". La ruptura organizativa con el "Centro" es una necesidad histórica absoluta. La tarea de los comunistas de cada país consiste en determinar el momento de esa ruptura, según la etapa que su movimiento haya alcanzado.

3. Los comunistas. En el seno de la II Internacional, donde esta tendencia defendió las concepciones comunistas-marxistas sobre la guerra y las tareas del proletariado (Stuttgart 1907, resolución Lenin-Luxemburg), esta corriente era minoritaria. El grupo de la "izquierda radical" (el futuro Spartakusbund) en Alemania, el partido bolchevique en Rusia, los "tribunistas" en Holanda, el grupo Juvenil en una serie de países, formaron el primer núcleo de la nueva Internacional.

Fiel a los intereses de la clase obrera, esta tendencia proclamó desde el comienzo de la guerra la consigna de trasformación de la guerra imperialista en guerra civil y se ha constituido ahora como la III Internacional.

La conferencia socialista de Berna en febrero de 1919 era una tentativa por resucitar el cadáver de la II Internacional.

La composición de la conferencia de Berna demuestra manifiestamente que el proletariado revolucionario del mundo no tiene nada en común con esta conferencia.

El proletariado victorioso de Rusia, el proletariado heroico de Alemania, el proletariado italiano, el partido comunista del proletariado austríaco y húngaro, el proletariado suizo, la clase obrera de Bulgaria, de Rumania, de Serbia, los partidos obreros de izquierda suecos, noruegos, finlandeses, el proletariado ucranio, letón, polaco, la Juventud Internacional y la Internacional femenina se negaron ostensiblemente a participar en la conferencia de Berna de los socialpatriotas.

Los participantes de la conferencia de Berna que aún tienen algún contacto con el verdadero movimiento obrero de nuestra época han formado un grupo de oposición que, en el problema esencial al menos, es decir la "apreciación de la revolución rusa", se han opuesto a los manejos de los social-patriotas. La declaración del camarada francés Loriot, que condenó a la mayoría de la conferencia de Berna como soporte de la burguesía, refleja la verdadera opinión de todos los obreros conscientes del mundo entero.

En la pretendida "cuestión de las responsabilidades", la conferencia de Berna se movió siempre en los marcos de la ideología burguesa. Los social-patriotas alemanes y franceses se hicieron mutuamente los mismos reproches que se habían lanzado recíprocamente los burgueses alemanes y franceses. La conferencia de Berna se perdió en detalles mezquinos sobre tal o cual actitud de uno u otro ministro burgués antes de la guerra, sin querer reconocer que el capitalismo, el capital financiero de los dos grupos de potencias y sus lacayos social-patriotas eran los principales responsables de la guerra. La mayoría de los social-patriotas de Berna quería hallar al principal responsable de la guerra.

Una mirada en el espejo hubiera bastado para que todos se reconociesen como culpables.

Las declaraciones de la conferencia de Berna sobre el problema territorial están llenas de equívocos. Ese equívoco es justamente lo que la burguesía necesita. Clemenceau, el representante más reaccionario de la burguesía imperialista, reconoció los méritos de la conferencia social-patriota de Berna ante la reacción imperialista al recibir a una delegación de la conferencia de Berna y proponerle participar en todas las comisiones de la conferencia imperialista de París.

La cuestión colonial reveló claramente que la conferencia de Berna iba a la zaga de esos políticos liberales-burgueses de la colonización que justifican la explotación y el sojuzgamiento de las colonias por la burguesía imperialista y solamente tratan de disfrazarla con frases filantrópicas-humanitarias. Los social-patriotas alemanes exigieron que la pertenencia de las colonias alemanas al Reich fuese mantenida, es decir apoyaron la continuidad de la explotación de esas colonias por el capital alemán. Las divergencias que se manifestaron al respecto demuestran que los social-patriotas de la Entente tienen el mismo punto de vista de negrero y consideran como muy natural el sojuzgamiento de las colonias francesas e inglesas por el capital metropolitano. De ese modo, la conferencia de Berna demuestra que olvidó totalmente la consigna "Abajo la política colonial".

En la apreciación de la "Sociedad de las Naciones", la conferencia de Berna demostró que seguía las huellas de esos elementos burgueses que, por medio de la apariencia engañosa de la llamada "Liga de los Pueblos" quieren desterrar a la revolución proletaria que crece en el mundo entero. En lugar de desenmascarar los manejos de la conferencia de los aliados en París, como los de una banda que practica la usura con las poblaciones y los dominios económicos, la conferencia de Berna la secundó convirtiéndose en su instrumento.

La actitud servil de la conferencia, que abandonó a una conferencia gubernamental burguesa de París la tarea de resolver el problema de la legislación sobre la protección del trabajo, demuestra que los social-patriotas se han expresado concientemente en favor de la conservación de la esclavitud del asalariado capitalista y están dispuestos a engañar a la clase obrera con vanas reformas.

Las tentativas inspiradas por la política burguesa de hacer aprobar en la conferencia de Berna una resolución según la cual una intervención armada en Rusia sería apoyada por la Segunda Internacional sólo fracasaron gracias a los esfuerzos de la oposición. Ese éxito de la oposición de Berna sobre los elementos chauvinistas declarados es para nosotros la prueba indirecta de que el proletariado de Europa occidental simpatiza con la revolución proletaria de Rusia y está dispuesto a luchar contra la burguesía imperialista. En ese temor a ocuparse de este fenómeno de importancia histórica mundial se reconoce el miedo que sienten estos lacayos de la burguesía ante el crecimiento de los consejos obreros.

Los consejos obreros constituyen el fenómeno más importante desde la Comuna de París. La conferencia de Berna, al ignorarlos, puso de manifiesto su indigencia espiritual y su derrota teórica.

El congreso de la Internacional Comunista considera que la conferencia de Berna intenta construir algo así como una Internacional amarilla de rompehuelgas que es y seguirá siendo nada más que un instrumento de la burguesía.

El congreso invita a los obreros de todos los países a entablar la lucha más enérgica contra la internacional amarilla y a preservar a las masas más amplias del pueblo contra esta Internacional de la mentira y de la traición.



(2 al 6 de marzo de 1919)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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