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La Internacional Comunista
1er Congreso, marzo de 1919


PLATAFORMA



 

Las contradicciones que el sistema capitalista mundial alberga en su propio seno se manifestaron con terrible violencia en una enorme explosión: la gran guerra imperialista mundial.

El capitalismo intentó superar su propia anarquía organizando la producción. En lugar de numerosas empresas compitiendo entre sí se constituyeron poderosas asociaciones capitalistas (sindicatos, consorcios y trusts), el capital bancario se asoció con el capital industrial, toda la vida económica pasó a ser dominada por la oligarquía financiera capitalista que, a través del organigrama basado en semejante poder, alcanzó la autoridad absoluta. En lugar de la libre competencia surge el monopolio. El capitalista individual se hace miembro de asociaciones capitalistas. A la insensata anarquía se la sustituye con la organización.

Pero en la misma medida en que en los distintos países la anarquía es sustituida por la organización capitalista, los contrastes, las luchas de competencia y el desorden crónico se hacen sentir en la economía mundial de modo cada vez más agudo. La lucha entre los mayores estados saqueadores organizados, condujo necesaria e ineluctablemente a la monstruosa guerra capitalista mundial. La avaricia de beneficios arrastró al capitalismo mundial a la lucha por la conquista de nuevos mercados como válvula de escape, a la conquista de nuevas esferas de acción del capital, de nuevas fuentes de materias primas, de mano de obra a bajo coste suministrada por los esclavos de las colonias. Los estados imperialistas que se habían repartido el mundo entero, y que habían transformado en bestias de carga a muchos millones de proletarios y campesinos africanos, asiáticos, australianos y americanos, tenían que mostrar tarde o temprano en un gigantesco conflicto la verdadera naturaleza anárquica del capital. Y así se llegó al más grande de los crímenes: la piratería de la guerra mundial.

El capitalismo se esforzó también por superar las contradicciones de su estructura social. La sociedad burguesa es una sociedad de clase. El capital de los mayores estados “civiles” se había propuesto ocultar las contradicciones sociales. A costa de las colonias que venía depredando, el capital corrompió a los propios esclavos asalariados, llegando así a crear una comunidad de intereses entre explotadores y explotados en contraste con los intereses de las colonias oprimidas, de los pueblos coloniales amarillos, negros o rojos, y encadenó los obreros europeos y americanos a la “patria” imperialista.

Pero este mismo método de continua corrupción, que ha generado el patriotismo de la clase obrera y su servilismo moral, ha generado también, por obra de la guerra, su antítesis. Anulación física, sometimiento total del proletariado, opresión monstruosa, empobrecimiento y degeneración, hambre en el mundo entero: este es el precio final de la paz burguesa. Y por eso esta paz se ha quebrantado. La guerra imperialista se ha transformado en guerra civil.

¡La nueva época ha nacido! Es la época de la disgregación del capitalismo, de su disolución interna, la época de la revolución comunista del proletariado. El sistema imperialista se desmorona. Inestabilidad en las colonias, inestabilidad en las pequeñas naciones antes sometidas, insurrección del proletariado, victoriosas revoluciones proletarias en varios países, disgregación de los ejércitos imperialistas, y total incapacidad de las clases dirigentes para dirigir el destino de los pueblos: este es el cuadro de la situación actual en el mundo entero. Sobre la humanidad, cuya civilización ha sido abatida, se cierne la amenaza de una destrucción total. Sólo una fuerza puede salvarla, y esta fuerza es el proletariado. El antiguo “orden” capitalista ya no existe, no puede seguir existiendo. El resultado final del proceso productivo capitalista es el caos, y este caos puede ser superado solamente por la clase productora más grande: la clase obrera. Ésta tiene el cometido de crear el verdadero orden – el orden comunista – de aplastar el dominio del capital, de hacer que las guerras sean imposibles, de eliminar las fronteras de los Estados, de transformar el mundo en una comunidad que trabaje para sí misma, de llevar a cabo la fraternidad y la emancipación de los pueblos.

Contra un programa tal, el capital mundial prepara sus armas para la lucha final. Bajo el manto de la Sociedad de las Naciones y de una profusión de palabras pacifistas, el capital se afana en el último esfuerzo por recomponer las partes disgregadas del sistema capitalista y por dirigir sus fuerzas contra la ascendiente revolución proletaria.

Contra el monstruoso complot de las clases capitalistas, el proletariado debe responder con la conquista del poder político, usar este poder contra las clases enemigas y ponerlo en acción como palanca para la transformación económica. La victoria definitiva del proletariado mundial equivale al principio de la verdadera historia de la humanidad liberada.



I.

LA CONQUISTA DEL PODER


La conquista del poder político por parte del proletariado significa destruir completamente el poder político de la burguesía. El instrumento de gobierno más potente de la burguesía está constituido por el aparato estatal, con su ejército capitalista bajo el mando de oficiales burgueses o de la nobleza, con sus distintos cuerpos de policía, de carceleros, de jueces, de curas, de cargos administrativos, etc. La conquista del poder político no puede significar solamente un cambio de personas en los ministerios, sino que debe significar aniquilación de un aparato estatal enemigo, la conquista de las palancas efectivas, el desarme de la burguesía, de los oficiales contrarrevolucionarios, de la guardia blanca, armar a los proletarios, a los soldados revolucionarios y a la guardia roja obrera; el alejamiento de todos los jueces burgueses y la organización de tribunales proletarios; la eliminación del dominio de la burocracia reaccionaria y la creación de nuevos órganos administrativos proletarios. La victoria del proletariado está en la desorganización del poder enemigo y en la organización del poder proletario; en la destrucción del aparato estatal burgués y en la construcción del aparato estatal proletario. Solamente cuando haya alcanzo la victoria y aplastado la resistencia de la burguesía, el proletariado podrá considerar a sus viejos adversarios en la condición de servidores útiles para el nuevo orden, poniéndoles bajo control y ganándoles gradualmente para la obra constructiva del comunismo.



II.

DEMOCRACIA Y DICTADURA


El estado proletario es – como todo estado – un aparato de coacción, pero dirigido contra los enemigos de la clase obrera. Su objetivo es el de aplastar e inutilizar la resistencia de los explotadores, los cuales en su lucha desesperada hacen uso de cualquier medio para sofocar con sangre la revolución. La dictadura del proletariado, que reconoce que coloca a este último en una posición preeminente en la sociedad, es por otra parte una institución transitoria.

En la medida en que la resistencia sea vencida, la burguesía será expropiada y pasará a formar parte de la masa trabajadora, la dictadura del proletariado desaparecerá, el Estado se extinguirá y con él también las clases sociales.

La llamada democracia, o sea, la democracia burguesa, no es más que la dictadura burguesa disfrazada. La usual “voluntad popular”, tan alabada, es inexistente, como inexistente es también la unidad del pueblo. En realidad existen clases con voluntades opuestas e inconciliables. Por ser la burguesía una pequeña minoría se vale de esta ficción, de esta falsa etiqueta de la “voluntad popular” para consolidar, con ayuda de esta bella definición, su dominio sobre la clase obrera e imponerle su voluntad de clase. Por el contrario, el proletariado, que constituye la enorme mayoría de la población, aplica abiertamente la fuerza de clase de sus organizaciones de masa, de sus soviets, para eliminar los privilegios de la burguesía y allanar el camino hacia la sociedad comunista sin clases.

La esencia de la democracia burguesa está en un reconocimiento puramente formal de los derechos y las libertades, que sin embargo, son inaccesibles a la población trabajadora, a los proletarios y semiproletarios que no disponen de medios materiales, mientras que la burguesía puede usar sus recursos materiales, su prensa y sus organizaciones para timar al pueblo y engañarlo. Por el contrario, el sistema de soviets – esta nueva forma de poder estatal – da al proletariado la posibilidad de realizar sus derechos y su libertad. El poder de los soviets pone a disposición del pueblo los mejores edificios, las casas, las imprentas, las reservas de papel, etc., para la prensa, sus reuniones y sus círculos. Sólo así se hace verdaderamente posible la democracia proletaria.

La democracia burguesa, con su sistema parlamentario, embauca con la palabra a las masas para hacerlas creer que son partícipes en la administración del Estado. En realidad a las masas y sus organizaciones se las mantiene totalmente fuera del verdadero poder y de la administración del Estado. En el sistema de soviets gobiernan las organizaciones de masas y, a través de ellas, las masas mismas, puesto que los soviets llaman a la administración del Estado a una cantidad cada vez mayor de obreros: sólo así toda la población obrera podrá ser llamada poco a poco a participar efectivamente en el gobierno del Estado. El sistema de soviets se apoya por tanto en la organización de las masas proletarias, representadas por los soviets mismos, por los sindicatos revolucionarios, por las cooperativas, etc..

La democracia burguesa y el sistema parlamentario, con la distinción entre el poder legislativo y el poder ejecutivo, y con la irrevocabilidad de las decisiones parlamentarias, agudizan la escisión entre las masas y el Estado. Por el contrario, el sistema de los soviets, con el derecho de revocación, con la unión de los poderes legislativo y ejecutivo, con los soviets entendidos como colectividad de trabajo, liga las masas a los órganos administrativos. Esta unión es reforzada por el hecho de que en el sistema de los soviets las elecciones no se hacen en base a artificiosas divisiones territoriales, sino en base a las unidades de producción. El sistema de soviets realiza por tanto la verdadera democracia proletaria, una democracia que se convierte en instrumento del proletariado y por ello constituye la fuerza interior contra la burguesía. En tal sistema es preferible confiar al proletariado industrial, por su mejor organización y madurez política, el papel de clase dirigente, con cuya hegemonía los semiproletarios y los pequeños campesinos tienen la posibilidad de elevarse progresivamente. La momentánea situación ventajosa del proletariado industrial debe ser utilizada para quitar a las masas más pobres la influencia de la pequeña burguesía campesina, de los terratenientes y de la burguesía, y organizarlas y enseñarlas para que colaboren en la construcción del comunismo.



III.

LA EXPROPIACIÓN DE LA BURGUESÍA Y LA SOCIALIZACIÓN DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN


El desmoronamiento del orden capitalista y de la disciplina capitalista del trabajo hacen imposible, dada las relaciones que existen entren las clases, la reanudación de la producción sobre las antiguas bases. Las luchas de los obreros por la subida de los salarios no conllevan – aun en caso de conseguirlo – el esperado mejoramiento de las condiciones de vida, ya que el inmediato aumento del coste de los bienes de consumo hace ilusoria cualquier consecución. El nivel de vida de los obreros puede elevarse solamente cuando el proletariado mismo – y no la burguesía – gobierna la producción. La enérgica lucha de los obreros por el aumento de los salarios, en todos los países en los que la situación se muestra abiertamente sin salida, hace imposible, con su ímpetu elemental y su tendencia a la generalización, ulteriores progresos de la producción capitalista. Para potenciar la fuerzas productivas de la economía, para acabar lo antes posible con la resistencia de la burguesía, que prolonga la agonía de la vieja sociedad, generando así el peligro de una ruina total de la vida económica, la dictadura proletaria debe poner en practica la expropiación de la gran burguesía y la clase feudal, y hacer que los medios de producción e intercambio se conviertan en propiedad colectiva del Estado proletario.
En la época actual el comunismo ha de nacer de las ruinas del capitalismo, la historia no deja otra salida a la humanidad. Los oportunistas que proceden con la utópica reivindicación del resurgimiento de la economía capitalista por no aceptar la socialización, no hacen más que retrasar la solución del problema y suscitan el peligro de una ruina total; la revolución comunista, en cambio, es el mejor y único medio para conservar la fuerza productiva más importante de la sociedad – el proletariado – y con él la sociedad misma.

La dictadura proletaria no comporta en absoluto división alguna de los medios de producción e intercambio; por el contrario su meta consiste en la organización de la producción en el marco de un plan unitario.

Los primeros pasos hacia la socialización de toda la economía exigen: la socialización del conjunto de grandes bancos, que actualmente dirigen la producción; la toma de posesión por parte del poder proletario de todos los órganos del Estado capitalista que rigen la vida económica; la toma de posesión de todas las empresas municipalizadas; la socialización de los sectores productivos monopolistas y asociados en trust y la socialización de todos aquellas ramas de la industria cuyo nivel de concentración y centralización del capital lo hace técnicamente posible; la socialización de las propiedades agrarias y su transformación en empresas agrícolas dirigidas por la sociedad.

Por lo que respecta a las empresas de menor dimensión, el proletariado debe socializarlas gradualmente, según su importancia.

En este punto es necesario poner de relieve que la pequeña propiedad no será de hecho expropiada y que los propietarios que no explotan el trabajo de otros no deben ser sometidos a ninguna medida coercitiva. Este estrato social será gradualmente integrado en la organización socialista con el ejemplo y la práctica, que demuestran la superioridad del nuevo orden, orden que liberará a la clase de los pequeños campesinos y la pequeña burguesía urbana de la presión económica del capital usurario y la nobleza, así como de los impuestos (principalmente con la anulación de la deuda del Estado, etc.).

La función de la dictadura proletaria en el ámbito económico, puede ser llevada a cabo sólo en la medida en que el proletariado sea capaz de crear órganos centralizados de dirección de la producción y hacer que la administración se haga por parte de los obreros. Para ello el proletariado debe aprovechar necesariamente sus organizaciones de masa que están más estrechamente ligadas al proceso productivo.

En cuanto a la distribución, la dictadura proletaria debe sustituir el comercio por un justo reparto de productos, las medidas útiles para conseguir este objetivo son: la socialización de las grandes empresas comerciales; la toma de posesión por parte del proletariado de todos los órganos de distribución burgueses, estatales y municipales; el control sobre las grandes cooperativas de consumo, cuya organización tendrá todavía una gran importancia económica en el período de transición; la progresiva centralización de todos estos organismos y su transformación en un cuerpo único que gobierne la racional distribución de los productos.

En el ámbito de la producción, así como en el de la distribución, es necesario servirse de todos los técnicos y especialistas cualificados, en cuanto sea vencida su resistencia política y estén en condiciones de servir no al capitalismo, sino al nuevo sistema de producción. El proletariado no les oprimirá, incluso será el primero que les dé la posibilidad de desarrollar la más intensa actividad creadora. La dictadura proletaria sustituirá la separación entre trabajo físico e intelectual, generada por el capitalismo, por la colaboración entre ambos, realizando así la unión del trabajo y la ciencia.

Con la expropiación de las fábricas, de las minas, las propiedades, etc., el proletariado debe también abolir la explotación de la población por parte de los capitalistas propietarios de inmuebles, transferir los grandes edificios de viviendas a los soviets obreros locales, alojar a la población obrera en las casas burguesas, etc...

Durante este período de profunda transformación el poder de los soviets debe, por un lado, construir todo un aparato administrativo cada vez más centralizado, y por otro lado, llamar a su directa administración a capas cada vez más amplias de la población obrera.



IV.

EL CAMINO A LA VICTORIA


La época revolucionaria exige del proletariado el uso de sistemas de lucha capaces de concentrar toda su energía, como es la acción de masas, hasta su extrema y lógica consecuencia: el choque directo, la guerra declarada contra la máquina estatal. A este objetivo deben estar subordinados todos los otros métodos, por ejemplo la utilización revolucionaria del parlamentarismo burgués.

Las premisas necesarias para la victoria en esta lucha no es sólo la ruptura con los lacayos directos del capital y con los verdugos de la revolución comunista, cuyo papel ha sido asumido actualmente por los socialdemócratas de derecha, sino también la ruptura con el “centro” (grupo de Kautsky), que en el momento crítico abandona al proletariado para coquetear con sus enemigos declarados. Por otra parte es necesario realizar un bloque con aquellos elementos del movimiento obrero revolucionario que, aunque no pertenecieran con anterioridad al partido socialista, están actualmente en todo y para todo sobre el terreno de la dictadura proletaria bajo la forma de poder de los soviets, es decir por ejemplo con los elementos próximos al sindicalismo.

El ascenso del movimiento revolucionario en todos los países, el peligro para esta revolución de ser sofocada por la alianza de los Estados capitalistas, las tentativas de los partidos traidores al socialismo de unirse entre ellos (formación de la Internacional amarilla en Berna) para prestar sus servicios a la liga de Wilson; en conclusión la absoluta necesidad para el proletariado de coordinar sus esfuerzos, por todo ello se debe llegar a la fundación de una Internacional comunista verdaderamente revolucionaria y verdaderamente proletaria.

Al subordinar los llamados intereses nacionales a los de la revolución mundial, la Internacional pondrá en práctica la ayuda recíproca entre los proletarios de los distintos países, ya que sin esta ayuda, económica y de otra naturaleza, el proletariado no estará en disposición de organizar una sociedad nueva. Por otra parte, en oposición a la Internacional socialpatriota amarilla, el comunismo proletario internacional apoyará a los pueblos explotados de las colonias en su lucha contra el imperialismo, para favorecer la caída definitiva del sistema imperialista mundial.

Los bandidos del capitalismo afirmaban, al inicio de la guerra, limitarse a defender la respectiva patria. Pero el imperialismo alemán mostró muy pronto su verdadera naturaleza rapaz con sanguinosas fechorías en Rusia, Ucrania y Finlandia. A su vez, las potencias de la Triple Entente se revelan, ahora ya también a los ojos de las capas más atrasadas de la población, como piratas dispuestos a saquear el mundo entero y como asesinos del proletariado. Junto a la burguesía alemana y a los socialpatriotas, con frases hipócritas de paz en la boca, intentan sofocar con sus maquinarias bélicas y sus tropas coloniales bárbaras y estupidizadas, la revolución del proletariado europeo. Indescriptible ha sido el terror blanco de los caníbales burgueses. Innumerables han sido las victimas de la clase obrera, que ha perdido sus mejores representantes: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

¡El proletariado debe defenderse a toda costa! La Internacional comunista llama al proletariado del mundo entero a esta lucha extrema. ¡Arma contra arma! ¡Fuerza contra fuerza!

¡Abajo el complot imperialista del capital!

¡Viva la república internacional de los soviets proletarios!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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