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La Internacional Comunista
1er Congreso, 2 marzo de 1919


RESOLUCIÓN SOBRE EL TERROR BLANCO

El sistema capitalista fue desde sus comienzos, un sistema de rapiña y de asesinatos masivos. Los horrores de la acumulación primitiva, la política colonial que por medio de la Biblia, la sífilis y el alcohol, condujo al despiadado exterminio de razas y poblaciones enteras; la miseria, el hambre, el agotamiento y la muerte prematuras de innumerables millones de proletarios explotados, la represión sangrienta de la clase obrera cuando ésta se rebelaba contra sus explotadores, en fin, la inmensa e inaudita carnicería que trasformó a la producción mundial en una producción de cadáveres humanos, da una imagen del orden capitalista.

Desde comienzos de la guerra, las clases dominantes que en los campos de batalla habían matado a más de diez millones de hombres y habían perjudicado a muchos más impusieron también dentro de sus países el régimen de la dictadura sangrienta. El gobierno zarista ruso fusiló y colgó a los obreros, organizó pogroms contra los judíos, exterminó a todo ser vivo en el país. La monarquía austríaca ahogó en sangre la insurección de los campesinos y de los obreros ucranios y checos. La burguesía inglesa asesinó a los mejores representantes del pueblo irlandés. El imperialismo alemán asoló su país y los marinos revolucionarios fueron las primeras víctimas de esa brutalidad. En Francia se eliminó a los soldados rusos que no estaban dispuestos a defender las ganancias de los banqueros franceses. En Norteamérica la burguesía linchó a los internacionalistas, condenó a centenares de los mejores proletarios a veinte años de trabajo forzados, mató a obreros durante las huelgas, etcétera.

Cuando la guerra imperialista comenzó a trasformarse en guerra civil y las clases dominantes, los más grandes malhechores que la historia del mundo jamás haya conocido, se vieron amenazadas por el peligro inmediato de un hundimiento de su régimen sangriento, su bestialidad se tornó aún más cruel.

En su lucha por el mantenimiento del orden capitalista, la burguesía emplea los métodos más inusitados, ante los cuales palidecen todas las crueldades de la Edad Media, la Inquisición y la colonización.

Al encontrarse al borde de su tumba, la clase burguesa destruye ahora físicamente a la fuerza productiva más importante de la sociedad humana, el proletariado, y al desencadenar este terror blanco se ha mostrado en toda su espantosa desnudez. www.marxismo.org Los generales rusos, esa personificación viviente del régimen zarista, mataron y matan aún masivamente a los obreros con el apoyo directo o indirecto de los social- traidores. Durante la dominación de los socialistas-revolucionarios y de los mencheviques en Rusia, millares de obreros y de campesinos llenaban las prisiones y los generales exterminaron a regimientos enteros a causa de su desobediencia En la actualidad, los Krasnov y los Dénikin, que gozan de la colaboración de la Entente, han matado y colgado a decenas de millares de obreros, diezmándolos, y, para aterrorizar a los que quedaban vivos, dejaron durante tres días los cadáveres suspendidos en la horca. En los Urales y en el Volga, las pandillas de guardias blancos checoslovacos cortaron las manos y las piernas de los prisioneros, los ahogaron en el Volga, los hicieron enterrar vivos. En Siberia, los generales mataron a millares de comunistas y a una gran cantidad de obreros y campesinos. La burguesía alemana y austríaca así como los social-traidores han demostrado su naturaleza canibalística cuando en Ucrania colgaron en horcas trasportables por ferrocarril a los obreros y campesinos que habían detenido así como a los comunistas, sus propios compatriotas, nuestros camaradas alemanes y austríacos. En Finlandia, país de la democracia burguesa, ayudaron a la burguesía finlandesa a fusilar a más de trece a catorce mil proletarios y a torturar mortalmente a más de quince mil prisioneros.

En Helsingfors colocaron delante suyo a mujeres y niños para protegerse de las ametralladoras. Fue con su apoyo como los guardias blancos finlandeses y los ayudantes suecos pudieron entregarse a esas sangrientas orgías contra el proletariado finlandés vencido. En Tammerfors, se obligó a las mujeres condenadas a muerte a cavar sus propias tumbas, en Viborg se mató a centenares de mujeres, hombres y niños finlandeses y rusos. En su país, la burguesía y la socialdemocracia alemana llegaron a un grado extremo de furor reaccionario, reprimiendo sangrientamente la insurrección obrera comunista, asesinando bestialmente a Liebknecht y Luxemburg, matando y exterminando a los obreros spartakistas. El terror masivo e individual de los blancos, esa es la bandera que guía a la burguesía.

En otros países también se ofrece a nuestros ojos el mismo cuadro. En la Suiza democrática todo está listo para la ejecución de los obreros en el caso de que se atrevan a violar la ley capitalista. En Norteamérica, el presidio, el linchamiento y la silla eléctrica aparecen como los símbolos elegidos por la democracia y la libertad.

En Hungría y en Inglaterra, en Bohemia y Polonia, en todas partes ocurre lo mismo.

Los asesinos burgueses no retroceden ante ninguna infamia. Para reafirmar su poder alientan el chauvinismo y organizan, por ejemplo, la democracia burguesa ucraniana, con el menchevique Petlyura a la cabeza, la de Polonia con el social-patriota Pilsudusky y así seguidamente. Surgen también inmensos pogroms contra los judíos que superan de lejos los que organizaban los policías del zar. Y si la canalla polaca reaccionaria y "socialista" asesinó a los representantes de la Cruz Roja rusa, eso es sólo una gota de agua en medio de los crímenes y horrores del canibalismo burgués decadente.

La "Liga de las Naciones" que, según las declaraciones de sus fundadores, debe propiciar la paz, se encamina hacia una guerra sangrienta contra el proletariado de todos los países. Las potencias de la Entente, al tratar de resguardar su dominación, abren con ejércitos de negros, la vía hacia un terror increíblemente brutal.

Maldiciendo a los asesinos capitalistas y a sus ayudantes social-demócratas, el primer Congreso de la Internacional Comunista convoca a los obreros de todos los países a unir todas sus fuerzas para poner fin definitivamente al sistema de asesinato y rapiña destruyendo el poder del régimen capitalista.



 

(2 al 6 de marzo de 1919)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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